Por fin algo importante después del referéndum griego y todas esas zarandajas. Por fin un hecho directo, objetivo y luminoso como una epifanía. La ikurriña ya ondea en el balcón de la casa consistorial de mi pueblo. Chupinazo e ikurriña de una vez, vaya subidón. Después de treinta y pico años de guerra de las banderas durante las fiestas patronales con la consiguiente retahíla de algaradas, porrazos y acrobacias, y algún estropicio mayor, ahí está, enfilada y mansa como un toro en la dehesa junto a las otras cuatro o cinco banderas que forman el astillero oficial. A mí me gusta ver la ikurriña en el ayuntamiento porque me transporta a un país imaginario, si bien tan atrozmente aburrido como el país real. Entorno los párpados y estoy en el único Estado que han tenido los vascos en la historia, que se llamó Navarra y cuya capital era Pamplona. Eso dice mi alcalde, que es doctor en Historia, un respeto. Lástima que la afirmación no esté documentada en los archivos ni tenga una película de Walt Disney que lo recuerde, lo que aún es peor. También dice que a quien no le complazca la recién llegada siempre puede consolarse con las otras. Cierto, incluso podría elevar una moción al pleno municipal para izar otra distinta con la que se sienta de verdad, de verdad identificado (por esta tierras, la identidad es huidiza y esquizoide), porque al fin vamos a ser gobernados por un consistorio abierto y participativo. Hoy en mi ciudad hacía un calor del carajo, sin ápice de viento, y las banderas municipales, la nueva y las de siempre, lucían mohínas y meditativas, no más heroicas que un prolijo muestrario textil. Dejo constancia del hecho y me voy de vacaciones.