El pepé anuncia una iniciativa para que los responsables de referendos ilegales vayan al trullo y el presidente socialista del parlamento riojano propone un referéndum sobre el rey si no se desmarca de la derecha fascista [sic]. Todo el mismo día, simultáneamente, lo que da idea de lo mucho que ha de bajar aún la temperatura en la enfebrecida clase política. Las dos propuestas son simétricas y complementarias: autoritaria la primera, populista la segunda. Hermanas gemelas al fin. Ambas dan noticia de la pasión que los referendos despiertan en esta época. Si se examina la propuesta del pepé, se advierte de inmediato que la primera dificultad reside en fijar la ilegalidad de la consulta ¿por el objetivo?, ¿por la pregunta a cuestión?, ¿por la autoridad que lo convoca?, ¿por el procedimiento?, ¿por los resultados? Hay una buena casuística y tajo de sobra para el sinnúmero de jueces, letrados y tertulianos que hayan de responder a estas preguntas. En cuanto a la propuesta del preboste riojano, es lo que en deporte se llama una pachanga, celebrada en la intimidad de Tuiter.

A la gente de cierta edad nos tiene perplejos esta afición sobrevenida por los referendos, que parece revelar cierto candor sobre el poder popular o, lo que es más seguro, cierto cinismo respecto a la política. Los referendos consisten básicamente en un mecanismo de expresión del apoyo de la ciudadanía al poder de turno absolviéndole de la responsabilidad de sus actos. El resultado puede adoptar tres formas: una, gana el y la ciudadanía sanciona una decisión que ya estaba tomada; dos, gana (improbablemente) el no y se monta un lío morrocotudo que obliga al poder estatuido a hacer juegos malabares para volver al estado de equilibrio que le permita salirse con la suya por otras vías, y tres, gane una u otra respuesta, la ciudadanía cambia de opinión al cabo de un tiempo y entonces ¿qué?

Los referendos son liturgias que no resuelven nada, ni atestiguan tampoco aquello a lo que dicen apelar: la expresión de la voluntad popular. Véase el más famoso de todos ellos en la historia reciente, el del primero de octubre de 2017 en Cataluña. Lo que se votaba era un objetivo materialmente imposible, convocado por una élite política que sabía que era imposible y realizado a través de un procedimiento técnicamente irregular que además lo hacía ilegítimo. Ni siquiera la brutalidad de las cargas policiales, que confirieron cierta aura martirial a la jornada, redime este fracaso político, como se ha visto después. Si de algo sirvió aquel referéndum fue para ilustrarnos vívidamente sobre la simbiosis entre el populismo de unos y el autoritarismo de otros. La gente de edad no necesitábamos saberlo porque ya hicimos esta reválida en la dictadura, en la que los referendos eran las únicas ocasiones en que el buen pueblo era llamado a las urnas, con resultados deslumbrantes. Si la clase política cree que estas ceremonias plebiscitarias van a sellar la grieta de confianza que la separa de la sociedad, más vale que vayan buscando otras fórmulas, empezando por rebajar la hiperventilación de la que hacen gala.