Estamos en un banco de niebla. Los viejos creen estar en el pasado, los jóvenes no ven el futuro y ambos grupos se miran con desconfianza y resentimiento. Hace un siglo, en situación análoga, los jóvenes se pusieran a desfilar cara al sol hacia la nada hasta que llegaron a su destino. 1945. Una desolación completa. Los viejos habían desaparecido y los jóvenes habían envejecido. Lo que iba a ser para siempre se convirtió en nunca más. Siempre y nunca son términos incompatibles con el acervo de la especie humana: inquieta, anhelante, inconforme y por último repetitiva. Vuelve el fascismo en Europa y aquí su versión castiza, el movimiento nacional, que en nuestra remota juventud se escribía en mayúsculas.

Lo reclama don Aznar, de genética falangista: una mayoría nacional. No política, ni parlamentaria, ni democrática, sino nacional, es decir, esencialista y autoritaria. En el parlamento se debate, lo que exige un proyecto político que sirva de base a la discusión; en la democracia se vota, para lo que se requiere una pluralidad de opciones, pero en la nación se es. El nacionalismo convierte un azar –el nacimiento en un lugar y un tiempo- en una condición política y moral. Los nacionales son los buenos, como aprendimos en la escuela los viejos del lugar. La condición de nacional se basa en un detalle físico –el color de la piel, el tamaño de la nariz- y a veces en un matiz que requiere cierta sofisticación para apreciarlo, como se cuenta en la Biblia (Jueces 12:5-69), pasaje en el que los galatitas identificaban, y degollaban, a los efraimitas porque no podían pronunciar el fonema sh de la palabra shibolet (espiga de cereal). Los efraimitas obligados a la prueba pronunciaban sibolet y, zas, les segaban el pescuezo. El término ha quedado en la jerga lingüística como un tópico referido a cualquier palabra, frase o acento que sirve para distinguir al extraño en la comunidad nacional. Ni siquiera puede decirse que este hábito esté obsoleto: días atrás, el subtitulado en la tele pública de las palabras de una mujer con acento andaluz provocaron una buena escandalera con disculpas de director del ente incluidas (por supuesto, en este caso la culpa era don Sánchez).

En las naciones que se consideran a sí mismas estados de derecho, las diferencias grupales captadas a ojo o de oído han sido sustituidas por un procedimiento gubernativo que otorga, o no, al interesado el documento que acredita su condición de nacional. Hay que leer la introducción de La invención del pueblo judío de Shlomo Sand para entender la liberalidad con que se otorga la condición de ciudadano judío en Israel a los que vienen de la llamada diáspora; la razón es obvia: el estado sionista necesita población para sus planes de colonización de Palestina, así que no hay demasiados distingos a la hora de acopiar gente que quiera entregarse a este objetivo. Y aquí llegamos al quid de la cuestión: ¿para qué reclama don Aznar una mayoría nacional?

En primer término, para establecer una conexión discursiva con la prioridad nacional de los voxianos. Es obvio que la prioridad nacional es lo que interesa a la mayoría nacional y la reclamación aznárida proporcionaría masa electoral al proyecto neofascista sin necesidad de abandonar la vitola de partido moderado y de clases medias. La mala noticia es que los voxianos no son tontos y tienen fuerza electoral para estar en el puente de mando e imponer su agenda sin disimulo, como lo han demostrado en las elecciones regionales celebradas en el macizo de la raza; la última, en Andalucía. No son resultados extravagantes; al contrario, están en la ola trumpista que anega Europa donde los estados no tienen más que un objetivo compartido en política interior: combatir a la inmigración. También en esto está solo don Sánchez. Podría decirse que el presidente del gobierno español es el objetivo táctico de la ola en la que surfea don Aznar y la inmigración, el estratégico.  

Vista la situación desde esta perspectiva, se explica el encrespamiento contra las regularizaciones de inmigrantes afincados en el país, una medida que se ha realizado en cuatro ocasiones anteriores sin alarma alguna, y que esta vez se asocia nada menos que con el fraude electoral. Doña Ayuso, una fuerza de choque de la ola reaccionaria, que también mamó en su infancia política de la doctrina joseantoniana, lo ha verbalizado con su característico desenfado. Todo en el mismo paquete argumentativo: 1) los inmigrantes son un peligro para la democracia, 2) la democracia la defiende la mayoría nacional, y 3) nosotros decidimos quién pertenece a esa mayoría (catalanes, socialistas y moros abstenerse).  

Esto es más fácil decirlo que hacerlo. La expulsión y en su caso la aniquilación de un colectivo humano no es una tarea simple y los estados que se disponen a ello han de adoptar medidas intermedias y progresivas que hagan aceptable el propósito para la moral de las clases medias moderadas. Estos segmentos de población, mayoritarios sin duda, deben percibir que el destino de los inmigrantes no afecta a sus intereses económicos y el procedimiento de expulsión no presenta cuadros de crueldad insoportable, si bien son parámetros graduables. Por ahora se está tanteando convenir con países remotos la instalación de campos de concentración para inmigrantes que no puedan ser repatriados y, en cuanto a la cuestión económica, hay que contar con las necesidades de las empresas y de las envejecidas sociedades autóctonas, que necesitan personal para la industria de los cuidados. A los empleados en estos sectores se les podría otorgar un estatuto especial de bajo coste económico y altamente vigilado, ejemplos históricos no faltan.

Pero para implementar estas u otras medidas hay que estar en el gobierno y para estar en el gobierno hay que echar antes a don Sánchez. La paradoja de esta situación es que la brigadilla de vanguardia encargada de capturar al felón acorralado está formada por jueces togados de los que no se puede decir que sean ineficientes en la tarea. Ya han liquidado al fiscal general del tirano, han encarcelado a dos lugartenientes, están bajo celosa custodia su esposa y hermano, tienen en la mira telemétrica a un expresidente amiguete y tienen encañonados a la directora de la guardia civil y al director y un puñado de funcionarios de la empresa pública que le sirve de intendencia. Don Feijóo espera que el próximo dron emitido desde una oficina judicial acabe por hacerle expedito el camino a la poltrona.

La paradoja de esta victoria judicial es que entronizará en la presidencia del gobierno a un tipo que veraneaba fraternalmente con un narcotraficante y en la vicepresidencia a otro tipo que blasona de ir armado ante cualquier eventualidad. Quién sabe, quizá los jueces tienen su propia agenda punitiva y esperen sentar en el banquillo a don Feijóo y a don Abascal en cuanto se dé la oportunidad. A estas alturas, la judicatura ya ha debido comprender que no le faltará curro en su alta misión de preservar el estado de derecho.