Los catalanes no debieran proscribir la tauromaquia en su territorio porque un mejor conocimiento de los lances de la corrida les habría enseñado algo sobre su destino en el prusés. En el albero se enfrentan dos organismos vivos, que se distinguen porque uno tiene a su favor la técnica, el reglamento, la cuadrilla y la afición, y el otro no cuenta más que con su instinto y su ansiedad. El resultado final es sabido. Los toreros avezados dejan que el toro corretee por el ruedo, se estrelle contra el peto del caballo, se duela con las banderillas, bufe de ira y embista contra la tablazón del burladero cuando asoma la punta del capote. El toro se comporta así para ganarse el aprecio de la afición, que según va la fiesta pondera el trapío, la estampa, la bravura, o bien se lamenta de que es pastueño, brocho de pitones, acochinado o reservón. Estas opiniones, que menudean en los tendidos, no alteran el sentido de la lidia. En la suerte decisiva, el matador emerge de su escondrijo, hace un brindis al respetable, se luce con unos pases ante un enemigo desconcertado y roto, y ultima la faena de una o varias estocadas porque el reglamento lo permite todo contra el toro. Es lo que ha hecho don Rajoy con el soberanismo, después de un interminable preámbulo de desfiles, manifestaciones, declaraciones, revuelo de banderas, reuniones y porfías independentistas, que tanto se asemejaban a las galopadas del morlaco en la arena a la busca de una salida del laberinto.

El tercio final fue la pasada sesión plenaria del parlament, que puso en evidencia las debilidades del independentismo, no solo legales, que son las que han destacado los críticos, sino también de mera fuerza política. Hay que imaginar un toro colosal de inteligencia y fuerza, literalmente mitológico, para eludir a peones de brega, picadores y banderilleros, saltar la barrera, abrirse paso entre el público y regresar sano y libre a la dehesa. Es posible que los soberanistas tengan de sí mismos una idea mitológica pero el toro siempre sale de la plaza del mismo modo. La lidia es una lucha desigual y amañada entre un héroe pinturero y un herbívoro presentado como un monstruo, y la afición siempre sabe cómo va a acabar la corrida.

La opinión pública también sabe cómo va a acabar el intento independentista. Las únicas incertidumbres son circunstanciales: si la faena será excelsa, si un error del torero le llevará a ser corneado, o si la bravura del toro propiciará su indulto. Hasta donde llevamos visto del espectáculo, nada de esto ha ocurrido ni previsiblemente ocurrirá, así que la afición puede bostezar tranquila. Los catalanes extremos, que tanto quieren abandonar españa y la parafernalia folclórica que la identifica, han terminado por ofrecerse como la res sacrificial en la fiesta del pueblo. Un espectáculo circular, reiterativo y obvio.