Es seguro que ningún interesado podrá ignorar Patria en el futuro si quiere tener una idea cabal de lo que ha ocurrido en este país en este quicio entre dos siglos.
Pintando monas
Mi amigo y excelente periodista Javier Doria ha debido tener esta mañana un subidón de autoestima profesional al ver que la edición en papel del diario de referencia, del que es corresponsal en esta remota provincia subpirenaica, ha destacado su crónica en primera página con una fotografía ¡a cuatro columnas! En un mundo que parece despeñarse en el abismo cada día, los indígenas nos hemos abalanzado sobre la noticia, que, ah, relata la vista oral de un juicio entre un empresario y un dibujante por la propiedad intelectual de ciertos diseños gráficos que ambos se disputan. Los diseños son simpáticos y muy famosos en los mercadillos de parafernalia turística porque han popularizado las fiestas de este pueblo cuando estas han dejado de ser fiestas populares para convertirse en, cómo decirlo, un acontecimiento global, lo que significa que tienen un apreciable valor mercantil. Pero el pleito por los derechos de su utilización no deja de ser en sí mismo un asunto privado entre dos profesionales, socios de una misma empresa. Nada que merezca cuatro columnas en primera página como el hecho más relevante del día. Al menos así deben pensarlo los millones de potenciales lectores del diario que nunca han adquirido una camiseta, una taza o un bolígrafo estampados con los diseños en disputa. La importancia que el diario global ha dado a la noticia ilustra menos sobre la cuestión noticiosa que sobre las anteojeras del propio diario. Uno de los rasgos más conspicuos de este indivisible país es la asimetría de las perspectivas entre la metrópoli y las provincias, estas últimas condenadas a servir material anecdótico y folclórico para recreación de las cultivadas clases de la capital. Entre nosotros hay un notable novelista local que durante muchos años cimentó su fama en la capital como develador de las tortuosas maquinaciones de la negra provincia, de las que él mismo era víctima principal. Pasadas de moda aquellas fiebres, todo quedó reducido a su tamaño natural: el escritor, las maquinaciones y la provincia. Es muy probable que, cuando se dicte sentencia por este pleito de los dibujos, la noticia no pase de media columna en página interior par. Entretanto, aquí seguimos los aborígenes, pintando monas que quizás nos compren los visitantes del mundo...
El hombre nuevo
Lo crean o no los más jóvenes, el anhelo, y la manía, de lo nuevo es más viejo que las momias egipcias. El hombre nuevo, la nueva política. No hay generación que haya pisado el barro de esta bola en la que pasamos nuestros días que no haya deseado emanciparse de la madeja de músculos, nervios y ocurrencias que nos identifica como humanos. El hombre nuevo fue el señuelo de todas las revoluciones del siglo pasado. Fidel Castro envió a Ernesto Guevara al Congo y luego a Bolivia a plantar las simientes planetarias del hombre nuevo, con los resultados sabidos. No es probable que ningún veinteañero cubano, en La Habana o en Miami, se mire ahora al espejo y diga de sí mismo, caramba, soy el hombre nuevo. La nueva política ha sido la sonaja de los podemitas, que ahora están destrozando su juguete ante los ojos asombrados de propios y extraños. Lo único nuevo, transformador, en la experiencia humana es la tecnología y el pensamiento científico que la informa. La moral es la constante de la ecuación. No somos ni mejores ni peores que el hombre de las cavernas, simplemente disponemos de más y mejores artefactos para dominar la naturaleza exterior, no a nosotros mismos. Por lo que creemos saber, la deriva suicida de podemos tiene precisamente su origen en la fricción irresuelta de la moral y la tecnología: la expresión de una idea tomada del ajedrez -el juego más antiguo, sedentario y ensimismado que existe alrededor de un enfrentamiento primario en blanco y negro- formulada a través de la hípermodernidad de las redes sociales. El relato es una novela de espías. Un funcionario descubre en un ordenador cierta información bajo la clave ajedrecística mate pastor, que resume una victoria sobre el tablero en pocos y audaces movimientos. Lo que está detrás de esta jugada de ajedrez, que se difunde a través de un canal encriptado de internet a cierto número de usuarios, es una operación para hacerse con el poder del partido y desbancar o en su caso condicionar al secretario general. Este es informado por el funcionario que ha descubierto la conspiración y destituye de un plumazo al responsable de organización del que presume la traición y, entre sonrisas y palmaditas en la espalda, se abre una guerra de posiciones y trincheras que terminará este fin de semana en una conflagración de la que no se puede prever el grado de destrucción que ocasionará. La buena noticia, la única buena en realidad, es que de las purgas no se derivará derramamiento de sangre. En eso sí hemos progresado algo. Somos mejores en algunas circunstancias y se debe a un tenaz pensamiento antiutópico. Todo es más liviano,...
De palique
Los paliques entre jefes de estado y de gobierno debieran retransmitirse en abierto. Los parpadeos, las pausas, los sutiles cambios en el tono de voz, el movimiento de las manos, aportan una información impagable, que no solo completa lo que dicen las palabras sino que a menudo las desmienten. Podemos imaginar la conversación telefónica de Trump y Rajoy. El primero, asertivo, impaciente, explosivo; el segundo, elusivo, cauto, inerte. El primero quiere ir a alguna parte; el segundo espera a que le lleven las circunstancias. Dos peces de distinta especie y de muy desigual tamaño cara a cara procedentes de orillas opuestas del océano y de ecosistemas incompatibles, en medio de un silencio abisal. Puede que se ignoren, puede que el grande se coma al chico, pero cuesta creer que haya saltado alguna chispa de empatía recíproca. Si hemos de fiarnos de lo que dice el comunicado del gobierno español, Rajoy ha repetido la lánguida nana con la que intenta adormecer a la ciudadanía doméstica: un gobierno estable, una economía boyante, la voluntad de robustecer la integración europea… y con este bagaje se ha ofrecido a Trump para mediar por sus intereses en un área planetaria que va desde el lago Titicaca hasta el monte Ararat de oeste a este y, de norte a sur, desde el círculo polar ártico hasta las arenas del Sáhara. Tal vez Trump ha tomado nota pero como a continuación no le ha dedicado un tuit es posible también que ni siquiera le haya oído. Como, por lo visto, los líderes mundiales dicen a sus homólogos lo mismo que a sus parroquias, Trump habrá recordado a Rajoy la necesidad de que apechugue con un aumento de los gastos de defensa, pero no podemos esperar que este tema de la conversación se recoja en la nota oficial. El incremento del gasto bélico se hará oportunamente, en el mogollón de la otan, si se puede en secreto o al menos con discreción, y como si fuera una iniciativa del gobierno soberano y no una imposición del emperador. De las cuitas de los hermanos mexicanos y el muro oprobioso, ni palabra. Primer tema de América Latina en el que no ha mediado Rajoy. Vendrán más. Y eso parece todo lo que hay que contar sobre el palique. Ni siquiera en larazón ocupa la noticia un lugar destacado. ¿Para qué? Ya tenemos bastante entretenimiento con podemitas y...
Las palabras
“No estoy de acuerdo con lo que dices, pero defenderé con mi vida tu derecho a expresarlo”. La célebre y pomposa sentencia atribuida a Voltaire es más fácil de aplicar en una conversación de casino que en un parlamento democrático, donde la probabilidad de perder la vida en algún sentido no es del todo remota. E incluso entre los contertulios del casino es necesario que las opiniones no se extralimiten fuera de algún consenso básico, por ejemplo, que la opinión defendible no postule la destrucción de la institución que acoge el debate. El demagogo británico Nigel Farage es un eurodiputado que, simplemente, quiere destruir la institución desde cuya tribuna se expresa y lo hace apropiadamente mediante un lenguaje bronco y derogatorio, quizás ofuscado por la fe en el poder demoledor de su propio discurso. Esto plantea al resto de los diputados de la cámara, que son mayoría, el dilema que Voltaire parecía haber resuelto en su famosa sentencia porque, en este caso, la pérdida de la vida significaría entregar al provocador las llaves de la institución que quiere destruir y en la que confía, al menos por ahora, la mayoría de los europeos. ¿Qué hacer, entonces? La eurocámara ha decidido, al parecer, establecer un mecanismo expeditivo de bloqueo del lenguaje insultante, cuyo manejo y arbitrio para operarlo estará a cargo del presidente de la sesión. No parece una buena idea porque, se quiera o no, es una forma de censura, además ineficiente porque el discurso indeseado no se oirá en la cámara pero sí podrá ser captado por dispositivos móviles privados del propio tribuno o de sus correligionarios y difundido por las redes sociales. En realidad, la sentencia de Voltaire es una exageración melodramática. No se conoce ningún caso de alguien que haya dado la vida por el derecho del otro a dar su opinión y menos de insultarle. Tampoco las palabras matan. En Europa habremos de acostumbrarnos a que la aplaciente calma de los parlamentos se ha terminado y que grupos emergentes han llegado a sus escaños con el deliberado propósito de dar la vuelta al régimen reinante y, como primera medida, poner en circulación un lenguaje tan explosivo como sea posible. Hay dos maneras de enfrentarse a este fenómeno histórico. La más eficiente y prometedora, aunque también la más difícil, es que las fuerzas del establecimiento adopten un discurso político digno de ese nombre, capaz de decir la verdad, captar la atención de la ciudadanía, responder a sus demandas y darle esperanza, y arrumbar de una vez la ratonera retahíla vigente de medias verdades y promesas incumplidas que constituye la materia básica de los discursos actuales. La otra manera de enfrentar la cuestión es la que parece...