Los países dícese que empeñados en la lucha contra la crisis climática han quedado estancados en la cumbre, como era previsible. Mucho esfuerzo en la ascensión y falta de oxígeno en la meta. La resolución es muy difícil porque los participantes ponen en juego intereses materiales y políticos perfectamente tangibles para atajar un conflicto que habita en las nubes. Sí, hay consenso sobre la gravedad del estado de la cuestión; y sí, todos aceptamos lo que nos dicen al respecto los que saben del asunto. ¿Y? Han pasado veintisiete años desde que se aprobara el famoso protocolo de Kyoto, y desde entonces hasta ayer mismo ha sido el santo de todas las jaculatorias medioambientales sin que haya habido una auditoría de sus resultados. Al contrario,  como si nada se hubiera materializado en estas tres décadas, la situación es más grave.

Nunca como ahora se habían oído con tanta claridad y arrogancia las voces negacionistas, que ocupan las presidencias de los países más grandes, poderosos y contaminantes del planeta. Nunca como ahora se había visto que el presidente del Brasil se jactara de la destrucción de la selva amazónica, ni que el alcalde de Madrid considerara una patraña el intento de control de las emisiones de gases contaminantes en el centro de la ciudad. El buen dios guía los pensamientos y acciones de estos tipos y les dice donde está el diablo. Esta vez se ha encarnado en una adolescente sueca, que, como corresponde a la leyenda, ha venido de allende de la mar océano en un buque alado. Y, apenas desaparecida del escenario, ha dejado a sus seguidores para que materialicen el mensaje, por ahora con escaso éxito.

El pensamiento ecológico nos asoma al paraíso antes de la expulsión de adán y eva, pero el linaje de esta pareja proscrita está condenado a transformar la tierra, es decir, a alejarse más y más del paraíso en cada paso que da. El ingenio humano crea la tecnología y la tecnología da poder, y este nos hace creernos los dueños de la tierra. El ecologismo es una enmienda a la totalidad de esta creencia. Demasiado para que pueda ser aceptada por quienes ocupan el vértice del poder tecnológico y económico. Al fondo, como una visión, está la destrucción del planeta. Entretanto, la profecía crea dos tipos de creyentes, como todas las profecías.  Los pobres se afanan en rituales de purificación: seleccionan los desechos domésticos para su tratamiento, criban los alimentos de aditamentos artificiales, evitan la crueldad con los animales y practican hábitos no contaminantes. Entre ellos, medra un nuevo tipo de comercio de aguas milagrosas y prácticas sostenibles. Los ricos, que también se malician que esta mamandurria no será eterna, preparan naves espaciales para salir pitando a otro planeta cuando llegue el momento. Hay un precedente de este momento preapocalíptico. No todos los dinosaurios se extinguieron al choque del meteorito; los que tenían plumas salieron volando, convertidos en pájaros. En Madrid están celebrando una reunión los que tienen escamas y los que tienen plumas e intentan consensuar un comunicado que satisfaga a todos mientras el meteorito se acerca a toda velocidad.