La conquista del Everest

Posted by on Jun 11, 2016 in Historias |

El anual recordatorio de la celebración del ‘Bloomsday’ en un suplemento cultural me ha llevado al recuerdo de la lectura de la obra de James Joyce, ‘Ulises’, quizás la novela más relevante del siglo XX y una de las cimas de la literatura.universal de todos los tiempos.

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Lo que se ha roto

Posted by on Jun 11, 2016 in Miradas |

Hace un par de días, se registró un debate volandero, apenas un chispazo en la murga del calendario, a propósito de la titularidad de la etiqueta socialdemócrata. Como es habitual, el alboroto comenzó con una de las características y provocativas iniciativas mediáticas del líder de podemos quien afirmó la condición socialdemócrata de la coalición que preside. Los podemólogos de guardia avisaron de inmediato que la ocurrencia iba destinada a distraer del impacto que en el electorado iba a tener su acuerdo con los comunistas, y, en efecto,  los nuevos socios se apresuraron a darles la razón. Nada hay que excite más a un izquierdista de pura cepa que una buena polémica nominalista. Los socialistas, titulares históricos de la marca socialdemócrata, fueron quienes reaccionaron con mayor denuedo. Los socialistas viven bajo el aflictivo sentimiento de que los podemitas les quieren birlar la cartera y la reacción era previsible, sobre todo para el que la había provocado. Pero tiene interés lo que alegaron dirigentes históricos del partido, como José María Maravall o Joaquín Almunia –seguramente ignotos para los votantes menores de cincuenta-, para argumentar la condición socialdemócrata del pesoe refundado por Felipe Gonzáles y ellos mismos en los años setenta del pasado siglo, inspirados por los partidos homónimos de Alemania y Suecia, entonces modelos, no solo ideológicos y de admirable gestión política y económica sino activos patrocinadores del bisoño socialismo español que había guillotinado a la vieja cúpula dirigente en el exilio y al que no solo aconsejaron sino también apoyaron económicamente. La mala noticia, que nadie sospechaba entonces, es que la socialdemocracia, que había construido la Europa occidental de la postguerra al alimón con la democracia cristiana bajo el paraguas militar estadounidense con el fin último de exorcizar el peligro comunista, estaba en las últimas. En los años ochenta, un poderoso movimiento que hoy conocemos como neoliberalismo, fuertemente ideologizado, apoyado por el mismo capital engordado en los años de bienestar hasta aquel momento y legitimado por la caída del imperio soviético, rompió el consenso, proscribió lo social (la gente, diríamos ahora) de la agenda política e instauró un paradigma basado en el individuo que tiene dinero y en el mercado como autoridad superior incluso por encima de los parlamentos nacionales. Este tsunami arrasó a socialdemócratas y democristianos, que tenían en lo social y en el estado nacional las bases de su legitimidad, y en el descomunal socavón creado aparecieron los llamados populistas, término del que todavía nadie ha dado un significado más convincente que el meramente derogatorio. Los socialistas debieran ver como una oportunidad el intento de los podemitas de fagocitar su marca porque es una forma de reconocer una historia compartida y quizás una plataforma que sirva al rescate...

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Cerrados y bloqueados

Posted by on Jun 10, 2016 in Miradas |

Por primera vez atisbamos el carácter amenazador de la fórmula electoral con la que hemos venido conviviendo durante cuarenta años y que tiene su origen en el último decreto-ley de las cortes de la dictadura, cuyo contenido se trasladó tal cual a la Constitución: las listas cerradas y bloqueadas, lo que quiere decir, partidos cerrados y bloqueados, y también propuestas, mensajes, argumentos, estrategias, finanzas, toda la impedimenta de la campaña política, cerrada y bloqueada. Los partidos españoles son en época de entretiempo una mezcla de organización leninista y familia mafiosa, enraizados en interminables redes clientelares, pero, en periodo electoral, se convierten en una falange macedónica. En tiempos de paz, los partidos sufren, aunque en muy pequeña medida, disfunciones, deserciones, escisiones y otros avatares propios de organizaciones extensas y complejas en roce constante con la realidad, pero ante la convocatoria de las urnas ningún hoplita puede salirse de la fila, ni el estratega puede improvisar sobre la marcha. La batalla se define con precisión milimétrica antes de que comience sobre un escenario preconcebido y luego todo se resuelve en un único encontronazo, después del cual toca contar las bajas, porque la victoria se la atribuyen todos los contendientes para sí cualquiera que sea el resultado. Esta disciplina militar la vimos ayer en el debate de la chicas que organizó un canal de televisión en el que las portavoces de los cuatro partidos mayores repetían mecánicamente el argumentario (término que designa una versión degradada y empobrecida de argumento) que lo mismo podrían haber defendido los chicos o un contestador automático. No lamento la inexistencia de un discurso femenino, por dios, lo cual es uno de los equívocos del debate aludido, lamento la falta de un discurso digno de ese nombre. Ahora que hasta las fuerzas y cuerpos de seguridad del estado, qué bonito y qué largo, se han dotado de portavoces que verbalizan con razonable competencia sus actuaciones, el lenguaje de los y las políticos y políticas empieza a parecerse espantosamente al de un atestado de la guardia civil del siglo pasado. La rigidez del lenguaje denota la rigidez general con que los partidos enfrentan una situación que todo el mundo admite que es muy compleja. Viene esto a cuento de cierto temor, convenientemente agitado con el loable propósito de movilizar a los votantes indecisos, defraudados y perezosos, sobre la posibilidad de que los resultados del próximo veintiséis  aboquen a unas terceras elecciones. Hay que asistir con escepticismo a esta eventualidad porque, si los partidos se empeñasen en el desacuerdo, se encontrarían en medio de una pinza de insoportable exigencia, entre la impaciencia de los poderes económicos y el hastío del pueblo llano. Así que, calma, habrá gobierno. Las guerras del...

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El engrudo

Posted by on Jun 9, 2016 in Miradas |

Llegará un día en que habremos de recurrir a glosarios especializados para entender el origen del término pegada de carteles, del mismo modo que recurrimos a un diccionario taurino, náutico, militar o agrícola, para descifrar el origen de términos que utilizamos en el lenguaje figurado corriente, ya desgajados de su sentido prístino. Por ahora, que yo sepa, pegar o pegada de carteles tiene un solo significado literal, aunque en la jerga de los partidos alude a un festejo especial: el descubrimiento de la propaganda mural en las primeras horas de la campaña electoral, a la que este acto da un carácter inaugural. La pegada de carteles fue un recurso necesario en una sociedad que quería ser democrática y era pretecnológica y esencialmente consiste en imágenes chillonas, mensajes obvios e insignificantes, papel vasto y abundante, y  engrudo en todas las paredes y muros, que, en la medida que son los rostros de la ciudad, parecía destinado a amordazar a la plaza pública. Mucha basura y poca significación. La democracia era una forma de agitación a plazo fijo sin que nadie supiera con exactitud qué significaba. La pegada de carteles era el aporreo del pecho del  gorila o la berrea del ciervo en un ecosistema en el que todos sabíamos lo que había que saber: quién era el macho alfa, quién su rebaño, quién el enemigo y qué estaba en juego, así que los carteles no servían para abrir mentes o ilustrar conductas sino para lo contrario. El progreso empieza por reducir esta acción cruda, masiva, invasiva, a una mera evocación, del mismo modo que la misa es una evocación del canibalismo. La pegada de carteles ha quedado reducida en gran medida a un solo cartel sobre una superficie practicable ante decenas de cámaras de televisión que difunden urbi et orbi el advenimiento de la fiesta de la democracia, término cursi e interesado donde los haya. Este adelgazamiento de la materia grasa del acto y su traslado a un plano referencial es el principio de que el término que lo designa se convierta en un término figurado. Lo que no sabemos es a qué acción o circunstancia podría aplicarse. Sin duda a una acción reiterativa y molesta como las que designan las expresiones dar la chapa o dar la brasa, con el agravante de que el engrudo le daría propiamente una connotación pegajosa, tenaz, aflictiva. Imagínense los efectos que ha tenido la fiesta inaugurada con una inocua pegada de carteles de Rajoy et alii hace cuatro años. Deja de pegarme carteles en la chepa podría ser una alocución que viniera a significar: deja de querer engañarme, deja de creerte más listo que yo, deja de hacer tu carrera sobre mis riñones,...

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Mímesis

Posted by on Jun 9, 2016 in Miradas |

Está en la parada del autobús de transporte urbano número tres, a veinte pasos de la biblioteca pública del barrio multiétnico donde acaba de devolver el único ejemplar disponible en la provincia de Mimesis de Eric Auerbach después de haberlo leído con más admiración que interés y el inclemente sol del primer día estival del año le araña la cabeza pelada,  por la acera de enfrente pasea una pareja de subsaharianos en la treintena, altos, atléticos, de una belleza arrogante, ella tiene un trasero respingón “como solo se ven entre las africanas”, la ocurrencia fue de Alberto Moravia, leída en una entrevista remota en la que glosaba con orgullo senil la belleza de su última esposa, Carmen Llera, una paisana vecina de aquí de edad pareja a la del tipo que espera al autobús y sueña con ella, y que también tuvo un romance con el señor de la guerra druso Walid Jumblatt, calvo, triponcillo y poeta, al que la paisana hizo protagonista de un blanda novela que leyeron con pasión digna de mejor causa en el círculo de aldeanos ilustrados, así llamados por el novelista local que se las tuvo en uno de sus legendarios ajustes de cuentas con el hermano de la paisana o cuñado de Moravia si se prefiere del que era vecino en la coqueta urbanización de chalés por causa de un perro ladrador que le impedía concentrarse en la página en blanco a resultas de lo cual dicen que el novelista quedó malherido. Durante un tiempo infinitesimal que sin embargo parece eterno porque ocupa la totalidad de la experiencia sensible, una deseable paisana con pujos amatorios y literarios, un anciano escritor italiano de cejas hirsutas antaño famoso y hoy casi olvidado, un caudillo libanés de una confusa guerra pasada, un perro que ladraba sin descanso y un cronista provincial solo recordado por sus enemigos, flotan bajo las radiaciones del sol poniente en busca de sentido a la inesperada convocatoria del culo respingón de una joven subsahariana que ya ha desaparecido de la vista. El soñador involuntario intenta sin convicción urdir un relato con esos fantasmas porque, cree, sería también un relato de su vida, o mejor, arrancado de su vida. Materiales de la memoria que son también materiales del lenguaje, atravesados de irrealidad, equívocos, frágiles, por último banales. ¿Quién demonios es ese tipo habitado por semejante puré mental en la parada del número tres? El autobús llega a su rescate y él también, fantasma transitorio, desaparece de...

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