Los diputados corrieron ayer a sus escaños, atropellados, excitados, risueños. Empieza Gran Hermano xiv legislatura. Empieza el reality. Hubo abrazos, tropiezos en los pasillos, carreras hacia el escaño, agarradas y discursitos extravagantes. Anécdotas a mogollón para el zurrón de los humoristas de movistar. El presidente de la mesa de edad pidió disculpas al buen pueblo por el fracaso de la anterior legislatura. Era sin duda un gesto sincero y noble pero, como va disfrazado de Valle-Inclán y habla como Max Estrella, fue absorbido por el espectáculo. Los y las jóvenes precarias del nuevo periodismo sonríen cuando le plantan el micrófono a esa máscara de luengas y níveas barbas y anteojos mínimos y rotundos. ¿Qué sabrá este viejito de lo que es la vida digital? Este Zamarrón es uno de esos personajes fijos de los espectáculos de masas, como Manolo el del bombo en los partidos de la selección de fútbol o el otro tipo disfrazado de peregrino jacobeo que monta guardia en la plaza del Obradoiro. Personajes que nos recuerdan lo que es auténtico pero que para hacerlo tienen que ir disfrazados.
Los demás diputados se fundieron en la hirviente actualidad: hicieron selfies y consultaron afanosamente tuiter mientras en alguna parte a su alrededor se constituía la representación del poder popular. Y todos tuvieron sus quince segundos de fama en el juramento o promesa. Los de la vieja guardia lo dejaron pasar pero los más motivados apuraron la ocasión porque saben que no tendrán otra oportunidad de decirse a sí mismos por qué creen que están en la poltrona. Oído uno, oídos todos. El ritual es demasiado lento para la tele de Ferreras. Doña Cayetana Etcétera también tuvo una pequeña intervención con frase en su acreditado papel de flageladora: pidió que se disciplinara a la turba y su intervención cayó en el olvido apenas formulada. Demasiado lenta, demasiado discursiva, demasiado impostada para los estándares de la democracia digital. ¿En qué momento se incorporó la política a la industria del entretenimiento?
La constitución del parlamento tuvo ayer una dura competencia televisiva en la arribada de la Virgen del Clima. La niña Thunberg dio un discursito de buena voluntad, como corresponde, rodeada de su pequeña corte. La pantalla de la tele saltaba nerviosamente de la Carrera de San Jerónimo al puerto deportivo del Lisboa, como si dudara de qué momento y en qué lugar se celebraba el acontecimiento más histórico. Todos los son pero, como en la granja de Orwell, unos son más históricos que otros. Pero, ¿cómo saberlo mientras suceden? En la era analógica, la historia era una sucesión de acontecimientos, un relato; en la era digital, la historia es una titilación de imágenes en un presente continuo. No tenemos futuro porque vamos a reventar ahítos en el festín del presente. Ah, les haré un spoiler: el cordón sanitario no funcionó y vox está en la mesa de gobierno del congreso. Su representante no es un legionario vivalamuerte sino un camastrón vivalavirgen que lleva sentado en la poltrona desde hace treinta años y que se ha deslizado del pepé a su nuevo avatar con la mansedumbre de un acomodaticio canto rodado.