Cruz de borgoña, o cruz aspada o de sanandrés. En el mercadillo de las pulgas que es la mesa de trabajo encuentro este vestigio extraído del chirrión (vertedero, en mi pueblo) del pasado debate de investidura. Trájola a colación Iglesias para emparentar a la casa real con el peeneuve, no se sabe a cuento de qué. El tono en que aludió a este emblema heráldico parecía amistoso y seguramente quería decir, no sin razón, que las únicas instituciones que permanecerían intactas después de ese debate serían la corona y el partido nacionalista vasco, como probablemente así ha sido. El portavoz nacionalista, que seguía el debate plácidamente, recibió la alusión con una sonrisa de quien le resbala la gracieta pero las excentricidades de Iglesias tienen una cualidad volcánica y minutos después todo dios estaba hablando de la cruz de borgoña. La conciencia política de este país huye de las abstracciones y se entretiene en las anécdotas, tanto más si forman parte del tocamiento de narices a alguien, y en esta disciplina olímpica no hay duda de que Iglesias es el campeón de la liga nacional. El peeneuve se sumó al jaleo y acusó al líder podemita de insultar a la memoria de los gudaris. Aquí siempre estamos cerca del día de difuntos, otro rasgo nacional. Sin embargo, no le faltaba razón a Iglesias, a su manera sutil, tortuosa e irritante. La primera bandera nacionalista vasca la diseñó Sabino Arana en este pueblo donde vivo, a raíz de una exitosa sublevación de las fuerzas vivas, llamada La Gamazada, contra el intento del gobierno central de cercenar el régimen fiscal privativo de la provincia y, en efecto, ese primer prototipo de ikurriña era idéntico a la bandera carlista: blanca con la cruz roja de sanandrés en el centro, el mismo emblema que portan en su escudo de armas las dos ramas borbónicas, la que reina y la marginal (si bien en el primer caso ya no es verdad: Felipe VI ha quitado del escudo real la cruz que sí exhibía el escudo  de su padre) La razón de esta aparente coincidencia es obvia: en la matriz originaria del nacionalismo vasco está el carlismo. Luego, la ikurriña fue reelaborada hasta su formato actual pero conserva la cruz aspada. Sobre el significado de la ikurriña hay opiniones para todos los gustos; una de ellas, la más convincente, a mi juicio, es que los nacionalistas vascos quisieron hacer un homenaje a la union jack, porque a fuer de no ser españoles querían ser ingleses, pero eso fue antes de que el Reino Unido no hiciera nada por salvar Bilbao durante la guerra civil y mucho antes de que los vástagos de aquel nacionalismo originario se sintieran en realidad irlandeses. Fun with flags. La cuestión es, sin embargo, otra y alude a la incógnita de si el tocamiento de narices es la fórmula idónea para hacer aliados políticos y acumular fuerzas para la propia causa. El partido de Iglesias apoya en esta provincia desde la que escribo a un gobierno del peeneuve, republicano, nacionalista y minoritario, en un contexto en el que la totalidad de las fuerzas políticas provinciales están ya muy lejos, cada una por sus propias razones, de lo que significó la cruz de borgoña, que hasta hace cuatro días  podía encontrarse en la salita de estar de no pocos domicilios junto al sagrado corazón, y aún puede verse en las cruces de los requetés caídos en la guerra civil y enterrados en el cementerio de la capital, ninguno de los cuales luchó ni por el peeneuve ni por la actual dinastía reinante. ¿Era necesario remover tanta tierra para hacer un chiste? Los dirigentes podemitas pertenecen a la academia, un ámbito lindante con la industria del espectáculo -los cómicos de Monty Python eran scholars de Oxford y Cambridge- en la que Iglesias incursiona con éxito. En algún momento tendrá que decidir si quiere ser John Cleese, Angela Davis o Winston Churchill, una decisión que concierne también a cinco millones de votantes.