¿Quién le iba a decir a nuestro don Guindos que su anhelante carrera hacia la presidencia del Eurogrupo (una orquesta que dirige Alemania) habría a convertirse en un despojo más de la gran batalla de las Termópilas? De repente, la euforia del gobierno español al ver quebrados a los amiguetes de Podemos ha quedado ensombrecida por la preterición de su portaestandarte. En el combate, Guindos hizo valer su ardor guerrero y no perdió ocasión de lanzar estocadas al bulto de los levantiscos griegos, y es imaginable que en la confusión de una batalla enmascarada en un ritual de sonrisas, abrazos y palmaditas en la espalda él mismo llegara a creerse que era alemán, sin advertir los rasgos que delataban su origen. Esos ricitos engominados que caracolean en la nuca del ministro y que para la elite madrileña representan el colmo de la distinción de clase, son interpretados por nuestros amabilísimos socios septentrionales como una señal inequívoca de nuestro ADN gitano. La campaña de Grecia ha reforzado el alineamiento europeo y los acreedores no van a dejar ahora que el puente de mando lo ocupe un deudor y menos teniendo ya al frente a un holandés de confianza que se las tuvo tiesas con el coloso Varoufakis. Después de todo, la guerra aún no ha terminado. La frustración de don Guindos se ha convertido momentáneamente en un lamento patrio porque aquí el patriotismo consiste en ver encaramarse a uno de los nuestros por la telaraña de las instituciones internacionales sin que nadie sepa para qué sirven las instituciones ni qué cualidades ameritan al candidato. En este lance, sin embargo, el Eurogrupo o como se llame esa entelequia ha hecho a Mariano Rajoy un regalo mil veces más valioso que la aciaga suerte de su ministro de finanzas, le ha regalado el lema central de la próxima campaña electoral: “ya veis lo que pasa cuando gobiernan los perroflautas”.