Apuntes romanos  ‘low cost’ II

La cabeza del jubilado devenido turista es un sonajero en cuyo interior se agitan mientras camina las semillas secas de los recuerdos. Marcello, vieni qui,  oye desde el fondo de la memoria mientras avanza expectante por la Via del Lavatore hacia la Fontana de Trevi. Pero, ay, la fuente está ahora opacada por la reunión de dos o tres centenares de estrepitosos congéneres alrededor del estanque, que convierten la prometida emoción y el pasmo en una experiencia pastosa. El conjunto escultórico sobre la cascada de agua ha dejado de ser un reclamo de la sensualidad para convertirse en una fortaleza asediada y el cuadro entero convertido en una batalla de colosos contra narcisos liliputienses. Los primeros perseveran en su posición, como esos soldados impasibles que montan guardia de respeto en  las sedes de gobierno, y los segundos disparan contra ellos sus móviles con la determinación de quien empuña una honda o una ballesta. El viejo, cámara en mano, se suma encantado al ejército de asediadores, poseído de la jubilosa furia de quien participa en un linchamiento. La batalla intenta dirimir quién es el dueño de la historia; si lo son esas deidades de roca travertino, que no envejecen jamás, o las infinitas reproducciones y réplicas virtuales en todos los soportes imaginables que los transitivos humanos les están arrancando, como quien les arranca la piel a tiras,  para apropiarse del don de la inmortalidad. Cuando el jubilado se ha agotado de disparar su arma, se sienta en un hueco de la grada que rodea la fuente para atender al fragor de la batalla. ¿Entenderán algo de esto?, se pregunta una voz señalando con el filo de la quijada a un grupo de turistas orientales que, a su a juicio, no han de comprender la cultura, con mayúsculas, en la que estamos sumergidos en este momento. Y tú, ¿entiendes algo?, le responde otra voz. La Cina è vicina. La sonaja de la inútil memoria del viejo tintinea de nuevo. Ni en sus más recónditos sueños pudieron Marco Bellocchio y los espectadores de su película de los años sesenta imaginar el significado último del título de aquel sainete costumbrista. Por asombroso y estúpido que parezca hubo en aquella época en Europa occidental una generación que creyó que la llamada revolución cultural china les liberaría de las constricciones del patriarcado familiar, el trabajo alienado, la corrupción política, las ordenanzas de la iglesia, y, en general, de toda opresión. La joven china que se autorretrata ante las estatuas de la fontana está enamorada de sí misma y no quiere saber que sus abuelos estuvieron berreando consignas y blandiendo el libro rojo en el puño cerrado, y la involuntaria autoridad de su juventud despierta la melancolía del turista jubilado.