Desde hace unos meses accedo a un grupo de opinión política en línea, si bien más como lector interesado que como participante activo. Los intervinientes se muestran, sin embargo, vivaces y laboriosos. Pero me ha sorprendido, aunque quizás no sea esta la palabra, la acusada asimetría del debate, en el que un participante, me consta que es el de mayor edad, destila largas parrafadas con afán analítico y didáctico de inequívoco estilo de vieja escuela, mientras los más jóvenes se limitan a subrayar sus opiniones con frases breves, generalmente aquiescentes o dedicadas a cuestiones de detalle. En algún caso, el esfuerzo del veterano es respondido con entusiasmo por otro participante más joven con una ristra de emoticonos. Al parecer, uno de los rasgos de la nueva política consiste en argumentar, si vale la palabra, con estos pictogramas cuyo repertorio, cada vez más profuso, proporcionan las plataformas de Internet. Si algo indica el uso de estos códigos es que la nueva izquierda emergente no se basa en el materialismo histórico, precisamente el que cree encarnar el viejo chamán del grupo de opinión, pues nada hay menos material que los contenidos de la red y menos histórico que esa colección de diminutos iconos destinados a expresar rudimentaria y perezosamente las emociones del remitente. Ahora que, al parecer, la política ha perdido la perspectiva histórica  -lo que algunos llaman el relato-, los jóvenes emergentes vienen a enmendarlo con la exhibición de esas burbujitas amarillas que sonríen, guiñan el ojo, lagrimean y sacan la lengua. Volvemos, pues, a los orígenes de la escritura; a las cavernas, como proclama orgullosamente un anuncio de Apple. Los pictogramas son la escritura de un idiolecto, el código de comunicación de un grupo pequeño y compenetrado y, si han de usurpar el espacio del alfabeto y adquirir el valor universal que este tiene, alguien deberá normalizar la fonética, la semántica, la sintaxis y la metonimia de los enrollados emoticonos para que puedan describir algún hecho o pensamiento más complejo que un suspiro o un pedo. Quizás, los emoticónicos debieran tomar nota del hecho de que no han conseguido desalojar de la poltrona del poder a un personaje titular de la profesión más ranciamente literaria que existe: abogado y registrador de la propiedad, y muchas pelotillas de esas de color limón van a tener que lanzar con la cerbatana del iphone para que el registrador de la propiedad se dé por aludido.