En el último instante de lucidez, cuando ya el infarto trepidaba en el pecho como los tambores de Calanda, el viejo comprendió que era otra víctima del irlandés, Frank Sheeran, al que hace unas semanas no conocía y del que ahora lo sabe todo. El viejo había contratado el servicio de la plataforma digital que difunde las andanzas de ese tipo con el careto tuneado de Robert de Niro. Después de firmar el contrato, un técnico de la mafia vino a casa del viejo y cambió el decodificador del televisor. El técnico era de pocas palabras pero aceptó un café y le explicó más o menos que podría conocer a ese Sheeran cuando le enviaran una contraseña por correo electrónico. Luego, ya en el umbral de casa, el técnico le recordó antes de irse que le llamarían de la compañía (¿la banda de Russell Bufalino?) para valorar su trabajo y que las respuestas del viejo eran muy importantes para él. En efecto, llamaron al poco pero no parecía la voz de Joe Pesci sino más bien la de una máquina. El viejo otorgó al técnico las mejores valoraciones del uno al diez porque sabía que, en caso contrario, alguien le mandaría al paro. Luego esperó la contraseña por correo electrónico.
El viejo era un tipo bien conectado y confianzudo, y supuso que los trámites para ver al irlandés serían pan comido. Una leve señal de audio en el dispositivo móvil le avisó de la llegada del mensaje. Este contenía la dirección de una web del gang, en la que entró. Un recuadro le pedía el número de deeneí. Lo que han cambiado los tiempos, pensó, tiene huevos que los goodfellas tengamos que enseñar el carné de identidad que expide la poli para ver a uno de los nuestros. Tecleó, pues, el número que le pedía la máquina. Bien. Segunda casilla: clave. El viejo dudó. Su padre le había contado la historia de un vecino que había ido a una partida de póker clandestina y cuando le pidieron el santo y seña en la puerta del garito soltó la primera ocurrencia que se le pasó por la cabeza, qué carajo, él era un tipo de fiar y conocido en el barrio, ya valía de cojudeces, y recibió un balazo disparado desde la mirilla. Así que el viejo decidió ser cauto y tecleó una palabra clave que utiliza para acceder a otros menesteres de la red, y pulsó enter.
Clave equivocada, vuelva a intentarlo. Lo intentó de nuevo, más concentrado, si cabe, deeneí y clave. Clave equivocada, ¿necesita ayuda? El corazón del viejo se aceleró. La web empezaba a hablar con ese lenguaje perifrástico de los asesinos de Scorsese. ¿Te parezco gracioso?, ¿necesitas que te eche una mano? El viejo aceptó la ayuda. Tecleó lo que le pedían y al otro lado de la puerta del garito le respondieron, okey, recibirás un número de acceso en el móvil *****XXX. El viejo esperó tan tranquilo como le fue posible y, entretanto, se contó un chiste a sí mismo. Mira que pasar por esto para ver a un viejo babeante en un asilo contando batallitas del pasado; en otros tiempos pasábamos malos tragos pero había dinero y chicas… El mensaje no llegaba, repitió el procedimiento, tampoco, volvió a repetirlo, como si a fuer de insistir pudiera convencer a una máquina, tampoco, hasta que descubrió que el número de móvil al que habrían de enviarle la consigna no era el suyo. Quiso corregirlo pero no tenía acceso a esa casilla. Entró en pánico y llamó al servicio técnico de la compañía. El corazón galopaba sin freno.
El servicio técnico era otra máquina: si quiere esto, pulse uno; si quiere lo otro, pulse dos. El viejo apretaba compulsivamente las teclas que demandaba su interlocutor cuántico hasta que descubrió que se había equivocado de ruta. La máquina siguió a lo suyo: estamos comprobando el estado de su equipo, espere. Estamos comprobando el estado de su equipo, espere. El viejo sentía que no podría esperar. Hemos comprobado el estado de su equipo; si funciona correctamente, pulse uno. El viejo estaba exhausto, respiraba con dificultad. Hemos comprobado el estado de su equipo; si funciona correctamente, pulse uno. La voz llegaba de muy lejos a pesar de que le hablaba a la oreja. Hemos comprobado el estado de su equipo; si funciona correctamente, pulse uno. El viejo pulsó uno para salir de aquella pesadilla y el mundo se fundió en negro. La última imagen que creyó ver fue la jeta robotizada de Robert de Niro y su característico gesto de los labios apretados y la mirada entre resuelta y despectiva. La mirada de su asesino.
P.S. Cuando ya le habíamos enterrado, el viejo recibió en su correo electrónico un cariñoso mensaje de la compañía, en el que le daba la bienvenida al club y le deseaba que disfrutara de sus ofertas.