Don Mariano Rajoy Brey, registrador de la propiedad de Santa Pola (Alicante), no acudirá a un debate preelectoral porque los señores como dios manda, serios, formales y previsibles, no acuden a esos sitios del mismo modo que no frecuentan los realities ni conciertos con guitarras eléctricas. Don Mariano va de la oficina a casa y, los domingos, al fútbol. Para cualquier otra convocatoria, como bailar zumba en un plató de televisión o aventurar sandeces sobre la lucha antiterrorista, envía a subalternos más motivados. Bastantes concesiones ha hecho a la moda quitándose la protectora corbata para proclamar obviedades en los mítines de aldea a los que se ve obligado a asistir contra su voluntad los fines de semana. Pues bien, este personaje, que ya era ridículo en las viñetas de La Codorniz hace más de medio siglo, será de nuevo, con bastante probabilidad, el próximo presidente del gobierno español. Rajoy tiene su reflejo especular en Angela Merkel, una dama que parece rescatada de un anuncio de electrodomésticos de los años cincuenta, de cuando el milagro alemán, a despecho de que Volkswagen practique un fraude masivo a consumidores y gobiernos. No es raro que entre Rajoy y Merkel discurra una evidente empatía porque dan la medida de la profundidad del conservadurismo europeo. Ambos coinciden en la defensa contumaz de una política económica que ha abierto de manera inimaginable el foso entre ricos y pobres. Las clases acomodadas, o las que se creen tales, han decidido cerrar los ojos al mundo del mismo modo que los vecinos lo hacemos para eludir la visión de los mendigos que nos asedian cuando caminamos por la acera. El euro que se da o no a la mano tendida del mendigo es la frontera que separa a las famosas clases medias de los olvidados de la tierra y ha sido precisamente un momento de debilidad de Merkel a favor de los refugiados que se agolpan en las fronteras de la Unión Europea lo que ha mellado, quizás de manera irreparable, su rocosa popularidad. La canciller parpadea un instante ante el deslumbramiento de los hechos y los suyos la lapidan. El parsimonioso Rajoy no ha caído en esa trampa y, como siempre, la historia le ha dado la razón. Gracias a los atentados de París, los refugiados no solo han desaparecido de la agenda pública sino del telediario y por ende de la realidad misma. ¿Dónde están? Cualquiera sabe, esta gente va y viene mientras que nosotros permanecemos. Lo importante es que no se metan en casa. Así que ¿para qué ir a un debate a airear todos estos trapos sucios? Que vayan los jóvenes, que creen que todo el monte es orégano.