La pregunta es cómo se puede terminar adeudando trescientos sesenta y tantos millones de euros al fisco, que es la cifra del moroso que encabeza la lista hecha pública por el gobierno, en un país en el que mil euros se presentan como un salario prometedor. Qué debe hacer quién desee alcanzar esta cifra de deuda fiscal y qué no debe hacer el fisco para que lo consiga. Cuánto afán ha de acumular el deudor en su empeño y cuánta desidia la administración para que esto ocurra. La crisis que nos habita ha puesto al descubierto que el fraude fiscal no es un accidente, ni una circunstancia pasajera, ni siquiera un delito, sino un estado político perfectamente normalizado en el que opera un nutrido a la vez que selecto grupo de ricos riquísimos, gozosamente impunes. Porque, vamos a ver, aceptado que el moroso nunca pagará su descomunal deuda, qué se puede hacer para que repare el daño que ha ocasionado a la sociedad, qué punición merece: ¿arrancarle la piel a tiras?, ¿vender a su familia en el mercado de esclavos de Zanzíbar?, ¿condenar al destierro en una isla desierta a todo su linaje? Hay tal desmesura en la actividad predadora de estos personajes que cuesta creer que sean nuestros semejantes; desde luego, no son ciudadanos con los demás, pero podríamos preguntarnos si pertenecen a nuestra misma especie. La idea de que habitamos en el mismo ecosistema que ellos, que nos rigen las mismas leyes y que tenemos la misma apariencia física da escalofríos. ¿En qué soy igual a Mario Conde por mucho que nuestra bienamada constitución del setenta y ocho así lo diga? ¿Por qué ellos pasean por la plaza pública con una sonrisa enjaretada entre las orejas y yo he de trotar raudo hacia la oficina correspondiente para pagar una simple multa de tráfico? El común se enfrenta en esta época a un desafío intelectual sin precedentes, no porque antes no hubiera ricos, ladrones y defraudadores que lo esquilmaban como hacen ahora, sino porque esta actividad nunca había estado rodeada de tanta publicidad que, lejos de mover al escándalo, produce un raro efecto narcótico. En los términos del sistema, estos personajes adquieren una respetabilidad añadida. La quiebra de los partidos que han tolerado y fomentado esta situación se explica bien con las palabras apocalípticas: vomitaré a los tibios. La rampante eclosión de populistas, radicales, extremistas, etcétera, con que los sedicentes centristas califican a los partidos emergentes no son más que la expresión del apocalipsis que vivimos, palabra que, por cierto, no significa desastre, como suele creerse,  sino revelación. ¿Qué hacer? Ya se ve que las fórmulas así llamadas moderadas no funcionan o son simplemente rechazadas por el electorado, de modo que una alternativa es elevar a los ricos y defraudadores al gobierno, sacarlos con todos los honores de la penumbra en la que han vivido tradicionalmente y de la que empiezan a emerger y ponerlos al mando de la nave. Es la solución por la que han optado los electores de la metrópoli imperial. Don Trump ya ha anunciado que solo quiere ricos en su gobierno, cuyo patrimonio conjunto suma una riqueza superior al peibé  de muchos de los países del planeta, algunos de la unión europea. La otra alternativa es, por ahora, muy improbable.