La plaza pública se ha convertido en el graderío sur. Ahora Madrid, Catalunya Sí que es pot, Juntos por el sí, Geroa Bai, Por Cádiz sí se puede, Guanyem, etcétera, los nombres de los partidos y plataformas emergentes parecen menos lo que son que gritos rituales de la hinchada, en el doble sentido de masa de hinchas y de estar hinchados de indignación por lo que ocurre en la cancha. Expresan una perentoria afirmación existencial: ¡podemos!, ¡somos!, ¡estamos!, ¡ganamos! La hinchada ha licenciado al equipo y quiere saltar al pasto y jugar el partido por sí misma y, como son muchos más que los once de las botas de reglamento, están dispuestos a golear sin misericordia la portería de enfrente. En las comunidades de mayor raigambre étnica -si esto significa algo-, los emergentes apelan a la madre tierra, a las mareas en Galicia y a los montes y topónimos umbríos (Aralar, Aranzadi) o a tareas rurales en el País Vasco. Bildu significa reunir pero también recoger la cosecha o apriscar a las ovejas, lo que constituye una declaración de intenciones. Los nombres de los partidos de antaño sintetizaban los tres rasgos por los que querían ser identificados: la naturaleza de la organización (partido, liga, movimiento), la quintaesencia de su ideología (nacionalista, conservador, socialista, autonomista, canábico) y el ámbito de competencia (España, Cartagena, el Peloponeso). Eran nombres racionalistas y funcionales, destilados de un discurso político inteligible que aspiraba a ser un patrimonio universal y duradero. La sigla era un reconocible banderín de enganche y una clara aguja que discernía a adeptos y adversarios. Ahora estos partidos parecen esqueletos de ballenas varadas en una playa que ningún surfista postmoderno quiere frecuentar. Pero se trata de un engañoso espejismo. Los nombres que se han dado los emergentes delatan el fervor festivo de una manifestación dominguera, la eternidad de un minuto de telediario y el chisporroteo de Twitter: instantáneos, urgentes, proactivos, virtuales. En resumen, el primer berrido de un recién nacido que habrán de convertir en lenguaje articulado para sobrevivir a los predadores que colonizan el ecosistema. La experiencia de Madrid indica que no va a ser tarea fácil ni aun bajo las alas de una acreditada clueca como Manuela Carmena. Asistimos (podría ser el nombre de un nuevo partido de las clases pasivas) a un interesante episodio de la historia de la evolución en el que quedarán por el camino muchos especimenes que acaban de eclosionar y agitan soñadoramente el plumaje.