La Europa que queremos y que necesitamos es el título de una conferencia dictada hoy en mi pueblo por el periodista Joaquín Estefanía en el marco del programa del Foro Gogoa. El conferenciante ofrece una exposición impecable en clave socialdemócrata de los males que aquejan a las sociedades europeas y de los déficits de este tinglado institucional que llamamos unión europea. El curso de la disertación aparece esmaltado de referencias que solo los más viejos del lugar podemos saber a qué se refieren: el informe sobre los límites del crecimiento del Club de Roma, el pci de Enrico Berlinguer, etcétera, y el economista John Maynard Keynes, al que el conferenciante dedica un dilatado y sentido homenaje. Al comienzo de la disertación, Estefanía fija la atención en la brecha generacional que recorre las sociedades europeas y al hecho de que, por primera vez en varias generaciones, los jóvenes padecen una existencia más precaria que la que tuvieron sus padres, pero no hay ningún joven para escucharle. La sala donde se desarrolla el acto está llena a rebosar de público, que forma un lago de cabezas de color ceniza. Jubilados, como el mismo conferenciante, que, según cuenta, recibió un aplauso de homenaje de los funcionarios de la caja de pensiones cuando, al solicitar su pensión, declaró que acumulaba un monto de cuarenta y cuatro años de trabajo activo y de cotizaciones continuadas a la seguridad social. El último mohicano de los buenos viejos tiempos del trabajo estable y de las empresas robustas y duraderas, debieron pensar los empleados de la caja de pensiones cuando le ofrecieron su aplauso. Esta es la primera paradoja de la conferencia. La Europa que queremos y necesitamos no es ni será la de la gente que llenaba la sala de conferencias. La segunda paradoja es que la conferencia se produce el mismo día en que la primera ministra británica masajea las glándulas xenófobas de sus seguidores en el congreso del partido conservador anunciando un siniestro repertorio de medidas destinadas a marginar y, por último, a expulsar a los trabajadores extranjeros de Gran Bretaña, presuntamente para que sus puestos los ocupen trabajadores ingleses, y lo dice en un país con menos de un cinco por ciento de desempleo y apenas un ocho por ciento de población extranjera plenamente integrada. Esta vez el llamado populismo, lo que quiera que signifique esa necia palabra, se ha criado en la public school y habla con un aterciopelado acento Oxbridge. La brecha generacional, la revolución tecnológica, los abismos de la desigualdad, la juventud precarizada, el nacionalismo xenófobo, la insolencia de las elites, la codicia de los ricos, etcétera, demasiadas grietas por las que se escurren las palabras. ¿Hay alguien ahí que...
Genética de izquierdas
La izquierda española tiene un rasgo genético que es preciso tener en cuenta para prever su comportamiento en situaciones de crisis. Estamos ante una especie cainita y antes de que los adversarios de la derecha la aplasten definitivamente, celebran un penúltimo capítulo del desastre con una sangrienta batalla interna, tan minuciosa y cerril que cuando el enemigo vencedor ocupa la plaza no queda nada en pie excepto el borbor del odio que alimentará un nuevo enfrentamiento en la próxima ocasión que se presente. No se conoce con exactitud el origen de este gen, quizás debido a una mezcla de indigencia intelectual, milenarismo inflamado y oportunismo congénito pues la izquierda recurre con frecuencia a una visión novelesca de sí misma para reconocerse ante el espejo. Lo curioso es que esta patología se manifiesta con mayor virulencia cuanto mayor es la fuerza política del portador del gen. Mientras la izquierda es perseguida y ninguneada, el odio permanece en estado larvario, lo que ha dado lugar a la conocida opinión de que la izquierda española solo está unida en la cárcel o ante el paredón. En el siglo pasado hubo dos notorios episodios de recidiva de esta patología, muy cercanos entre sí y ambos letales, ocurridos en Barcelona en mayo de 1937 y en Madrid en marzo de 1939. Después del último, la izquierda pudo disfrutar de cuarenta años de unidad en la cárcel o en el paredón. Los tiempos que corren son menos recios que aquellos, pero el gen sigue operativo e impertérrito. Dejemos de lado, por estar suficientemente comentada, la crisis fratricida del pasado sábado que ha dejado al pesoe maltrecho para los restos y desplacemos la atención a la otra orilla de la izquierda. Ante la inminente victoria de Rajoy, los podemitas han sentido el brusco y jubiloso despertar del gen suicida y se han apresurado a romper su acuerdo de gobierno con los socialistas en Castilla-La Mancha y han amenazado con hacer lo mismo en otras comunidades. ¡Menos mal que no habíamos armado a las respectivas milicias con mosquetones máuser! Pero, probablemente, el episodio más grotesco, por ahora, de esta confrontación patológica sea el ocurrido en Andalucía, donde podemos y pesoe han presentado en el parlamento regional sendas propuestas de ley contra la homofobia de contenido idéntico, lo que ha llevado a ambas facciones a acusarse de robo, oportunismo y otras edificantes lindezas. El pasado domingo, después de la sarracina socialista, se publicó un sondeo de opinión que confirmaba la previsión de una más abultada victoria del pepé, junto con el descenso de votos de la izquierda. Los podemitas conseguían un mezquino adelantamiento sobre sus rivales socialistas (el sorpasso de los cojones) pero la fuerza de ambos sumada...
Liberales
Los liberales como Isaiah Berlin o Ralf Dahrendorf -que nada tienen que ver con los liberales ful, como Esperanza Aguirre- sostienen en sus escritos que, en un sistema democrático, las elecciones no son tanto para entronizar al mejor gobierno posible cuanto para desbancar al que no nos gusta. Las elecciones son así un juego de prueba y error. El gobierno siempre es malo, pero la democracia permite elegir, provisionalmente y hasta los próximos comicios, al menos malo, a juicio de los electores. Parece una concepción pesimista pero es funcional y efectiva; primero, porque conserva la autonomía de la sociedad civil y con ello la libertad de opinión y decisión, y segundo, porque lo que llamamos la clase política carece de esa impregnación mafiosa que tiene entre nosotros. El diputado o la diputada se están jugando todos los días el puesto ante la población que le vota y a la que atienden directamente, o deben hacerlo. Es posible que esta opinión de los padres del liberalismo solo pueda entenderse en un sistema electoral como el británico, que funciona por circunscripciones unipersonales y por mayorías absolutas en cada circunscripción, en el que el candidato (no una lista cerrada y bloqueada, sino un individuo) más votado gana el escaño sin otro trámite. Luego, son los diputados electos los que determinan la acción del gobierno y del partido al que representan, y no al revés, como ocurre aquí, donde puede decirse sin duda alguna que un 70% de la población española no quiere a Rajoy al frente del gobierno porque de lo contrario hubiera votado a su sigla. Pues bien, el sistema español permite la repetición mecánica de las elecciones una y otra vez, con los mismos candidatos que han demostrado su incapacidad en intentos anteriores, hasta que la fatiga haga rectificar su decisión al cuerpo electoral. En esas estamos. Las elecciones aquí no son, en primer término, para cambiar al gobierno sino para acomodar a unas elefantiásicas estructuras clientelares a las que llamamos partidos en el reparto del botín institucional en el que el premio gordo absoluto se lo lleva el partido que ocupa el gobierno. El sistema proporcional vigente se justifica porque, al contrario que el mayoritario, abre el juego a más fuerzas políticas y les reconoce la representatividad que les dan las urnas. Esta especie de barra libre electoral se ve, sin embargo, restringida en este caso por dos mecanismos legales: la corrección en la asignación de escaños, que favorece a los partidos mayoritarios y al bipartidismo, y el fuero constitucional de que disfruta el gobierno, prácticamente invulnerable al control del parlamento, aun en minoría, una vez que ha sido votado por el mismo parlamento. Esta realidad convierte en una...
Berlín
El pasado 18 de septiembre, la ciudad estado de Berlín celebró elecciones y se produjeron dos hechos de los que solo uno ha sido destacado: la pérdida de votos del partido democristiano que preside la señora Merkel a beneficio del partido xenófobo situado a su derecha. Los socialdemócratas volvieron a alzarse con la victoria electoral en una plaza tradicionalmente roja pero no sin perder un apreciable pellizco de votos a favor de las formaciones a su izquierda, los verdes y la sigla post comunista, con los que tendrán que pactar si quieren conservar el gobierno. ¿Reconocen el cuadro? Asfixiados aquí en la agobiante atmósfera creada en la bodega del pesoe, tendemos a ignorar que la crisis de este partido no hubiera tenido lugar si la socialdemocracia europea en su conjunto no estuviera en crisis. Lo único idiosincrásico de la batalla de la calle Ferraz es la proverbial cólera de los españoles sentados, en este caso en poltronas. Los resultados electorales de Berlín advierten a los partidarios de la gran coalición que la crisis del sistema no se repara con fórmulas destinadas a salvar los muebles o, como se dice aquí en castizo, a hacer posible la gobernabilidad, un concepto perfectamente vacuo como lo demuestra el hecho de que este país no haya dejado de funcionar, y a menudo mejor que antes, durante estos diez meses de interinidad. ¿Qué puede ser más higiénico para la vida pública que tener inmovilizados en funciones a personajes como Rajoy, Fernández Díaz et alii? En Alemania y otros estados septentrionales de Europa rampan los partidos de extrema derecha o, como dicen los finos, los populistas de derecha, mientras en la cara meridional del continente medran los populistas de izquierda. Populismo es una palabra idiota que describe menos aquello para lo que ha sido puesta en circulación que la pereza e indigencia intelectual de quienes la han inventado. Esta nueva alteridad entre populismos de derecha y de izquierda también ha sido fomentada por la retórica del sistema, que ha fracturado el demos europeo en acreedores y deudores con las consecuencias sabidas en las políticas nacionales aplicadas a unos y a otros. Los acreedores del norte no quieren que los deudores del sur vivan permanentemente a su costa y los deudores del sur no quieren que los acreedores del norte les sangren para los restos. Esta es la imagen esculpida en la imaginación europea por los poderosos grupos económicos y mediáticos que tienen a los gobiernos nacionales secuestrados e inermes. Los llamados populismos son una respuesta inmediata, sin duda engañosa, quizás ineficiente, pero cargada de razones ante una situación que han creado las elites del sistema. En este estado de cosas, el pesoe es parte del...
Día de historias
Estos, Fabio, ¡ay dolor!, que ves ahora / campos de soledad, mustio collado, / fueron un tiempo Itálica famosa. Etcétera. Un par de amigos y quien esto escribe deciden pasar el día de duelo por el derrumbe del partido centenario de visita en las excavaciones de la ciudad romana de Santa Criz del siglo I d. C, al oriente de la provincia. Los arqueólogos (arqueólogas, en este caso) han sacado a la luz un perímetro de calles jalonadas de sillares, el basamento de una plaza porticada y unas columnas estriadas, huérfanas y altivas. Un grupo de niños brincan alegremente sobre la historia restaurada. Entre estos chavales del ipad y las piedras venerables se establece un diálogo disfuncional, disruptivo, expresión de una abismo histórico y cultural, que inquieta con razón a las conservadoras del lugar. Los tres paisanos recorremos mansamente la senda señalizada que bordea el lugar intercambiando ocurrencias mientras peleamos con nuestros exhaustos recuerdos de bachillerato, el latín residual adherido a la memoria, y las ideas generales que nos han proporcionado lecturas y documentales televisivos. Es imaginable que este discurso a tres, inconexo, tentativo, trufado de agujeros, sea el lenguaje de las ruinas antes de que se mineralicen por completo y el sotobosque las devore. Pero, si bien las piedras derrumbadas parecen menesterosas, a la postre son la expresión de un triunfo compartido por toda la humanidad, convertida en Sísifo: por quienes construyeron la ciudad ahora extinta, por quienes la han rescatado del olvido y trabajan para darle un sentido, y por quienes, más modestamente, la contemplamos admirados antes de desaparecer del escenario. Ya sabemos que, después de todo, los romanos durarán más que nosotros. En el último tramo de la visita, una arqueóloga tiene la amabilidad de explicarnos el alcance del proyecto, no solo lo que hemos visto, sino lo que no es evidente para la mirada: descripción de las excavaciones, pruebas empíricas de los hallazgos, experiencias de trabajo e hipótesis de investigación histórica, que teje en su relato hasta convertir lo que está contando en un tapiz legendario que envuelve la atención absorta de sus oyentes. La arqueóloga quizás no lo advierte pero la pasión de sus palabras tiene seducidos a los tres paisanos. Nada es más balsámico que una buena historia, aunque sea verdadera. Tendremos ocasión de corroborarlo sin terminar la excursión, apenas una hora más tarde en Sangüesa, mientras nos dirigimos a un restaurante en el que encontramos a un viejo conocido, un fascinante narrador, que nos tiene secuestrados durante toda la sobremesa con la irresistible calidez de un puñado de relatos de sus experiencias de viajero, en La Meca, en Laos, en India, en Suecia… Al final del día, los tres excursionistas nos miramos...