El amigo Jordi, barcelonés con el que he pasado los mejores ratos que puedo recordar callejeando por su ciudad, montaba cada año en su casa un pessebre tradicional catalán, que, como me explicó en alguna ocasión, se diferencia del de otras partes de España, y no solo por la presencia del caganer entre las figurillas. Este tipo de izquierdas, internacionalista y ateo convicto, se entregaba a la tarea con el esmero, el afecto, la paciencia y la bonhomía que son el sello de su carácter, y lo hacía, creo yo, como un homenaje -semiprivado, pues competía en el concurso del barrio- al civismo de su vecindario y de su ciudad. Este año, supongo que no habrá pessebre doméstico porque las navidades han pillado a mi amigo y a su esposa de mudanza de domicilio.
Este año todos estamos de mudanza. También el pessebre oficial de Barcelona en la plaza de Sant Jaume, que ha dado ocasión a la enésima bronca provocada por la extrema derecha voxiana, parece albergar algo de mudanza o de cambio, sin que se sepa ni su alcance ni en qué sentido. La izquierda, que no puede hacer gran cosa para trasformar la realidad, como sería su misión, se entrega a mutaciones formales en el código de signos del común. A su turno, la derecha alberga una contradicción insoluble: la innovación y el emprendimiento que pregona en la actividad económica no puede soportarlo en el ámbito simbólico. El maridaje entre el capitalismo más brutal y desbocado y la estética más reaccionaria y quietista es un signo de este tiempo. Doña Cayetana Etcétera, ahora portavoz del pepé, eclosionó a la fama hace tres años con un alarido trágico, no te lo perdonaré jamás, Manuel Carmena, ¡jamás!, por las batas y túnicas con que el ayuntamiento que presidía la interpelada había vestido a los reyes magos. Aquel grito de guerra causó gran descojono en la izquierda riente pero, en efecto, fue el preludio del fin del mandato de doña Carmena. Para la derecha, que el rey Baltasar sea un indígena blanco con la cara tiznada con corcho ahumado es un principio innegociable, así que, doña Colau, cuidado con los experimentos de deconstrucción del pessebre.
No sé si pessebre tiene en catalán las connotaciones de belén en castellano, palabra que también alude a un artefacto aparatoso, prolijo y molesto. Montar un belén, montar un pollo o montar un cristo pueden ser sinónimos en la versión más ruda de la lengua de Cervantes. Ojo, pues, cuando la batalla política se lleva a este campito de musgo y arena poblado por figuritas de arcilla.