En la finca urbana donde vive el viejo han renovado el telefonillo que comunica el portal con los pisos y el nuevo artefacto, además de incorporar un visor para uso del inquilino, que le permite reconocer al que pretende acceder a la vivienda, exhibe un cierto gusto por lo que podríamos llamar retórica básica. Después de pulsar la tecla correspondiente y oír con claridad la señal acústica que produce en el piso, el visitante se ve halagado por una voz que le dice, mensaje en curso, y cuando se abre la puerta, puerta abierta.  La voz es metálica pero no hay duda de que tiene pujos de secretaria eficiente o mayordomo servil aunque en realidad lo que hace el artilugio es presentarse a sí mismo y desafiar al usuario con una manifestación de sus habilidades. Aquí estoy, es el mensaje.

Otro ejemplo. El nuevo reclamo telefónico del servicio de taxis de la ciudad ha incorporado la memoria de las dos últimas llamadas hechas desde el mismo número y saluda al cliente con un decidido, si quiere un servicio desde tal dirección pulse el uno, si desde tal otro pulse el dos, y si el usuario no responde a estas requisitorias, aparece la voz de la secretaria eficiente o el mayordomo servil: hola, soy Puri (o Nelly o como sea), si quiere que le enviemos un taxi diga con claridad desde qué punto, por ejemplo, calle del Prado número tres (sic, la calle del Prado no existe en el callejero de la ciudad) o espere a que le atendamos. Y en efecto, pasado este trámite se oye una voz humana a la que el cliente solicita el taxi. En este caso, la inteligencia artificial (me niego a llamarla IA como si fuera mi prima o mi colega del futbito), no solo dilata el procedimiento para hacerse notar sino que reconoce su inutilidad como instrumento de intermediación, lo que indica que podría establecerse la regla –humana, demasiado humana- de que a mayor dificultad de la tarea mayor probabilidad de fracaso. Una regla que deberíamos tener en cuenta cuando el estado mayor deje a cargo de un artefacto de estos la fijación del objetivo para descargar una bomba atómica, lo que ya se está practicando en modo tentativo en las guerras vigentes.

Este fracaso es de lenguaje, es decir, de capacidad de articular un pensamiento complejo, que es el numen del desarrollo humano y de las sociedades habitables. Se dice que la iaaa (así pronunciada suena como un rebuzno, y no es casualidad que su promoción esté en manos de auténticos bárbaros) va a acabar con un sinnúmero de empleos pero, si puede sustituir al portero de finca o a la coordinadora del servicio de taxi, quiere decir que se puede entrar en la finca dando una patada en la puerta y se puede tomar un taxi a la brava en plena calle apuntando al taxista con una pistola, y no como excepción sino como norma. La puerta está derribada y el intruso dentro, y se oye una vocecita metálica: puerta abierta. Por ahora, el universo de la iaaa que podemos imaginar es una brumosa guerra entre drones y humanos. Los de arriba son aves predadoras en busca de presas y los de abajo, seres despavoridos en busca de refugio.

Claro que nadie dice querer este futuro, y quienes son capaces de imaginarlo y desearlo se cuidan de hacer públicas sus fantasías. La iaaa necesita armarse de recursos persuasivos, tanto para parecer respetable como para distraer la atención de la presa. Retórica es un término en desuso y connotado como arcaico pero es un pilar del humanismo porque relaciona las palabras y los hechos: las vivaces ensoñaciones, deseos y anhelos que anidan en el alma humana y que se formulan mediante sonidos y signos gráficos muy variados para moldear el sentido de los fenómenos de la naturaleza.

La retórica está en la médula del pensamiento filosófico, del conocimiento científico, del discurso político, de la prédica religiosa, de la práctica docente, de la argumentación jurídica y de la conversación de mesa camilla. La iaaa vampiriza estos ámbitos lingüísticos y adapta las reservas obtenidas en el saqueo para satisfacer las demandas del usuario, y si la respuesta no le sirve o no le agrada a este, tiene otras, como postulaba Groucho Marx. El acervo de la iaaa es lo que ha robado a la imaginación y laboriosidad humanas. La cuestión reside en saber quién es el ladrón que está detrás.