El proceso al proceso no interesa a nadie. Una cadena televisiva hizo una encuesta en la calle en la que los entrevistados hacían gala de una ignorancia feliz sobre el asunto. No sabían quiénes eran los acusados, ni de qué se les acusaba, ni dónde se celebraba el juicio. La muestra demoscópica era diminuta y arbitraria pero no extravagante: el reportero, plantado en una esquina, inquiría a los paseantes, jóvenes y viejos, hombres y mujeres, que compartían unánimemente la lejanía con el tema propuesto. Preguntados por cuál era para ellos la noticia más importante del mes, todos sin excepción respondieron con un suceso personal: este había aprobado un examen, a aquella le habían renovado el contrato de alquiler sin subírselo, otra se había comprado un abrigo en las rebajas a buen precio. Las respuestas, ofrecidas con visible satisfacción, denotaban pequeñas victorias alcanzadas en lo que antes se llamaba la lucha por la vida. La mascarada de la política se debe a que está secuestrada por una élite arribista y ensimismada a la que secundan apenas unos miles de personas de clase media y medianamente ilustrados para los que la política es a la vez la medida de la razón histórica y el campo para el medro de sus carreras.

Es imposible seguir las sesiones del tribunal supremo sin que te invada la conciencia de que cada uno de los agentes que intervienen –jueces, acusados, fiscales, letrados, testigos- están ahí para defender sus intereses privativos. El teatrillo ha venido a deflactar los hechos dizque gravísimos para convertir su mezcla en un puré de perfiles indefinidos, un barrizal de opiniones vagas y encontradas. Mentiras, olvidos, simulaciones, desplantes, admoniciones, regates, constituyen la munición retórica de los participantes en el juicio. El maldito circo que ha puesto patas arriba la política nacional y en el que abrevan gozosamente políticos de toda laya era un trampantojo, como ya sabíamos y se evidencia ahora en sede judicial. Sobre la inconsistencia de los políticos acusados y la mendacidad de los testigos políticos planea ahora la honrilla de los fiscales que han de probar delitos que no existieron y la fama de unos jueces que ven en riesgo su crédito profesional en una ulterior sentencia del tribunal europeo. Estamos gobernados por tipos que creen que los que trabajan para aprobar un examen, pagar un alquiler o comprarse un abrigo de rebajas están en el mundo para pagarles también las facturas. Y los aludidos les dan la razón con su voto y con su indiferencia feliz.