Las perspectivas electorales pintan mal para la izquierda española. La isla progre que el país ha sido durante estos últimos años con su olímpico paladín don Sánchez al frente lleva camino de dejar de serlo. La sociedad ha basculado a la derecha y los datos objetivos sobre el estado de la economía y la exitosa superación de un sinfín de de obstáculos, algunos tan catastróficos como una pandemia inédita, no han aumentado el aprecio por el gobierno. En el circo, la mayoría del público espera que el arrogante domador sea devorado por los leones y el grácil acróbata se estrelle contra el suelo de la pista. La terca voluntad de las clases acomodadas de no renunciar ni a un ápice de su bienestar a través de una incesante demanda de beneficios fiscales y el libertarismo, llamémosle así, que impregna al nuevo precariado, en gran parte inducido por sus condiciones de vida, laborales y sociales,  conforman una rocosa masa de descontento irreductible a las políticas de izquierda, por lo demás extraordinariamente tibias. A lo que debe sumarse el zumbido incesante de las redes sociales cuyo lenguaje insidioso y provocador no maneja la izquierda.   

La derrota de Orban en Hungría, que tanta felicidad ha dispensado a frau von der Leyen, no debería engañarnos sobre el signo de los tiempos. La victoria electoral de Peter Magyar ha sido posible porque ha recibido un copioso voto de izquierda que no encontraba otro modo de sacudirse de encima al tiranuelo, amigo de tiranos (Leon XIV dixit) . Pero Magyar es un nacionalista conservador, antiguo correligionario del derrotado Orban, y si bien presenta un talante liberal, mantendrá la línea política de su antecesor evitando los rasgos más tóxicos y antipáticos de su gestión, sobre todo frente a Bruselas porque no se juega con las cosas de comer, léase fondos europeos. Su programa enfatiza la lucha contra la corrupción, que forma parte de la recuperación de lo que llamamos espíritu europeo, y en sintonía con éste, mantiene la xenofobia que se ha convertido en la ideología oficial del continente, consagrada en una reciente directiva del parlamento europeo que autoriza la deportación de inmigrantes a centros de concentración ubicados en terceros países. El rechazo a la inmigración es propio de sociedades débiles, envejecidas, nostálgicas y desconfiadas, no solo hacia el extranjero sino hacia sí mismas y sus capacidades, pero en esas estamos.

La derrota de Orban ha tenido un doble efecto en la coalición reaccionaria española. Inevitablemente, ha provocado un shock en don Abascal y sus voxianos, la formación ultraderechista más mostrenca de Europa, y consiguientemente ha abierto un respiradero a don Feijoó, que, con inusitada rapidez para lo que es su costumbre, ha asimilado la situación y la ha traducido a sus obsesiones, hay que echar al Orban del sur, sin olvidar la cantinela xenófoba en la que ha aplicado un amplio repertorio argumental, desde el registro moderado, Sánchez ha traicionada al europeísmo con la regulación de inmigrantes, hasta el bocachancla, el gobierno regulariza a inmigrantes que han abusado de una mujer.

Este esfuerzo retórico del conservador clásico que necesita mostrar que puede convertirse en un zafio y brutal fascista indica que la fractura de la derecha, que es básicamente de modales, no está sellada. Los pactos de gobierno en Extremadura, Aragón y Castilla y León están resultando muy laboriosos y no se sabe si el estupor creado en vox por la derrota de Orban va a facilitar el proceso o lo contrario. En Andalucía, don Moreno Bonilla también ha tomado nota de la situación e intenta escapar del cepo voxiano con una campaña sin estridencias a la espera de que la necesidad de orden, que  parece advertirse en las sociedades europeas como rechazo a las insultantes patochadas (blasfemias, en lenguaje canónico) de míster Trump, le otorgue la mayoría absoluta.

Sea como fuere, la izquierda no está en el núcleo de la cuestión. En Andalucía, la comunidad más populosa y extensa del país, el pepé duplica en expectativa de voto (42,8%) al pesoe (21%), pero es en los extremos del arco donde reina una agitación que determinará la composición del futuro gobierno. Vox, tercera fuerza (15%), compite casi en plano de igualdad con la izquierda extrema (14,1%), pero este último porcentaje es el resultado de la agregación artificial de dos sumandos: por andalucía (7,8%), candidatura formada por nada menos que siete partidos, y adelante andalucía (6,3%). Un par de conclusiones se derivan de este paisaje: el retorno del bipartidismo fuertemente desequilibrado a la derecha con la presencia normalizada del neofascismo, que oculta sus rasgos más agrestes, y la impotencia de la izquierda, diríase que ontológica y tanto más acusada cuanto más a la izquierda, para crear una alternativa. Paciencia y a barajar.