Hay una guerra de clases, de acuerdo, pero es la mía, la de los ricos, la que está haciendo esa guerra, y vamos ganando. Esta celebérrima cita es del multimillonario especulador financiero Warren Buffet, que tiene motivos para saber de qué habla. Una de las consecuencias de este estado de guerra es la deriva de la izquierda, que va de derrota en derrota y a la que le espera un mal año para recuperar el resuello. El centenario de la revolución rusa va a llenar los suplementos culturales de recordatorios sobre el manantial enfangado que fue el socialismo real del siglo pasado junto a los lamentos por el realismo social en el que estamos enfangados en el siglo actual. Una suerte de parálisis aqueja a las sociedades occidentales y el tartamudeo se ha impuesto en el discurso. En los dos países de referencia del paradigma post socialista –libre mercado y democracia representativa- ya se ha resuelto el crucigrama y ha ocupado el poder la extrema derecha, o como se dice ahora por efecto del mencionado tartamudeo, el populismo. Trump es el paradigma y la británica May una grupie, entre fascinada y renuente. ¿Cómo ha podido ocurrir esto? El proceso podemos verlo ahora mismo en Francia, en tiempo real, como dicen los productores de realidad virtual. Tres candidatos en liza para la presidencia de la república, una de extrema derecha populista, otro de derecha extrema constitucionalista (que es adjetivo que se aplica entre nosotros como una jaculatoria para designar la respetabilidad política) y el tercero de izquierda. Hasta hace unos días, las casas de apuestas mantenían el siguiente pronóstico ante el inminente encuentro en las urnas: en primera vuelta queda descabalgado el candidato de izquierda y, en la segunda y definitiva, el voto se agrupa en el de derecha constitucionalista y derrota a la derecha populista y todos exhalamos un suspiro de alivio. Pero resulta que el derechista bueno ha sido sorprendido con los dedos en el tarro de la mermelada en un caso de nepotismo de manual a favor de su esposa y mientras se escriben estas líneas la poli registra el edificio de la asamblea nacional ¡dios mío, la sede de la soberanía de Francia! en busca de pruebas contra el presunto mangante. Fillon, como Clinton, ambos demócratas impecables, representan el corrompido e ineficiente estado de cosas que está haciendo tambalear el sistema electoral y son el objetivo a batir por el malestar de la gente. Entretanto, el magma antaño llamado progresista está preso en un bucle diabólico. Si se escora a la izquierda se aleja del gobierno y si se acerca al gobierno se aleja de los votantes de izquierda. Es lo que se ha jugado en las primarias de los socialistas franceses entre Valls y Hamon. Este último, un espécimen político análogo al inglés Corbyn y al norteamericano Sanders, que le han precedido en el desairado papel de morder el polvo en las elecciones. La situación es, pues, la siguiente: el buen pueblo está hasta la coronilla de las políticas de los gobiernos de derechas pero no quiere votar a la izquierda porque no se fía de ella y ¿qué hace?: vota a la extrema derecha.  Entretanto, en este país, las cosas no van de otro modo. Aquí toda la derecha –la extrema, la más extrema y la mediopensionista- está compactada en una sigla a la cual la izquierda entregó el gobierno ante el horror vacui de representar una alternativa. Para hacer más visible su dimisión, la izquierda se hizo el harakiri en público, y así estamos, con el pesoe convertido en un corral de patos decapitados y los podemitas entregados a un navajeo ininteligible del que no se sabe si no saldrán desangrados, y tampoco parece importar gran cosa.