Habremos de acostumbrarnos a que el fraude que es la política española está en quienes la ejercen. Es una intuición que se ha solidificado en la opinión pública y, para que no decaiga en el ánimo del común, los mismos políticos se encargan de suministrar las pruebas un día sí y otro también. El último, un capitoste regional del pepé leonés que ostentaba una licenciatura en derecho falsa. Lo negó, como todos, mientras pudo hasta el punto de falsificar un documento público, pero no fue por mucho tiempo porque una comprobación de ese tipo se hace en un santiamén. Curiosamente, el destino del impostor no depende de su impostura sino del puesto que ocupe en la economía doméstica del partido. Si es necesario a los intereses de este, le mantendrán en el puesto aunque sea más falso que un euro de cartón y solo si se convierte en una opción perdedora en el cubileteo interno desaparecerá de escena.
Lo curioso es que a nadie le importa un carajo su destino futuro. Don Carromero, el conductor suicida que doña Aguirre envió a Cuba para que enredara un poco con la oposición anticastrista y a la que consiguió descabezar en un accidente de tráfico, ha vuelto a ocupar un puesto en la alcaldía de Madrid. Doña Cifuentes, cuya aventura universitaria permitió descubrir un monumental fraude de títulos académicos que rebajó varios grados, si ello fuera posible, el crédito académico de la universidad española de la que la doña era responsable regional, hubo de dimitir porque algún amigo reveló sus aficiones de cleptómana de supermercado. El destino de nuestros políticos no tiene nada que ver con la ejecutoria en su cargo público por más miserable que esta sea. Ahora mismo, doña Susana Díaz está en trance de posar el cuello en el tajo del verdugo por las malandanzas de sus antecesores, lo que no quiere decir que merezca mejor suerte.
La política es el único ascensor social operativo en España; la única vía por la que un/una cualquiera sin atributos ni experiencia alguna puede llegar a viajar en coche oficial y comer (gratis) en mesas con mantel y pala de pescado. El azaroso tránsito de un punto a otro de la escala social suele ser vertiginoso y da lugar a sobreactuaciones alucinógenas para cubrir la desnudez del sujeto. En casos extremos, puede que un oficinista de aduanas llegado a la dirección de la guardia civil decida pasar a la posteridad como un general decimonónico en la galería de los héroes, pero, de ordinario, estas imposturas son menos ostentosas y la más frecuente es la hinchazón del currículo con títulos académicos falsos. Es un apaño que viste, no mucho tampoco porque los títulos universitarios españoles están en almoneda, y es casi indetectable, excepto por denuncia de amigo o correligionario, porque a nadie le interesa la titulación que tengas excepto para despedirte del macdonald si descubren que eres neurocirujano. Los trabajadores sobrecualificados son la plaga del país. Trabajadores sobrecualificados y políticos infradotados, el equilibrio perfecto. Si, como le ha ocurrido al preboste leonés, te ves durante un par de días en la picota pública por falsear tu currículo, consuélate al saber que es aflicción que dura poco y no detiene tu carrera. Eres un cantamañanas y un sinvergüenza pero eso no mengua el valor de los servicios que puedes prestar a la patria.