Hay algo más insufrible que el comportamiento histriónico de algunos diputados en el congreso, y es el rosario de glosas, análisis y réplicas a cargo de portavoces, comentaristas y troles que siguen al suceso como la cola de un cometa que se resiste a desaparecer en la oscuridad, y que demuestra el desconcierto, el oportunismo y la mala fe que impera en la clase política que hemos elegido y en sus apasionados seguidores. Dejemos, pues, esta cacofonía de gallinero y vayamos a lo que importa.
Manuel de Pedrolo fue un escritor y dramaturgo catalán de mediados del pasado siglo, no muy conocido fuera del área lingüística del catalán, al que el crítico alemán Martin Esslin incluyó en su selecta nómina de autores del género conocido como teatro del absurdo. Eran piezas dramáticas de un notable nivel de abstracción en las que se indagaba sobre la condición del individuo en su estado prístino, cuando el envoltorio del lenguaje y de las convenciones sociales ha perdido toda significación y el ser humano ha de inventarse a sí mismo y sus relaciones con los demás. La obra más conocida de De Pedrolo se titula Homes i No y presenta a un grupo de personajes encerrados en una jaula que ocupa la totalidad del escenario, sometidos a la vigilancia de un carcelero. El nudo dramático es la búsqueda de la libertad de los encerrados, los cuales llevan a cabo un diálogo imposible con su guardián a la vez que buscan formas de salir de su encierro que no encuentran; en el segundo acto, los encerrados han tenido hijos que son más audaces que sus padres y exploran un vía de escape inédita al fondo del escenario, cuya existencia alarma al carcelero, y cuando el telón del fondo es abatido los espectadores descubrimos por qué. Tras la falsa pared hay más barrotes y tres guardianes mudos y de uniforme negro custodian la prisión en la que el carcelero también está encerrado.
Mientras los independentistas catalanes provocaban en el congreso un rifirrafe en busca, suponemos, de su libertad, y don Rufián arremetía contra el ministro don Borrell en la enésima exhibición de su depurado arte de la crispación, los portavoces del efeemei, la ocedeé y bruselas, los guardianes de negro que vigilan el pan nuestro de cada día advertían contra los presupuestos confeccionados por don Sánchez. Al otro lado de los barrotes de la política ordinaria no reina la libertad ni la tierra de leche y miel sino el déficit, la deuda, la recesión y demás jinetes del proliferante apocalipsis en el que estamos condenados a vivir. La solución es sabida, más penitencia: más recortes en salarios, pensiones, prestaciones sociales y menos gasto público, lo que los guardianes llaman reformas. Don Sánchez y su ministra de la cosa, doña Calviño, deben estar enterados de la existencia de estos barrotes erigidos en el perímetro exterior del escenario pues su misión es mantener el orden en el presidio y el sosiego entre los reclusos. Quizás por eso no parecen urgidos por la aprobación de las cuentas. Después de todo, si estamos condenados a una prisión hermética, el mejor destino deseable es ser preso de confianza.