En la sociedad que celebra el mestizaje y la multiculturalidad, el término mestizo, aplicado a un individuo, está proscrito, es políticamente incorrecto. El líder xenófobo holandés, que podría ser determinante en las elecciones de hoy, es mestizo, un tipo de rasgos orientales bajo un atildado cabello rubio platino, hijo de padre holandés y madre indonesia, el país con mayor población musulmana del mundo. Diríase que este personaje es el afortunado fruto de todo lo bueno que tiene la cultura europea, incluido en este caso el colonialismo, que ha permitido al hijo de una colonizada aspirar al gobierno de la metrópoli. Sin embargo, padece, y encarna, un malestar típico de las sociedades desarrolladas, que le lleva a odiar todo lo que le ha permitido llegar a la privilegiada situación en la que se encuentra. Quizás, oscuramente, siente que podría ser linchado si no se pone al frente de los linchadores. El fascismo es siempre un movimiento a la contra, ya sea de la naturaleza, de la evidencia de las cosas o de la voluntad de la mayoría. El anhelo de pureza que anida en los fascistas –y no otra cosa son los que llamamos pudorosamente populistas de extrema derecha– se encarna en personajes impuros, por decirlo en su propia jerga, extravagantes y raros. La excelencia racial que predicaba el nazismo estaba gestionada por una pandilla formada entre otros por un cojitranco (Goebbels), un obeso mórbido y drogadicto (Goering), un retrasado mental (Hess), un tipo de mentón escurrido y ojillos de miope (Himmler) y un granuja grasiento (Hitler, según su compatriota Sebastian Haffner). Todos ellos vivían encapsulados en el nido del águila, envueltos en sus fantasías y ajenos a la realidad que padecía el resto de los mortales. El líder holandés también vive aislado y ni siquiera tiene detrás un partido político que merezca ese nombre, la formación que dirige no es más que una marca y los diputados que le secundan son individuos designados por él mismo, rehúye las comparecencias públicas y dirige la campaña electoral por internet. Vive apartado incluso de su propia familia y de su esposa, de origen húngaro, a la que visita de pascuas a ramos, Los holandeses están llamados a votar a un fantasma creado por sus propios miedos. Un personaje que ha introyectado en sí mismo todas las flaquezas, manías y fobias de la sociedad en la que se ha criado. Podría ser un espécimen de laboratorio pero ponerlo al frente del gobierno es poner al bacilo de Koch al frente de la lucha contra la tuberculosis. Es el ectoplasma de las sociedades europeas, que, en tiempos de crisis, se escoran hacia los mitos y las ciencias ocultas y los charlatanes que las pregonan, y cuyo primer síntoma son las proscripciones en el lenguaje público que impiden decir que Geert Wilders es mestizo, como todos.