Asesinar a tu compañera antes de quitarte tú mismo la vida es un acto que tiene varias lecturas y todas llevan a la misma abyección. En primer lugar, quieres dejar dicho que ella era la culpable de tu infortunio; dos, que su vida vale aun menos que la tuya, puesto que la has despachado antes, y, al fin, que la última ratio de tu relación con ella era tu fuerza, tu resolución criminal y tu desprecio por la existencia de ambos. No puedo negar que me conmocionó el siniestro fin de Alfons Quintá en estas circunstancias. Aun sin conocerle de nada, su nombre formaba parte en mi memoria de la nómina de periodistas con cuyo trabajo diario me formé como ciudadano en la remota juventud. No esperas que alguien que te suministra cada día el nutriente intelectual que ha de servirte para entender el mundo sea un santo, pero tampoco esperas que llegue a ser un maldito psicópata. Un tipo de psicopatía, por lo demás, tan frecuente que ya nos hemos acostumbrado a que sea endémica y que produce más de una víctima a la semana, hasta el punto de inducir la certeza de que los hombres pertenecemos a un género especializado en el desprecio, el maltrato y el asesinato de las mujeres. El machismo es un mal antiguo de reciente e incompleto diagnóstico. En el suceso mencionado, recuerdo vivamente el nombre del victimario pero he que hacer un esfuerzo para decirme a mí mismo que, para ser justo, necesito conocer el de la víctima, y he de buscarlo en Google, Victoria Bertrán. Su mujer, su esposa, su pareja, su compañera, son términos genéricos que convierten a las víctimas de feminicidio en sombras despojadas de realidad. El machismo ínsito en el lenguaje las persigue hasta la tumba. Un modo perverso de entender lo que somos que, debidamente edulcorado, ha tenido gran predicamento desde quizás la literatura caballeresca medieval. Stefan Zweig, Arthur Koestler, como en Romeo y Julieta, se suicidaron junto a sus compañeras, de las que nadie recuerda el nombre ni si recibieron voluntariamente la muerte. Sabemos o sospechamos las razones que llevaron a estos eximios personajes a quitarse la vida pero ¿eran también las razones de ellas? La vida y la muerte son intransferibles; vivimos y morimos solos, junto a otros con los que establecemos lazos amorosos, de afecto y de cooperación, que tienen fecha de caducidad, pero solos a la postre, y es una aberración creer que se vive o se muere por y para otro, un error que se puede pagar muy caro. La creciente emancipación de las mujeres viene diluyendo esta carga de dependencia que sin duda arrastraban las compañeras de Zweig y de Koestler y esta circunstancia ha despertado a la bestia. Pistola en mano, espeta a la víctima: si no quieres vivir para mí, morirás por mí. Luego, según el carácter y el temple del verdugo, vuelve el arma hacia sí mismo. O no, que es lo más frecuente.
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