¿No hay ningún corrupto español que tenga diez mil euros en el bolsillo (ya no digamos en Suiza o Andorra) para comprar el aeropuerto de Ciudad Real? Todo indica que no, y ha tenido que ser un grupo empresarial chino del que no se sabe nada el que se ha hecho con el equipamiento, como se llamaba a estos tinglados en la neolengua de cuando éramos ricos. Quizás los compradores no sean ni chinos, ni empresarios. Quizás sea una banda de narcotraficantes que necesitan un sitio tranquilo donde situar la logística de su negocio o unos chatarreros que esperan recuperar la inversión con el desguace de las instalaciones, o un grupo de inversores a largo que esperan la vuelta de la burbuja inmobiliaria para dar un pelotazo con el terreno. El aeropuerto ha estado en almoneda desde su inauguración en 2008 y es un caso no infrecuente de envejecimiento precoz en el que, como en un cuento de terror gótico, los muros y tejados se han convertido en ruinas de una arqueología fantástica antes de haber alojado a ningún ser vivo ni servido para ninguna función útil. Hace un año, los gestores de la quiebra del aeropuerto intentaban rescatar 100 de los 450 millones que costó el invento; el mes pasado el precio era de 80 y por fin ha salido a subasta por 40 millones. Los adquirentes han argumentado la insignificancia de su puja, casi un chiste, porque el aeropuerto tiene “una zona adyacente inmobiliaria desmembrada, está gravado con una carga real, con sus licencias suspendidas, sin ingresos y con una significativa cantidad de gastos recurrentes inevitables”. O sea, que es algo más parecido a un vertedero ilegal que a un aeropuerto. La noticia, como tantas otras con las que nos desayunamos cada mañana, parece envuelta en una atmósfera de pesadilla en la que flotan como pecios de un naufragio, cajas de ahorro quebradas, centenares de trabajadores despedidos, aumentos exponenciales de la deuda pública y un puñado de sinvergüenzas impunes, y, cuando abres los ojos, aparece el desierto. Entre las condiciones impuestas a Grecia en el último y agónico rescate está la obligación de constituir un fondo de 50.000 millones de euros en activos públicos que tutelarán los acreedores como garantía de sus préstamos. En ocasión semejante y al precio de mercado del aeropuerto de Ciudad Real no habría en toda España bienes públicos para constituir un fondo de esa cuantía, incluidos la catedral de Burgos, el Museo del Prado y la Alhambra de...
La pena de don Guindos
¿Quién le iba a decir a nuestro don Guindos que su anhelante carrera hacia la presidencia del Eurogrupo (una orquesta que dirige Alemania) habría a convertirse en un despojo más de la gran batalla de las Termópilas? De repente, la euforia del gobierno español al ver quebrados a los amiguetes de Podemos ha quedado ensombrecida por la preterición de su portaestandarte. En el combate, Guindos hizo valer su ardor guerrero y no perdió ocasión de lanzar estocadas al bulto de los levantiscos griegos, y es imaginable que en la confusión de una batalla enmascarada en un ritual de sonrisas, abrazos y palmaditas en la espalda él mismo llegara a creerse que era alemán, sin advertir los rasgos que delataban su origen. Esos ricitos engominados que caracolean en la nuca del ministro y que para la elite madrileña representan el colmo de la distinción de clase, son interpretados por nuestros amabilísimos socios septentrionales como una señal inequívoca de nuestro ADN gitano. La campaña de Grecia ha reforzado el alineamiento europeo y los acreedores no van a dejar ahora que el puente de mando lo ocupe un deudor y menos teniendo ya al frente a un holandés de confianza que se las tuvo tiesas con el coloso Varoufakis. Después de todo, la guerra aún no ha terminado. La frustración de don Guindos se ha convertido momentáneamente en un lamento patrio porque aquí el patriotismo consiste en ver encaramarse a uno de los nuestros por la telaraña de las instituciones internacionales sin que nadie sepa para qué sirven las instituciones ni qué cualidades ameritan al candidato. En este lance, sin embargo, el Eurogrupo o como se llame esa entelequia ha hecho a Mariano Rajoy un regalo mil veces más valioso que la aciaga suerte de su ministro de finanzas, le ha regalado el lema central de la próxima campaña electoral: “ya veis lo que pasa cuando gobiernan los...
Estadísticas
La lección que subyace a las declaraciones, informes, admoniciones y reprimendas de las instituciones económicas de los acreedores que dirigen el cotarro (FMI, BCE, etcétera) es que preferirían verte muerto. El coro afina un solo verso dantesco: abandonad toda esperanza. Este sentimiento de estar sentenciados en todo caso es el que ha despertado el no en el referéndum griego, que no ha sido un trámite ratificatorio, como suelen ser los referendos, sino una decisión numantina o termopilíaca, si es que se dice así en ese país. Los griegos no han resuelto nada con su voto, pero han activado esa corriente de fraternidad y de dignidad sin la cual no se puede afrontar la última batalla. Ahora, ocurra lo que ocurra, los bárbaros son los otros. Claro que, vaya lo que les importa. Hoy se publica un informe del FMI que alerta, como titula finamente el periódico, sobre la debilidad de las empresas españolas. Lo que viene a decir es que están sobreendeudadas y que su rentabilidad está por los suelos, tanto más cuanto menor es su tamaño, así que toda la demagogia de nuestros narcotizante gobierno de que son las pymes las que crean empleo se va al garete. La consecuencia que se desprende del informe del Fondo de la señora Lagarde es que el empleo que crean las empresas españolas las debilita porque aumenta su endeudamiento y reduce su rentabilidad. Y eso que hoy crear empleo no vale nada, y destruirlo, menos. En esta batalla que se libra entre ricos y pobres, y que van ganando los primeros por goleada, los pobres perecen por desvanecimiento. Poco a poco van cayendo a los niveles inferiores de las estadísticas, donde hay menos oxígeno, hasta que se esfuman. La mayor parte de África, por ejemplo, está fuera de las estadísticas y solo podemos comprenderla mediante una expresión de horror, sea por los inmigrantes que nos llegan en pateras o por el exterminio de los elefantes para arrebatarles el marfil. África es un continente exótico. España también fue un país exótico hasta casi el último tercio del siglo pasado y, según el FMI y sus colegas de timba, estamos a punto de volver a...
Epifanía
Por fin algo importante después del referéndum griego y todas esas zarandajas. Por fin un hecho directo, objetivo y luminoso como una epifanía. La ikurriña ya ondea en el balcón de la casa consistorial de mi pueblo. Chupinazo e ikurriña de una vez, vaya subidón. Después de treinta y pico años de guerra de las banderas durante las fiestas patronales con la consiguiente retahíla de algaradas, porrazos y acrobacias, y algún estropicio mayor, ahí está, enfilada y mansa como un toro en la dehesa junto a las otras cuatro o cinco banderas que forman el astillero oficial. A mí me gusta ver la ikurriña en el ayuntamiento porque me transporta a un país imaginario, si bien tan atrozmente aburrido como el país real. Entorno los párpados y estoy en el único Estado que han tenido los vascos en la historia, que se llamó Navarra y cuya capital era Pamplona. Eso dice mi alcalde, que es doctor en Historia, un respeto. Lástima que la afirmación no esté documentada en los archivos ni tenga una película de Walt Disney que lo recuerde, lo que aún es peor. También dice que a quien no le complazca la recién llegada siempre puede consolarse con las otras. Cierto, incluso podría elevar una moción al pleno municipal para izar otra distinta con la que se sienta de verdad, de verdad identificado (por esta tierras, la identidad es huidiza y esquizoide), porque al fin vamos a ser gobernados por un consistorio abierto y participativo. Hoy en mi ciudad hacía un calor del carajo, sin ápice de viento, y las banderas municipales, la nueva y las de siempre, lucían mohínas y meditativas, no más heroicas que un prolijo muestrario textil. Dejo constancia del hecho y me voy de...
Populismos
Los estados europeos han dejado de ser el armazón de las naciones para convertirse en terminales de los mercados financieros. Los estados aumentan o disminuyen (más esto segundo) sus dimensiones y competencias al albur del mandato de la banca, y su relación con los ciudadanos se reduce a un juego de quitaypón impuestos y tasas para hacer compatibles los beneficios de las bolsas y el malestar de la plebe. En la Europa oficial es populismo convocar un referéndum pero no lo es anunciar una rebaja de impuestos a mitad del ejercicio fiscal con fines electorales, como ha hecho el uomo qualunque que preside el gobierno español. La rebaja de impuestos es el mantra del populismo popular para contentar las exigencias de las llamadas y aclamadas clases medias. Al parecer, a lo que aspiran los individuos incursos en esta categoría social es a comprarse una camiseta en las rebajas de El Corte Inglés, que, básicamente, es para lo que dará la anunciada bajada del impuesto de la renta, habida cuenta el nivel salarial del país. Pero, además, el anuncio de hombre serio y de fiar que es nuestro presidente tiene truco: la bajada de impuestos debe ser cofinanciada por las comunidades autónomas, lo cual tendrá dos consecuencias: una caída de los servicios públicos esenciales (salud y educación) cuyo gasto gestionan las administraciones regionales, y una competencia entre estas para que sus ciudadanos no se sientan peor tratados fiscalmente que los ciudadanos de la comunidad vecina. Empieza una carrera para convertir España en una federación de 17 paraísos fiscales, lo cual está dentro de la más impecable doxa europea. Si Juncker convirtió Luxemburgo en un paraíso fiscal para las multinacionales y ha llegado a presidente de Europa, ¿por qué no habría de aspirar a lo mismo la presidenta de la Comunidad de Navarra, digamos?, ¿no vivimos en un espacio democrático de libres e...