Un blablabá de periódico dominical nos informa de que el pepé se dispone a conquistar el centro. Las rayas son imprescindibles en los juegos de competición. Definen el campo de los contrincantes y las reglas por la que se rige el encuentro. Hay rayas de pasa y falta, de penalización, de fuera de juego, de lanzamiento de la pelota, etcétera, y todas ellas se articulan en una lógica que da sentido al juego. Esta necesidad de las rayas se ha extendido a actividades no lúdicas y algunas de consecuencias mortales, como las rayas que marcan los carriles de la  carretera o las que definen la posición de los ejércitos en el campo de batalla. El famoso manual de guerra de Sun Tzu puede leerse en esa clave de un espacio bidimensional surcado de rayas.  Es inevitable, pues, que el juego se haya trasladado a la política. Los intentos teóricos de trascender la simpleza del eje derecha/izquierda han fracasado, como bien han experimentado aquí los partidos emergentes, cuya aspiración a la transversalidad no oculta más que su propia desorientación de principiantes. Ni el momento populista de Errejón ni el mantra de ni rojos ni azules de Rivera consiguen convencer al personal de que el primero no está a la izquierda y el segundo no está a la derecha. Lo crean ellos o no, esta certeza produce una enorme tranquilidad al electorado porque despoja a su voto de incertidumbre. Definido, pues, el eje de la competición, se trata de saber cómo se gana la partida. Hay una convicción generalizada de que ganar en política significa conquistar el centro, que no es solo el hipotético punto medio entre dos extremos sino una entidad sociológica constituida por personas y grupos inertes a fuer de moderados y pasivos; una especie de colina feliz en la que, según los expertos, acampa algo más del veinte por ciento de la población. Esta convención centrista no se ajusta a la realidad, claro, porque no hay individuo ni grupo organizado que no sea extremista en algo, pero constituye un desiderátum porque ciertamente ninguna sociedad puede ser estable y próspera sin centrarse, del mismo modo que un boxeador no puede mantenerse el pie sobre la lona si no consigue que el conjunto de fuerzas contradictorias que gravitan sobre su cuerpo se neutralicen entre sí y el predominio de una sobre otra no le haga perder el equilibrio. Pero el centro de gravedad no se corresponde con el centro geométrico ni el centro de la masa, como creen los políticos. El pesoe nos ha dejado todo el centro para nosotros, ha proclamado don Casado, un portavoz popular en el que la arrogancia es más manifiesta que la inteligencia, como si don Sánchez y su izquierdismo por ahora meramente enunciativo hubiera abandonado una cota estratégica y en ella un ingente botín de electores desamparados. La regleta de medición que avala este cálculo, de 1 a 10, sitúa al pesoe en el 4,95 (centroizquieda) y al pepé en el 8,22 (extrema derecha), de modo que el partido de don Rajoy va a tener que hacer una buena carrera hacia su izquierda para ocupar el centro: empleo, becas, medidas contra la pobreza energética, mejora de las condiciones de los autónomos, conciliación laboral, la intemerata, y quizás también dejarse coleta. No es fácil ver a don Rajoy corriendo tanto y tan rápido, y además la carrera antes de la batalla tiene una contraindicación, como advierte Sun Tzu: Cuando la ruta es larga las tropas se cansan; si han gastado su fuerza en el desplazamiento, llegan agotadas mientras que sus adversarios están frescos; así pues, es seguro que serán atacadas y derrotadas.