Primera hora de la mañana. El candidato don Sánchez expone su programa de gobierno rodeado por un piélago de rostros inexpresivos y hastiados; los más conspicuos, y son muchos, absortos en los mensajes que reciben y envían a través de sus dispositivos móviles. Los diputados hacen en su lugar de trabajo lo que prohíben hacer a los estudiantes en clase y a los adultos en el taller o en la oficina. ¿Qué esperan encontrar los diputados en las titilaciones de esa prolongación externa de la conciencia que es el móvil? Las tecnologías de la comunicación son la lanzadera de la economía global, que ha pulverizado el marco del estado-nación, así que es lógico de el chisporroteante flujo de las redes sociales opere como una tuneladora en los cimientos del viejo parlamentarismo.

Ya no hay oradores resueltos a persuadir al público ni público que quiera escucharlos. En el reino de Tuiter, la política –esa noción a la que tanto se apela- no es más que una sucesión de gestos, golpes de ingenio, salidas de tono, chistecillos, amenazas y exabruptos. El lenguaje público se ha vuelto espasmódico y los hechos se han independizado de las palabras que los nombran. La connotación que distingue una mentira de una fake new –ese anglicismo que vale para un roto y para un descosido- es que la primera se producía en una situación de acuerdo comúnmente aceptado sobre lo que es la verdad y este acuerdo ha sido dinamitado, por lo que las falsedades (fakes) son apreciadas por su novedad y exotismo, no por la mentira que representan.

En el jardín de las delicias que es la sesión de investidura han estado presentes todos los elementos disruptivos que caracterizan a este tiempo: las terminales móviles de la comunicación global y el lenguaje agresivo y espasmódico que las nutre, quizá con una novedad reseñable: la amenaza del líder de la derecha, don Casado, de denunciar por prevaricación al candidato si no actúa contra don Torra, inhabilitado por la junta electoral central. Esta deriva continental que empuja la política al terreno de los tribunales no es nueva y, como sabemos, ha tenido gran predicamento desde unos meses atrás, pero acaso es la primera vez que se utiliza como argumento, es un decir, en sede parlamentaria, y menos en un debate de investidura. Hay dos razones para esta, digamos, tendencia. La primera, la más obvia, es que la derecha ha descubierto en la judicatura el último baluarte de defensa de sus tesis, descartada por ahora la solución militar. La segunda razón podría residir en que los jueces conservan un prestigio antiguo de quien no está enredando con el móvil mientras trabaja; al menos hasta ahora no se ha visto a ningún juez con ese chisme entre manos mientras asiste a una vista oral y las sentencias judiciales conservan aún el lenguaje pastoso y alambicado de retórica antigua que ha desaparecido del parlamento y de la discusión pública. Es una hipótesis.