La gente de nuestra edad tenemos impresa en el código genético la convicción de que la política exterior española vale para poco. No somos influencers, como se dice ahora, sino dependientes de las potencias del entorno. Franco dependió al principio de Hitler y Mussolini y luego, tras ganar la guerra y ocupar el poder, fue tributario de Eisenhower; cambió de patrón a tiempo y en esas estamos. Esta insignificancia española en la política planetaria, que don Aznar quiso superar formando parte de los tres mosqueteros de las Azores, hace que nuestras prioridades en el exterior se reduzcan a dos tics: protestar de vez en cuando por el estatus de Gibraltar y cuidar los humores de Marruecos, que ya nos ha ganado la guerra del Sáhara, como los norteamericanos ganaron la de Cuba. Fuera de estos expedientes, la acción exterior española puede hacer casi cualquier cosa en el marco de la política occidental a sabiendas de que será irrelevante. Por ejemplo, el rey pregona la preeminencia de los derechos humanos en Cuba ¡bien!, al tiempo que la federación española de fútbol –otro poder independiente de nuestro sistema institucional, y no el menor- concede la celebración de la supercopa a uno de los países más siniestros y opresivos del mundo a cambio de una pasta gansa surgida de nuestra dependencia energética. ¡Bien, también! La nuestra es una política subalterna de abusón de patio de colegio: duro con los débiles y servil con los poderosos.
La política exterior española, la de verdad, tuvo realidad hace quinientos años y terminó en el siglo diecinueve. Ahora solo la utiliza la derecha como instrumento de percusión con fines domésticos. Fuera de nuestras fronteras, en alguna parte, siempre hay un dragón que, convenientemente agitado, nos quita el sueño. A este fin, Franco tenía a Rusia y, para que se vea la continuidad de costumbres, la derecha trifásica de la plaza de Colón (con el apoyo de Felipe González) esgrimió con idéntico propósito el fantasma de Venezuela. Algo ha debido fallar en el programa de agitprop porque Venezuela y sus quebrantos han desaparecido de la agenda mediática. Probablemente, lo que ha ocurrido es que aquel señor Guaidó autoproclamado presidente bis, no ha contado con la fuerza, militar, suficiente para consumar su golpe de estado, y la situación está en suspenso. De Bolivia, donde sí ha triunfado el golpe, ni un comentario.
El miedo esta vez no sirve para la exportación, se queda en el país de origen donde una oligarquía criolla obsesivamente blanca y fanáticamente cristiana no soporta que haya un presidente indígena donde los indígenas son más del sesenta por ciento de la población, a pesar de que Evo Morales haya sido el mejor gobernante del país desde que se tiene memoria. Es un golpe de estado de impronta trumpiana, racista y cristianoide. El motivo económico que alimenta los apoyos internacionales es menos obvio que el petróleo venezolano pero también existe: el litio, un mineral escaso pero vital en las nuevas tecnologías. Oligarquías rapaces, caudillismo militar y poblaciones indígenas abandonadas a su suerte son la herencia española largamente cultivada por la mayoría de los regímenes que vinieron después, bajo el patrocinio estadounidense. Nada que comentar, pues. El escándalo nos llega cuando alguien pretende dar la vuelta a este tinglado.