Cuando en diciembre de 2016 se conoció el abyecto final del periodista Alfons Quintà, el suceso provocó una conmoción de la que quedó constancia en esta bitácora, no porque el escribidor conociera al sujeto ni porque las circunstancias de su deceso fuera distintas a las que se dan en el infame rosario de asesinatos machistas seguidos del suicidio del perpetrador sino porque Quintà había sido una de las notorias firmas a través de las cuales aprendimos, en las páginas de El País de los años ochenta, el funcionamiento del nuevo régimen democrático y de sus cuitas en Cataluña. Quienes habían tratado al personaje, sin embargo, ya sabían de su catadura y los obituarios recordaron a un sociópata, abusador y cruel, cuyo trabajo periodístico estuvo guiado por la sed de venganza y de poder. Ahora, la vida y andanzas de Quintà han servido al ensayista Jordi Amat para trazar un relato de la Cataluña pujoliana, en la línea de otros libros de no ficción que toman a un personaje real característico para ampliar el foco sobre una época.
El título del libro, El hijo del chófer, alude a la circunstancia que sirvió al joven Alfons para entrar en los círculos de la intelligentzia catalana siendo aún un crío. Su padre era el chófer, recadero y confidente de Josep Pla en los brumosos años cincuenta. Aquel chico acompañaba a menudo a su progenitor en reuniones donde se cocía el catalanismo del futuro, a las que asistía gente que parecía que fueran a cambiar el mundo. Josep Quintà, viajante de comercio, era un maltratador en casa y una especie de conseguidor fuera de ella, y su hijo comprendió pronto que necesitaba huir de la férula paterna para vivir en el mundo de tejemanejes del poder que evocaban las tertulias en casa de Pla, para lo que no dudó en chantajear al eximio escritor amenazándole en una carta con contar a la policía lo que se decía en su casa si no conseguía que su padre le firmara las autorizaciones pertinentes para obtener el pasaporte y el carné de conducir, es decir, los certificados de emancipación paterna. Así empezó su carrera un periodista al que siempre se le reconoció un conocimiento muy preciso de lo que contaba debido a su cercanía a las fuentes, a las que no dudaba en acosar y si fuera preciso chantajear en caso de que no se plegaran de grado a sus demandas.
Nada de lo ocurrido en Cataluña en las últimas cuatro décadas puede entenderse sin la deriva de Banca Catalana, un instrumento financiero y político al servicio de la ambición de Jordi Pujol. Quintà lo denunció implacablemente en las páginas de El País y cuando dejó este rotativo aceptó la oferta del mismo Pujol para dirigir la televisión pública catalana al servicio del pujolismo. El periodista como condotiero y la pluma como espada al servicio de quien paga. Este condicionamiento, común a toda la profesión, lo convirtió Quintà en un arma ofensiva, empuñada con urgencia, voracidad y resentimiento y guiada por la voluntad de ser él el verdugo y no la víctima. La crónica de El hijo del chófer está contada con un estilo a menudo premioso por mor de su veracidad y exactitud, lo que encalla la lectura. El lienzo -la historia reciente de Cataluña- es quizá demasiado vasto y la lanzadera para tejerlo -la peripecia de Alfons Quintà- demasiado corta pero bajo el empedrado de los hechos el lector advierte un caos casi shakespeareano que rebaja la extrañeza por lo que ocurre ahora mismo en Cataluña y en el resto del país.