Rajoy y Rivera forman una pareja simbiótica. El primero es un carácter quietista, mineral, surcado de pliegues y anfractuosidades geológicas, indiferente al cambio de las estaciones, siempre igual a sí mismo. El segundo es activo, inquieto, emprendedor y resuelto. La roca y el escalador. La roca aspira a ser siempre roca, henchida del orgullo de serlo; a su turno, el escalador quiere coronarla y gozar de los dones de la altura. El joven capitoste de ciudadanos es un arribista y toda su estrategia desde diciembre ha sido la historia de sucesivos intentos de coronar la cima. Empezó por las bravas y a lo loco, como cualquier joven sin experiencia, intentado cercar la mole popular con un pacto con los socialistas, una especie de campamento base, para provocar un corrimiento de tierras que hiciera más fácil la escalada, y, al no conseguirlo, llegó a invitar a la fauna local a sublevarse contra su propio ecosistema, pues no otra cosa fue la ocurrencia de pedir a los diputados populares que derrocaran a su jefe. ¿Y de qué van a vivir las cabras, los topillos y las garduñas que habitan en las laderas de la roca? Hay un momento de locura, alimentado por la ansiedad del desafío, que todos los alpinistas experimentan cuando creen que la montaña es su adversario. Después de las elecciones de junio, el escalador debió comprender que, si quiere escalar la roca, necesita a la roca, y abandonó la táctica suicida de demolición para iniciar un ascenso gradual, lo que significa encontrar otra vía de acceso. Su equipo, sus patrocinadores y su club de fans, que no entienden o prefieren no entender que la misión de este aguerrido escalador es solo su gloria personal, necesitaban sin embargo una explicación para el cambio de táctica y de lenguaje. ¿Por qué habríamos de pactar con la roca? Pues bien, la respuesta es: porque vamos a proponer un plan de reordenación forestal que elimine las ramas secas y las malas hierbas, claree el matorral, abra nuevos senderos y permita que los pajarillos aniden sin peligro y que los lugareños disfruten honradamente de las bellotas y de las moras que da el bosque. Por supuesto, la roca no dijo nada -¿conocen ustedes alguna roca que se haya manifestado por el uso del bosque que crece a sus pies?- y el escalador interpretó su elusiva aquiescencia como la aceptación de su plan. Un ayudante de su equipo se encontró con un urogallo que anida en los peñascos superiores de la roca y firmaron un papel, que se mojó de inmediato por causa del rocío en el herbazal que sirvió de mesa a los firmantes. Ni la roca ni el escalador estuvieron en el acto de la firma. La roca, como siempre, estaba arriba, muda e impasible, y el escalador, suponemos, se armaba de atalajes para emprender la próxima etapa de su escalada. En ese momento, que es en el que estamos, el escalador se mimetizó con el entorno de la roca, se internó en su zona de sombra y desapareció, aunque aún seguiremos unas semanas oyendo sus zigzagueantes mensajes de voz y viendo su eufórica imagen de triunfador a través de los equipos de comunicación del campamento base. Lo único que podemos ver a simple vista con solo levantar la mirada, como siempre, es la roca, que se eleva sobre los bancos de niebla de las mañanas de verano y diríase que sonríe si no supiéramos que es una roca.
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