Lo que distingue a una musulmana típica de una cristiana laicizada es que la primera es creyente y la segunda, escéptica. La primera necesita confesar su fe y la segunda carece de este apremio. Utilizo el término confesar en el sentido original de quien declara su creencia religiosa en público y hace de esta confesión una seña prioritaria de su identidad, de su condición y de sus actos. En los países europeos occidentales, ni siquiera el personal consagrado, clérigos y monjas, siente la necesidad de pregonar su fe y, en consecuencia, han decaído sotanas y hábitos, el último signo indumentario de la religión cristiana. No siempre fue así, el imaginario cristiano, es decir, la cultura vigente en esta parte del planeta hasta hoy mismo, está fundado por una legión de creyentes que fueron confesores y mártires, y en nombre de los cuales el cristianismo pudo conquistar un poder omnímodo en su área de implantación. La confesión y el martirio, términos que por aquí hemos relegado al desván de la memoria, son de plena vigencia en el mundo islámico. El tribunal europeo ha dado la razón a una empresa que prohíbe a una empleada el uso del velo en horario laboral y lo ha hecho en nombre de la neutralidad religiosa en el espacio público, que es un principio básico de nuestras sociedades (si bien el campanero de San Miguel al otro lado de la calle no parece haberse enterado). La sentencia del tribunal parece impecable en sus propios términos pero hay algo inquietante en ella porque de lo contrario no hubiera sido noticia de alcance en todos los medios esta tarde. Los romanos del imperio tardío eran bastante parecidos a nosotros: cosmopolitas, eclécticos, pragmáticos, hedonistas, y tenían sobre sus cabezas la gigantesca sombrilla de un pasado autocomplaciente de dominación y hegemonía, hasta que se vieron confrontadas a la pujanza de una religión mesiánica, con el resultado sabido. En su última obra, Ernest Gellner sostiene que el islam se presenta como la única alternativa a los nacionalismos que constituyen la organización política dominante, y la razón de esta posición en el tablero sería que esta religión se resiste a mundanizarse, es decir, a someterse a la norma de los mercados y de los estados constituidos. Este rasgo caracteriza a la comunidad de creyentes por un ensimismamiento que explicaría por qué los países árabes no han ido al paso del desarrollo social de la época a pesar de las riquezas minerales que poseen y de las que depende el resto del mundo; por qué no han construido sociedades cohesionadas, con clases medias fuertes, y por qué, contra toda expectativa, fracasaron las primaveras árabes. Según esta lógica, solo una chica musulmana acudiría a...
El palco de los clérigos
Apuntes romanos ‘low cost’, y III No se ven curas por la calle, observa una voz. Ni en las iglesias tampoco, corrobora otra. Acaban de entrar en Santa María della Vittoria, a espaldas de la Piazza della Repubblica, y están en una exquisita bombonera barroca de la que Stendhal juzga que está decorada como un ‘boudoir’. No se le puede negar perspicacia al clásico porque la golosina más apreciada de este recinto apoya su opinión. El Éxtasis de Santa Teresa, de Gian Lorenzo Bernini ocupa la primera capilla a la izquierda junto al crucero. Éxtasis es un piadoso sinónimo del impronunciable (y olvidable) título eclesiástico del conjunto escultórico, que es la transverberación de santa teresa, palabro que en castellano solo se utiliza para designar a esta escultura y que a su vez es sinónimo, según el diccionario rae, y ya llegamos al quid nominal del asunto, de transfixión o acto de herir atravesando al otro de parte a parte. El vulgo, tiznado de machismo, ha destilado un término más acorde con la plasticidad de la obra de Bernini: el orgasmo de santa teresa. Pues bien, ahí está ante nuestros ojos mortales, la monja española recostada en un aéreo revuelo de ropajes y la expresión del rostro entre entregada y feliz a los pies de un ángel que exhibe la sonrisa inocente y satisfecha de un ragazzo di vita que acaba de hacerse con una presa de campanillas y se dispone a atravesarla con su flecha. El grupo escultórico está enmarcado en una gloria o haz de rayos dorados, y elevado sobre la mirada del visitante, lo que hace imposible una observación en detalle de la obra, circunstancia que irrita al curioso hasta que este advierte cuál es la perspectiva correcta para la que ha sido diseñada la capilla. Es un teatro en el que santa teresa y su deliquio ocupan el escenario. En el barroco, el teatro era la metáfora omnisciente de la realidad y del mundo. Detrás de la sobrecargada apariencia de las cosas no había más que un vacío que revestía dos formas: el cielo o el infierno, y más frecuentemente este segundo. Pero el teatro necesita espectadores y los constructores de la capilla armaron en los muros que la flanquean sendos altorrelieves que reproducen palcos ocupados por clérigos y frailes que asisten al éxtasis de la monja y lo comentan complacidos y animados. De repente, el descubrimiento de los curas mirones resulta infinitamente más interesante que la escultura principal. Ahí están esos tipos, eternamente congelados en el acto de violar la intimidad de una mujer (¿hay algo más íntimo que el encuentro con un ángel?), satisfechos en su papel de vigilantes, no tanto de la moral...
La Cina è vicina
Apuntes romanos ‘low cost’ II La cabeza del jubilado devenido turista es un sonajero en cuyo interior se agitan mientras camina las semillas secas de los recuerdos. Marcello, vieni qui, oye desde el fondo de la memoria mientras avanza expectante por la Via del Lavatore hacia la Fontana de Trevi. Pero, ay, la fuente está ahora opacada por la reunión de dos o tres centenares de estrepitosos congéneres alrededor del estanque, que convierten la prometida emoción y el pasmo en una experiencia pastosa. El conjunto escultórico sobre la cascada de agua ha dejado de ser un reclamo de la sensualidad para convertirse en una fortaleza asediada y el cuadro entero convertido en una batalla de colosos contra narcisos liliputienses. Los primeros perseveran en su posición, como esos soldados impasibles que montan guardia de respeto en las sedes de gobierno, y los segundos disparan contra ellos sus móviles con la determinación de quien empuña una honda o una ballesta. El viejo, cámara en mano, se suma encantado al ejército de asediadores, poseído de la jubilosa furia de quien participa en un linchamiento. La batalla intenta dirimir quién es el dueño de la historia; si lo son esas deidades de roca travertino, que no envejecen jamás, o las infinitas reproducciones y réplicas virtuales en todos los soportes imaginables que los transitivos humanos les están arrancando, como quien les arranca la piel a tiras, para apropiarse del don de la inmortalidad. Cuando el jubilado se ha agotado de disparar su arma, se sienta en un hueco de la grada que rodea la fuente para atender al fragor de la batalla. ¿Entenderán algo de esto?, se pregunta una voz señalando con el filo de la quijada a un grupo de turistas orientales que, a su a juicio, no han de comprender la cultura, con mayúsculas, en la que estamos sumergidos en este momento. Y tú, ¿entiendes algo?, le responde otra voz. La Cina è vicina. La sonaja de la inútil memoria del viejo tintinea de nuevo. Ni en sus más recónditos sueños pudieron Marco Bellocchio y los espectadores de su película de los años sesenta imaginar el significado último del título de aquel sainete costumbrista. Por asombroso y estúpido que parezca hubo en aquella época en Europa occidental una generación que creyó que la llamada revolución cultural china les liberaría de las constricciones del patriarcado familiar, el trabajo alienado, la corrupción política, las ordenanzas de la iglesia, y, en general, de toda opresión. La joven china que se autorretrata ante las estatuas de la fontana está enamorada de sí misma y no quiere saber que sus abuelos estuvieron berreando consignas y blandiendo el libro rojo en el puño cerrado, y la involuntaria autoridad...
Laocoonte y sus hijos devorados por los turistas
Apuntes romanos ‘low cost’ I Avanza la mañana, soleada, tibia, sobre la plaza de San Pedro y, como en la obertura de una ópera, los turistas avanzan a su compás desde todas las calles que dan acceso al recinto. Es una marabunta mansa, pasiva, pero impulsada por una determinación irresistible, que no puede definirse ni como devoción, ni curiosidad, ni arrobo estético, ni sentido de la aventura, sino como un estado en sí. Poco a poco, la plaza es un impenetrable mar de cabezas del que emergen aquí y allá, como boyas de navegación, los banderines de los guías que pastorean diferentes grupos lingüísticos. En el seno de estos grupos, que constituyen la unidad básica de una masa innumerable, los individuos no prestan atención al colosalismo de la arquitectura, que, como apuntó Stendhal, está erigido menos para el culto divino que para la soberbia de los papas, ni tampoco a las volanderas peroratas del guía, encargado aquí de una tarea más administrativa que comunicacional. Bajo un sol que empieza a ser inclemente, la guía evoca, por este orden, las columnatas de Bernini, los guardias suizos (figuras grotescas, según Stendhal) y, por último, al papa argentino. Señala el balcón desde el que se asoma y recorre con el dedo índice el itinerario que sigue en sus paseos rituales por la plaza a la vez que glosa su sencillez, y, en efecto, no cuesta mucho imaginarlo como un simpático emoticono sonriente correteando por este escenario de videojuego interactivo. ¿En qué piensan los turistas entretanto? Piensan en sí mismos, como los soldados en un desfile o los extras en el rodaje de una película. Los invasores del Vaticano conforman el inverso simétrico del soviet que protagonizó la toma del Palacio de Invierno, otro suceso espectacular de cuyo fracaso se cumple este año un siglo. Como aquellos obreros, soldados y campesinos, los turistas, entre los que hay muchos rusos y chinos, se saben protagonistas de la historia y se han adueñado de un espacio icónico para celebrar su acceso masivo a la clase media del capitalismo globalizado, mientras que los españoles y otros europeos occidentales están ahí en lo que quizás sea su última hazaña antes de ser expulsados de la misma clase media a golpe de recortes. El arma común a todos ellos es el móvil, y la autofoto, el documento que atestigua su presencia en la historia. Todo lo que les rodea es consabido, inerte, eterno, para decirlo con un tópico, menos ellos mismos, que constituyen la auténtica novedad histórica. Ahora están, si no encima, al menos al nivel de los emperadores romanos y de los papas, de Miguel Ángel y de Rafael, y los selfies, que chisporrotean sin pausa, lo...
Agenda feminista
Manifestación del día de la mujer, el pasado miércoles. Aquí asistimos miles de personas de todas las edades, me atrevería a decir que una buena parte mayores de cincuenta. A las veteranas (y veteranos) de estas movidas les sorprendió gratamente el número de asistentes, inesperado a tenor de la experiencia de convocatorias anteriores. Había abundancia de razones y de público para sumarse a la convocatoria, un maletar palpable y no solo entre las mujeres, y hubo una cobertura mediática previa que no se había registrado en años anteriores. Esta afluencia de público hizo más evidentes las carencias de la iniciativa. No hubo pancartas, ni discursos, ni consignas y, aparte de la proclama de unas pocas generalidades, que no por ser ciertas son menos consabidas, al principio y al final del acto, las organizadoras no se tomaron la molestia de abundar en los argumentos políticos del encuentro, como si fuera obvio que pudiera reunirse tan numerosa muestra sociológica a las ocho de la tarde de un día entre semana. La marcha discurrió largamente por las calles del centro en silencio, crecientemente distraída y fue deshilachándose poco a poco hasta el final. Entre la conmemoración y la reivindicación, el encuentro tuvo más de lo primero que de lo segundo. Hay un par de causas, me parece, para que la cosa fuera como fue. La primera causa es la falta de objetivo de la convocatoria. El feminismo representa, nominalmente, a la mitad de la población, pero esta extensa representatividad conspira contra la eficacia de los objetivos. El feminismo debe tener en cuenta intereses y situaciones muy distintas en las mujeres y a la vez debe esforzarse por formular un programa político inteligible y asumible por la mayoría, no solo de las mujeres, también de los hombres. El término universalmente acuñado de igualdad de género es un anhelo impepinable pero en sí mismo vacío de contenido. La segunda causa, relacionada con la anterior, es la falta de compromiso de los partidos políticos, del color que sean. Para muestra, dos botones. Uno, la sombría declaración del presidente del gobierno para el que la desigualdad de género no es cuestión de leyes, una idea escueta que presume que no hay nada que hacer al respecto y que compendia impecablemente el pensamiento conservador sobre este asunto. La segunda muestra no es contradictoria con la primera. El mismo miércoles, el grupo de mujeres que llevaba a cabo una huelga de hambre en demanda de un pacto de estado contra la violencia machista la dieron por terminada al entender que se había cumplido el objetivo. Celebramos que cesara la huelga de hambre, porque es una medida indeseable y punitiva para quienes la practican, pero lo que se había...