¿Dónde estaba yo cuando murió Franco? Ya que ningún encuestador callejero me ha hecho la pregunta, me la haré yo mismo. Aquel 20 de noviembre fue jueves y llegué a las ocho de la mañana -medio dormido, como siempre después de una tupitina de una hora en autobús desde mi domicilio- a mi trabajo en el sótano de la librería Lecto de Madrid, especializada en economía, donde mis compañeros, de los que he olvidado su nombre pero de los que recuerdo con afecto sus caras y sus voces, ya celebraban la noticia con risas y comentarios, aunque no con champán. La mayoría de ellos eran afiliados del abigarrado partido comunista de la época y algunos, represaliados políticos y laborales, tenían buenas razones para el júbilo, al que me sumé por simpatía, aunque sin mayor conciencia de lo que había pasado y de lo que iba a pasar en adelante. Ni siquiera recuerdo haber visto aquel día el más tarde celebérrimo y moqueante anuncio de Arias Navarro, aunque quizás en algún momento he contado otra cosa. La experiencia y la conciencia discurren en tiempos distintos y la memoria se aprovecha de esta falta de sintonía para embellecer sus frutos. Hoy, la memoria del viejo se presenta deslavada y escéptica, así que puedo decir que yo no estaba allí y, si estaba, puedo decir que era otro. En cuarenta años, las metamorfosis y reencarnaciones que registra uno son poco menos que infinitas. Pero como zoon politikon, soy un hijo de la Transición, qué le vamos a hacer. Hoy, ese periodo constitucional está en fase terminal, aunque solo sea por razones biológicas. Tres de los líderes que protagonizarán las elecciones generales del próximo diciembre (Iglesias, Rivera y Garzón) no habían nacido en aquella fecha, y el cuarto (Sánchez) tenía tres añitos. Los cuatro representan el desconcierto y los anhelos de la nueva generación, con gran escándalo de los viejos del lugar, y solo del quinto en liza, precisamente el líder del partido que alberga en su seno el franquismo residual, puede decirse que estuvo donde había que estar hace cuarenta años. Otro que estuvo ahí, Rodolfo Martín Villa (81 años) y del que ya en los setenta se decía que desde que tenía veinte años no se había apeado del coche oficial, fue entrevistado ayer en un programa de televisión. Desde la muerte de Franco ha pertenecido el elogiado cogollo de políticos que trajeron la democracia. El entrevistador, un joven típico de la nueva generación, le recordó su condición de ministro del Interior del primer gobierno democrático y la impunidad de los torturadores bajo su mandato. El héroe de la Transición se vino abajo. Nunca me habían tratado así, vino a decir, y cortó la conversación, perplejo y derrotado. Curiosamente, van a ser las víctimas del franquismo, enterradas en las cunetas del olvido, las que acaben con la legitimidad histórica del régimen de la Transición. ¡Lo que duran los muertos y lo frágiles y transitivos que somos los vivos!
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