La realidad como ultraje. Cada noticia trae una bofetada, cada mañana anuncia una burla, cada paso adelante es cortado por una zancadilla. Así viven millones de compatriotas, con el sentimiento de un náufrago que ve cómo el barco que habría de rescatarle se aleja cada vez más y que desde la cubierta le hacen aspavientos, no sabe si para saludarle o para darle instrucciones, aunque cuando el viento trae algún fragmento de lo que dicen sus salvadores cree oír: ¡que se joda! Todo alrededor del náufrago es indiferencia: la dirección de las mareas, la lejanía de la playa, la voracidad de los tiburones, el rumbo de los barcos, los intereses de los embarcados. En la soledad de este mar, las noticias son descargas eléctricas, replicadas y convertidas en ondas víricas que alimentan la desafección y la ira. Una de las más recientes, cuyo alcance sin duda ha sido infinitamente mayor que la audiencia del periódico digital que la ha publicado, es la que cuenta que el presidente del gobierno paga con cargo al presupuesto público de su cargo los gastos de atención a su anciano padre. La noticia es verosímil, está rigurosamente contada y no ha sido desmentida ni aclarada por quien debe hacerlo. El gobernante que ha destruido a hachazos la red de protección a los dependientes, salva a su padre con el dinero de los impuestos de aquellos a los que él mismo ha despojado. Estamos en un mundo habitado por dos categorías humanas: los hundidos y los salvados, por utilizar el título de un conocido libro de ensayos de Primo Levi. La crisis económica y las políticas que la gestionan no son una suspensión de la normalidad del sistema sino una aceleración de su funcionamiento: el hambre, el desamparo, la pobreza, la enfermedad, están más cerca y se puede oír cómo hacen crujir las cuadernas de la sociedad y del estado, absortos en sus rutinas. Mientras escribo estas líneas, la realidad llama a la puerta de mi domicilio, como si hubiera sido convocada por lo que estoy escribiendo. Es una mendiga que me pide un euro (que no le doy) porque, dice, tiene que satisfacer una deuda de trescientos euros con el Banco de Santander. Hace décadas que en el lugar donde vivo dejó de haber indigentes de puerta en puerta, pero todo lo aciago es susceptible de retorno. Ante mi negativa, me dice airadamente que tampoco le ayuda Cáritas, que “solo ayuda a los de fuera y a mí no porque soy española”. Aquí tenemos a una futura votante de la extrema derecha, pienso. Si yo fuera un desenfadado portavoz del partido del gobierno, desconfiaría del discurso de la mendiga, demasiado alambicado, e intentaría desacreditarla,...
Larvas como tuits
No son más que ocurrencias, grumos del lenguaje fruto de una pulsión nerviosa momentánea. Larvas. He aquí algunas, aprisionadas en la charca de un cuaderno cualquiera y escritas a mano.
Más izquierdas
No más izquierda, ni más a la izquierda, sino más izquierdas, en plural (otra palabra mágica), como gominolas para una fiesta de cumpleaños, a ver, eche un puñadito más de tutifruti y de regaliz que vendrán muchos sobrinos, así de ubérrima va a ser la oferta electoral de diciembre. Mientras la derecha prepara un menú de plato único, sin sal y bajo en calorías -Rajoy, lo tomas o lo dejas-, a riesgo de que algunos votantes se vayan al macdonald de Albert Rivera donde dan kétchup gratis, la izquierda llega con una carta de restaurante chino, muchos platos cocinados en el mismo wok. El próximo lunes se presenta una nueva formación de este lado del espectro, a sí misma denominada La Izquierda. El nombre ya advierte que los recién llegados no andan escasos de autoestima. Por supuesto, la nueva fuerza es el resultado de la confluencia de dos plataformas, Convocatoria Cívica y Somos Izquierda, y de otras que puedan sumarse, me imagino. Las plataformas son a la izquierda lo que las fundaciones a la derecha; ambas tienen un aire fantasmal e insolvente, pero se distinguen en su finalidad: las primeras son para sacar la cabeza del hoyo y las segundas para llenar el hoyo de dinero. No hace falta explicar cuáles son más efectivas en sus propios fines. En todo caso, el votante de izquierdas está ya aturdido ante el coro cacofónico de fórmulas asertivas y conminatorias: somos, podemos, vamos, estamos, convocamos, nos juntamos, nos comprometemos, que tienen como referente una abstracción sociológica, la gente, el pueblo, los de abajo, etcétera. Es como una de esas pelis en las que salen todos los superhéroes al unísono para salvar el mundo y te armas un lío con los poderes de unos y de otros. Eso sí, agitación y efectos especiales no faltan. Luego llegan extenuados al momento de la verdad, como Pablo Iglesias el otro día al debate de la tele. Los viejos del lugar, que ya hemos vivido otro cambio de ciclo parecido hace cuarenta años y en circunstancias relativamente análogas de desgaste de régimen y crisis económica, quizás debiéramos señalar con nuestro pesimismo que este burbujeo es síntoma del deseo de cambio, no necesariamente aviso de que vaya a producirse en los términos deseados. Y otras dos advertencias de abuelo Cebolleta: una, el voto de izquierda, como el de derecha, está tasado y, a más siglas en disputa, más fragmentado resultará; y dos, el votante medio, también el de izquierda, teme más que nada a la agitación y la incertidumbre, por lo que, como ya advierten las encuestas, a más dosis de ambas, más votos a las siglas tradicionales. Y ahora me voy a echar pan a los...
Vuelta atrás
La osada y notablemente falsa afirmación del primer ministro israelí sobre el origen del Holocausto obliga a volver sobre el tortuoso asunto del antisemitismo europeo y el interminable conflicto de Oriente Medio, que es su consecuencia. En las primeras décadas del siglo pasado, dos tercios de la población judía mundial vivían en Europa, de los Urales a Gibraltar, desde siglos atrás. A pesar del hostigamiento y la segregación de que fueron objeto por parte de los cristianos desde la época de Constantino, primero, y de las sociedades religiosamente homogéneas de los estados nacionales a partir de la Edad Moderna, o quizás debido precisamente a estas circunstancias adversas, los judíos conservaron sus rasgos culturales y religiosos en comunidades forzosamente estancas, sin conciencia de ser una unidad política. Los judíos, pues, son tan europeos como el antisemitismo que los niega. Los rasgos de la identidad cultural judía fueron diluyéndose a medida que avanzaba la igualdad de derechos proclamada por la Revolución Francesa y los judíos se integraron en el tejido social de sus países. Esta integración tuvo lugar en mayor medida en países occidentales como Francia, Holanda o Alemania, pero no se produjo en la Europa oriental, bajo la férula autocrática del zar, donde sin embargo eran más numerosas las comunidades judías (en España eran numéricamente inexistentes desde el siglo XV, aunque todavía poblaran las pesadillas de la derecha nacionalista y el lenguaje popular). El nazismo significó, en términos de historia de las ideas políticas, una enmienda a la totalidad de la Ilustración y el consiguiente retorno al antisemitismo, renovado en dos aspectos: en su fundamentación racial y no religiosa, y en la determinación de exterminar físicamente a todos los judíos europeos. Estas dos novedades pueden rastrearse con claridad en los primeros escritos de los ideólogos nazis y de Hitler en particular, para no mencionar la propia ejecución de la Solución Final. La novedad de la situación sorprendió inermes a los judíos. La identidad nacional de los escritores que nos han dejado el testimonio de su paso por los campos de exterminio –Primo Levi, Jean Améry, Marcel Reich-Ranicki, Víctor Kemplerer- era la de sus países de origen –alemanes, austriacos, polacos, italianos- y no la judía, y, desde luego, no eran sionistas. Fueron los nazis los que hicieron evidente, y ominosa, esta identidad mediante un simple procedimiento administrativo: la estampación de la le J de judío en sus pasaportes y la obligación de portar bien visible la estrella amarilla. Victor Kemplerer, en particular, se muestra muy crítico con el sionismo y con las obras de Theodor Herzl en sus angustiosos y prolijos diarios mientras esperaba la deportación a la cámara de gas, y lo llega a calificar como análogo al nazismo, si...
Hablemos del donativo
La presidenta de mi pueblo ha calificado de desfachatez considerar que el régimen foral sea un “privilegio anacrónico”. En efecto, no es anacrónico, sino plenamente vigente y operativo. Argumentar, sin embargo, que no sea un privilegio, es más difícil. El término mismo, fuero, induce a pensarlo. Los fueros eran concesiones del arbitrio real que distinguían a unas poblaciones o estamentos de otros, y lo que era permitido a unos, les estaba prohibido a los demás. Es, pues, un vestigio del antiguo régimen, y en ese sentido, los que quieren abolirlo lo califican de anacrónico. Pero aquí ya se entiende que no estamos hablando de reyes y reinos medievales. El régimen foral de la provincia donde vivo tiene un doble significado histórico. En primer lugar, es prueba de la impotencia del Estado decimonónico español para llevar a todos los territorios del reino los principios igualitarios que lo inspiraban, carlistadas mediante. En segundo término, derivado del anterior, fue un apaño formidablemente beneficioso para las elites económicas del país. Las de la provincia consiguieron de una tacada los beneficios de un mercado más amplio y unificado por la abolición de las aduanas interiores, reteniendo para sí la caja de los impuestos, y, al otro lado de la mesa, el Estado consiguió paz social y lealtad constitucional a un precio económico más que tolerable para todos porque la provincia era entonces, y lo es ahora, insignificante en términos de PIB nacional. Para hacerse una idea de la poquedad del precio pagado puede decirse que la aportación fiscal de la provincia a las arcas del Estado recibió el desdeñoso y piadoso nombre de donativo foral, que aún se utiliza en la jerga de los foralistas tradicionales. Casi un siglo después de estos sucesos, vino el nacionalismo, que es la plataforma desde la que habla mi presidenta, como consecuencia de la gradual extinción del carlismo. Esta circunstancia histórica ha creado una nueva dialéctica entre nacionalismo y régimen foral por la cual este sería el paliativo a la secesión. Eso explica la segunda parte de las declaraciones de mi presidenta, que sugiere aplicar el régimen de convenio económico en Cataluña. De este modo dejaría de ser un derecho histórico para convertirse en una terapia de choque. En el ámbito desde que habla mi presidenta este paliativo funciona porque el régimen económico foral es querido y defendido por toda la población (¡y quién no!) mientras que el nacionalismo de por aquí es de raíz étnica, minoritario y desigualmente repartido por las provincias que tienen régimen foral, porque, bien entendido, son las provincias y no la nación las titulares del fuero. Aplicar la fórmula en Cataluña sería una catástrofe fiscal para el Estado y es improbable que sirviera...