Encuentro en la biblioteca pública de la ciudad para examinar el tópico literario del día: la controvertida figura del premio nobel, Peter Handke. Asisten tres docenas personas, aficionadas a estas lides. Ponente y público son gente de edad. La disertación sigue un orden previsible y lógico: qué fueron las guerras de los Balcanes, quién es Peter Handke, cómo es su literatura, qué le llevó a posicionarse en un cierto bando de la guerra, etcétera. Un asistente, que porta un librito en la mano, da muestras de impaciencia y se levanta una o dos veces, va hasta la puerta y vuelve a su asiento. El ponente desconfía de sí mismo y sospecha que está siendo aburrido, pero sigue con su plan discursivo. Hasta que el tipo inquieto del librito en la mano se levanta y anuncia en voz alta, suelo esperar al final para contestar pero hoy lo voy a hacer antes. Y se dirige al ponente: usted ha venido aquí como si fuera del realmadrid y los demás fuéramos del alcoyano, y a renglón seguido profiere un atropellado discurso que quiere ser una enmienda a la totalidad de lo que se está diciendo, y que subraya con tres afirmaciones lapidarias: una, ustedes viven en los noventa pero ahora hay internet [para saber la verdad]; dos, yo soy amigo de Peter Handke, y tres, le desafío [al ponente]a un debate cara a cara, donde quiera, no aquí. El espontáneo ha empezado a impacientar al público y hay voces, cada vez más airadas, que le piden que respete el orden del acto o se vaya, lo que termina haciendo, no sin antes dirigirse al ponente al que no conoce: usted es un fascista pero de los peores, de los que van disfrazados de progres.
El espontáneo disruptivo fue sin duda inconsciente de la fidelidad con que representaba un estado de ánimo social y un movimiento político determinante en la actualidad, que consiste en darle una patada al sistema vigente y cuya fuerza se juega, por ejemplo, hoy mismo en las elecciones del Reino Unido. Veamos sus rasgos, tal como los formuló el aguerrido interviniente:
Uno) Un sentimiento de inferioridad y preterición provocado por el sistema y su funcionamiento (realmadrid vs. alcoyano), que otorga todos los privilegios a los de arriba (en este caso, físicamente, al ponente, que ocupaba el estrado) y deja fuera a los de abajo, a la inmensa mayoría, los del alcoyano. Dos) La apelación a las nuevas tecnologías, no importa cómo se utilicen ni para qué: ahora hay internet e internet es el campo que democratiza e iguala todas opiniones y todas las verdades, incluso las que no lo son. Tres) El ataque, por desbordamiento, a los procedimientos convenidos y convencionales (en este caso, un encuentro literario), no para reformarlos sino para abolirlos y sustituirlos por una pelea de carneros (le desafío a un debate cara a cara). Cuatro) La apelación a una identidad orgánica o afectiva (soy amigo de Peter Handke) inventada, de carácter improbable y mítico. Y para rematar la faena, la media verónica de caracterizar al oponente como fascista progre.
¿Qué ocurre cuando esta mezcla de resentimiento e ira contra las instituciones que consideramos democráticas adquiere masa social?, ¿qué, cuando el discurso a través del que argumenta la razón se ve asaltado por el lenguaje espasmódico y directo de internet y las redes sociales?, ¿y qué, cuando el lenguaje está tan maleado que alguien encuentra lógico fundir en un solo dicterio dos términos contradictorios como fascista y progresista? El encuentro literario siguió y, a su término, algunos asistentes que habían observado al espontáneo afirmaron que el librito que llevaba en la mano era una novela de quiosco de Marcial Lafuente Estefanía.