Hablamos, o hablábamos, del tiempo porque venía del cielo, nos envolvía y era fatídico. Soles y nubes, lluvias y sequías, vientos y calmas, se producían sobre nuestras cabezas como los movimientos de un ajedrez al que jugaban los díoses y nada podíamos hacer excepto comentar las jugadas, como se comenta la liga de fútbol.  Espectadores y pacientes. Las naves de los aqueos frente a la costa de Troya y la flota aliada frente a las playas de Normandía estuvieron a merced del mismo albur meteorológico. Ahora, los designios de los dioses se han convertido en metadatos y el mensaje se puede visualizar en forma de gráficas, tablas estadísticas y mapas de color. Estas pantallas destellantes nos dicen que el clima está en nuestras manos y podemos gestionarlo para impedir que nos lleve a la catástrofe. Gestionar es el verbo que oponemos al destino. Hay un desequilibrio entre los dos extremos de la proposición: gestionar denota una acción rutinaria, pautada, que opera sobre algo conocido y previsible, y nada hay menos previsible que una catástrofe. Toda la acumulación de datos y argumentaciones que se producirá estos días en Madrid no va a curarnos del escepticismo, la obcecación y otras formas de locura que acompañan al género humano desde que Lucy se irguió sobre sus patas traseras. Por eso, los organizadores de la cumbre del clima han decidido salpimentar la  ciencia que se expondrá en este encuentro con una pizca de pensamiento mágico.

La niña Greta Thunberg es la doncella profética que en nuestro imaginario aparece en los momentos de tribulación. La vírgenes se manifiestan por encima de la mirada humana, a la altura de procesión de semana santa trianera, y así, de maneta apropiada, la adorable Greta es conducida ante el público que ha de oírla en un alado catamarán por el mar y en fulgurante vehículo eléctrico en el tramo por tierra desde Lisboa a Madrid, una ciudad cuyos nuevos gobernantes ganaron las elecciones pregonando las virtudes de los gases de efecto invernadero. Se puede decir, pues, que la iracunda Greta va a predicar en tierra de infieles.

Lo que propone la fantasía ecológica es nada menos que una enmienda a la totalidad de la civilización que rige el mundo desde los albores de la edad moderna, hace quinientos años, cuando Cristóbal Colón descubrió que el planeta estaba al alcance de la ambición humana y  era materia explotable para el primero que llegase y tuviera la fuerza suficiente para imponer su dominio. El petróleo se convierte en plástico, la roca caliza muta en cemento, los minerales más preciados emiten radiaciones letales, millones de individuos comen al mismo tiempo carne picada de vacuno y se desplazan en el interior de insectos metálicos que emiten gases tóxicos, y una inabarcable y sólida marea de desechos industriales de toda clase invade lo que antes se llamaba la naturaleza. Parece el apocalipsis pero en realidad es lo más parecido al paraíso perdido, a juzgar por el entusiasmo con que se reproduce el modelo por todas partes. El dilema es peliagudo. Si seguimos por este camino, la humanidad regresará, con suerte, al estado previo al nacimiento de Lucy, pero si frenamos en seco la marcha seremos de inmediato antepasados de Lucy. Greta y Lucy, nuestro destino está en manos de dos niñas.