Todas las voces muertas que murmuran (…)
Hacen un ruido como de plumas.
De hojas.
De cenizas.
De hojas.
(Esperando a Godot. Samuel Beckett)
Sábado 25, mediodía. Concierto de rock bajo un sol bravo para instar a la demolición del edificio que se levanta a la espalda de los músicos y les da sombra. El mamotreto, como lo llaman los organizadores del acto, no sin ingenio y razón, es un templo votivo de fábrica clasicista levantado en honor de los vencedores de la guerra civil durante la dictadura. Han pasado noventa años desde los hechos que conmemora y ochenta y cuatro desde que se erigió, y ahora es una cáscara vacía. La diócesis se desentendió del edificio como lugar de culto décadas atrás y los restos de los prebostes golpistas enterrados en su cripta fueron exhumados más tarde.
El concierto no oculta la erosión del tiempo sobre la memoria. Está a cargo de un veterano y muy querido rockero, que ha puesto su experiencia en el oficio al servicio de unas letras que son un oratorio por el sufrimiento de las víctimas: tres mil quinientos asesinados según la estimación consolidada, casi el uno por ciento de la población de la época, más un sinnúmero de represaliados civiles y penales, a los que la erección del edificio condenó al olvido. Sin embargo, solo unas doscientas personas asisten al concierto, gente de edad en su mayoría, que aplaude cada pieza. La plaza donde se celebra el acto llevó en origen y durante décadas el nombre de un cacique carlista, aristócrata y terrateniente, ministro de justicia de la dictadura en una época en que la justicia era solo venganza y barbarie, pero ahora está bautizada como plaza de la Libertad, un término incoloro, vagamente acomodaticio, que no consigue ocultar el sentido que le quiso dar el arquitecto urbanista que la diseñó y que para nada era un homenaje a la libertad.
Los Caídos, como se conoce a este edificio, es por volumen de obra el segundo más grande del país en su género, después de Cuelgamuros. Pero respecto a este, tiene la particularidad de que no está en la sierra sino que forma parte de la trama urbana de la ciudad, a la que sirve de cierre en la parte sur, en una posición simétrica a las murallas tardomedievales de la parte norte. El mensaje histórico es deliberado e inequívoco. En el primer tercio del siglo pasado – en las mismas fechas en que se instauró la república democrática- la ciudad abrió la plaza llamada del Castillo, que aboca al casco antiguo, para proyectar un ensanche articulado por el eje de una avenida central dedicada a un rey que la tradición considera sabio y que nace en esa misma plaza donde los burgos medievales pactaron la paz constitutiva de la ciudad; esa avenida, signo de modernidad y apertura, se cierra abrupta e inapelablemente con el templo dedicado a los héroes del golpe militar, cuya descomunal y aplastante cúpula resulta ineludible desde cualquier perspectiva del paisaje urbano. Es imposible obviar la sobrecarga de significado del edificio, aunque la larga convivencia con el vecindario ha hecho que parezca invisible, si no se piensa en ello. Hay que tener en cuenta, que un buen número de la población de la época se levantó en armas (casi veinte mil voluntarios) contra la república democrática, lo que convierte el monumento menos en una imposición que en un aderezo. Noventa años son muchos años para que el significado de un símbolo permanezca intacto en la conciencia de las generaciones, y las opiniones ciudadanas sobre su futuro resultan variadas y equívocas, si se supera la indiferencia dominante.
La demolición es una solución extrema e improbable, incluso por razones prácticas. En el otro extremo del arco de opiniones, un selecto grupo de ciudadanos de vitola conservadora, ensalzan el valor arquitectónico del edificio y postulan su permanencia intocada para que sirva, sugieren, como museo de la ciudad. Ambas soluciones tienen en común negar el valor de la historia. Si se demuele, la mitad de la historia habrá sido opacada y la memoria pública del pasado quedará solo en los lugares fragmentarios y dispersos, y también frágiles, que recuerdan a las víctimas. Es una solución injusta con la verdad histórica y a la postre con la verdad a secas. A sentido contrario, si el conjunto arquitectónico se conserva sin intervención alguna, se niega su origen, y si además se dedica a museo de la ciudad, se entroniza la historia de esta en un monumento levantado contra la democracia, el civismo y la vida porque no olvidemos que es un monumento funerario, una especie de zona vip del cementerio que era el país cuando se erigió.
El gobierno de la ciudad ya ha manifestado que no derruirá el edificio, en contra de su promesa electoral, pero tampoco puede conservarlo en sus términos originarios, así que ha puesto en marcha un procedimiento de resignificación para el que se ha abierto un concurso de proyectos arquitectónicos que se conocerán, previsiblemente, en las próximas semanas. Es el segundo concurso que se convoca con el mismo objetivo, este con algunas especificaciones arquitectónicas que acotan la creatividad de los concursantes, lo que denota la cautela con que se adopta el proyecto y, para decirlo todo, el temor supersticioso que aún despierta el edificio.
Llegados a este punto del relato, vale la pena una pequeña digresión, que ilustra sobre los vericuetos por los que discurre la historia. La vara de mando de la ciudad la tiene un alcalde perteneciente a Bildu, un partido de izquierda nacionalista que puede considerarse el último destilado del carlismo congénito de esta parte del país, cuya sublevación contra la república y las bajas sufridas en el frente (unos cuatro mil setecientos) justificaron la erección del monumento. De hecho, el autor del edificio –un arquitecto superdotado cuyas obras identifican la ciudad moderna– fue, pistola al cinto, miembro de la junta carlista de guerra y sin duda corresponsable de las víctimas cuyos descendientes piden la demolición del edificio. El carlismo en su versión popular se apartó de la dictadura a la que vez que se descomponía políticamente y su herencia ideológica mutaba hacia un patriotismo localista de izquierda, y así fue como estos carlistas de postrimerías estuvieron entre los que impulsaron las primeras iniciativas a favor de la memoria histórica con la exhumación y los homenajes a los asesinados en diversas localidades de la provincia. Llegados al poder municipal, han topado con el mamotreto y han echado el freno -o modulado, si se prefiere- la promesa electoral de derruirlo, lo que les ha valido el reproche de los memorialistas.
Martes, 28, a las 19.00 horas. Charla-coloquio sobre la memoria histórica en la placidez de un auditorio, organizada la Biblioteca y el Ateneo de la provincia. El lema es Acuerdos y desacuerdos sobre el pasado y su representación pública. Rupturas y nuevos consensos. El ponente, Daniel Rico Camps, es profesor de historia del arte y especialista en patrimonio cultural, autor de un ensayo sobre la interpretación y uso de los vestigios monumentales del pasado con el desafiante título de ¿Quién teme a Francisco Franco? Al encuentro acude una treintena de personas, más o menos la décima parte de los que asistieron al concierto de rock tres días antes; si las cifras significan algo, podemos entender que la emoción pesa más que la deliberación en este debate revisionista, por lo demás de plena actualidad en todo occidente.
¿Cómo convivir con artefactos que designan una época que se quiere superada? ¿Cómo destruirlos sin destruir y traicionar a la vez una parte de la memoria compartida? ¿Cómo alcanzar consensos a partir de memorias distintas y a menudo enfrentadas? ¿Cómo resignificarlos sin traicionar su sentido? ¿Cómo convertirlos en instrumentos de conocimiento? El ponente contextualiza el momento en que ha eclosionado el debate actual, recuerda que viene desde la Revolución Francesa y recorre diversas soluciones dadas al problema en lugares y tiempos distintos intentado discernir entre las pertinentes y las desacertadas y mostrando en último extremo un laberinto de salida incierta.
Al término de la exposición ocurre algo insólito en esta clase de actos donde la participación de los asistentes se da por sentada. Nadie levanta la mano para pedir la palabra, como si el público hubiera quedado estupefacto ante el panorama presentado. Después de un par de minutos de vacío, se manifiestan algunas opiniones y en último lugar toma el micro una mujer que sencillamente expone que el edificio de los Caídos le duele aunque sabe que se mantendrá porque son mayoría los que quieren que siga en pie. Era imposible no sentirse conmovido por esta opinión, y así terminó el acto.
Entonces, ¿qué hacemos?
Nada. Es más prudente.
Vamos a ver primero qué nos dice.
¿Quién?
Godot.
Claro.
Esperemos primero a saber cómo están las cosas.
(Esperando a Godot. Samuel Beckett)