Homenaje personal a Umberto Eco Apocalípticos e integrados fue uno de los tópicos conceptuales más repetidos y fértiles en el pensamiento progre del último tercio del siglo XX y sin duda acompañará a la fama póstuma de Umberto Eco mientras ésta siga en pie. Es la dicotomía que formuló para definir la contradictoria disposición del público hacia los medios de comunicación, y singularmente ante la televisión. La fórmula binaria contiene, como toda la obra de Eco, una imbatible mezcla de agudeza y simpatía, de crítica y compasión, y encierra la creencia en la libertad del individuo para elegir racionalmente entre el rechazo frontal y la aceptación incondicional de ese universo paralelo sobrecargado de mensajes y de estereotipos que nos envuelve y nos representa al mismo tiempo. Eco alcanzó ese hallazgo antes de la llegada de Internet y, en consecuencia, solo se refiere a nosotros en tanto que espectadores. Desde entonces la mediosfera en la que vivimos no ha hecho más que expandirse y adensarse, y a las dos categorías pasivas de los apocalípticos y los integrados, habría que añadir una tercera, la de los cómplices activos. El rasgo más relevante de este principio de siglo es que los individuos hemos dejado de ser meros espectadores/receptores de los mensajes que emite una minoría para convertirnos, por nuestra voluntad y sin más esfuerzo que pulsar un botón, en emisores de contenidos. Eco reflexiona así sobre Twitter, el último peldaño, por ahora, de la escala: “Hay quien llega a sostener que Auschwitz no habría sido posible con Internet, porque la noticia se habría difundido viralmente. Pero por otra parte da derecho de palabra a legiones de imbéciles”. Bueno, en esta afirmación hay un par de términos contradictorios. Primero, es dudoso que los tuiteros de la época hubieran considerado Auschwitz un asunto tan relevante como para ocuparse de él y mucho menos para convertirlo en un fenómeno viral. Segundo, es posible imaginar que si el mensaje hubiera sido replicado por una legión de imbéciles no tendría efecto alguno. El proliferante repiqueteo que la corrupción encuentra en las redes sociales de nuestro país no hace más eficiente a la judicatura, más moral a la clase política y ni siquiera más lúcido al electorado. Las últimas opiniones de Eco le presentan como un medio apocalíptico y medio integrado, pero devorado entero por el dinosaurio mediático que cuando despertamos cada mañana sigue ahí. Hay otra parte de la herencia del filósofo que, personalmente, encuentro más fecunda. Conservo el impacto que me produjo un librito titulado La nueva Edad Media, escrito por Eco en colaboración con un grupo de colegas académicos, en el que se descubría lo que nuestra época tiene de medieval. Para los que nos...
Juegos de guerra
Se acerca la fecha de la investidura para la presidencia del gobierno y las negociaciones, si las hay y merecen tal nombre, discurren con la habitual opacidad. No sabemos quién ni qué se negocia. Pero, hasta donde se hace público y como era previsible, a Sánchez no le salen las cuentas. Los socialistas afrontan este trance inspirados en dos juegos de guerra que ya han sido experimentados, con un único objetivo: recuperar la hegemonía de la izquierda, que no le han dado los votos, y dejar enfrente a los populares, es decir, retornar al bipartidismo. El primer juego es la llamada geometría variable, consistente en un gobierno en minoría capaz de ensamblar mayorías parlamentarias ocasionales para llevar a cabo su agenda. Esta estrategia inspiró a Zapatero y funcionó en el pasado mientras la gobernanza se reducía a asuntos locales, generalmente aceptados y que no afectaban al núcleo radiante de los eventuales socios, al contrario, les servían a todos para caer más simpáticos a sus electores mediante leyes que ampliaban los derechos civiles. Por razones de la lógica del enfrentamiento, el pepé siempre quedaba fuera. Pero cuando pintaron bastos y el mandato político vino de los dioses del Olimpo, léase, la dirigencia europea y de los volubles mercados, el eje de gravedad de la geometría variable se desplazó hacia este partido, el único que podía garantizar una mayoría para salir del trance. Entrambos dos modificaron la Constitución y aquí acabó la geometría variable y, de paso, su creador y prestidigitador, ZP. Las condiciones actuales del ecosistema son similares a las de aquel 23 de agosto de 2011 en el que el bipartidismo al unísono modificó el artículo 135 de la Constitución para embridar el gasto público, lo que explica la cantidad de fans que una reedición de este pacto tiene en el establecimiento económico, con el acompañamiento esta vez de los autoproclamados ciudadanos para llevar la cartera del acuerdo y fregar en lo posible el barrizal de corrupción acumulado estos años por el socio mayoritario. La contraindicación de esta fórmula para el pesoe es que el dichoso acuerdo de reforma constitucional con nocturnidad afectó en grado sumo a sus bases e hizo que perdiera la hegemonía de la izquierda para engorde de los podemitas. Aquí entra el segundo juego de guerra que podríamos titular, yo o el ogro, y que consiste en que Sánchez convenza al electorado de izquierda de que es la única alternativa posible ante la derecha. Este juego funcionó a las mil maravillas en una época más ingenua y expansiva, y, con ayuda de nuestra tuneada ley electoral y de los lastres del pasado, redujeron la masa de la autollamada izquierda unida, antiguo pecé, a un dimensión...
Folclore
Tengo que reconocer que no siempre entiendo el código de señales podemita. Desde el bebé de Bescansa, me fascina su capacidad para atraer el foco de la atención mediática en casi cualquier circunstancia, pero no estoy seguro de sus efectos. Sus acciones comunicativas son muy potentes e inesperadas y, por eso mismo, difíciles de asimilar. En mi caso, quizás sea por causa de la edad, a pesar de mi disposición abierta a entenderlas. Para mencionar un asunto menor, leo que Iglesias ha dirigido a Sánchez un mensaje de San Valentín en la inevitable forma de tuit: “somos una fábrica de amor, en las derechas no encontrarás tanto cariño”. Este arrebato de telenovela sucede a la presentación casi militarizada de la propuesta para un gobierno de coalición en el que Iglesias se reservaba para sí la mitad más uno del poder disponible, lo que hace imposible saber si era una propuesta para el encuentro o para el divorcio. Esta mezcla de colegueo y rudeza, de contundencia fáctica y sentimentalidad expresiva, recuerda los modales de una cultura tribal -por naturaleza, insegura y frágil-, en la que los actores se valen de un código autorreferencial, ajeno a las miradas que vienen de fuera del poblado. El efecto es que estas acciones se convierten en mero folclore, a pesar de sus protagonistas. El primer enemigo de los gitanos es la bata de cola y, de los indios, el penacho de plumas. Es cierto que todas las minorías constituidas, sin excepción, cultivan rituales tribales y la obligación de las fuerzas ascendentes que aspiran a ocupar su espacio es quebrar la uniformidad dominante. En este sentido, la estrategia de comunicación podemita es nítida. La dificultad radica en que, si quiere ser hegemónica, debe incluir a segmentos sociales que no están familiarizados con los rituales originarios y en los que es fácil cultivar el rechazo. El sistema de señales debe aludir a inquietudes reales de las mayorías. Aquí y ahora, la corrupción es la preocupación más relevante porque se entiende que está en el centro del desbarajuste institucional y es síntoma principal de la crisis económica que padecemos. Sin embargo, acaso el mensaje podemita contra esta lacra no es lo bastante claro y argumentado. Al contrario, menudean las noticias de nepotismo, que es uno de los pilares del buen funcionamiento de la corrupción, en los equipos de gobierno donde han alcanzado el poder. De nada vale decir que esas noticias las difunde el adversario. Servir a los intereses del grupo y servir a los de la nación son objetivos contradictorios, como debiéramos haber aprendido de las prácticas de la llamada casta. Y gobernar con una estética sans coulotte es imposible, además de contradictorio con la cultura...
El incidente
Mientras escribo este comentario, asisto en línea al juicio oral contra la concejala madrileña Rita Maestre por la acción que ella y otros estudiantes llevaron a cabo hace cinco años en la capilla de la universidad complutense y en contra de la existencia de un espacio religioso en un campus público. Lo que ocurrió es sabido: una acción teatral o performance en un lugar que no está destinado a ese fin, como es preceptivo en estas acciones, lo que conlleva una temporal retorsión del uso del espacio y una violencia simbólica cuya intensidad es opinable y que los abogados de la acusación aspiran a convertir en delito punible. Los viejos tenemos dificultades de concentración y el desfile de los testimonios en el juicio me lleva a Rashomon, la película de Akira Kurosawa en la que describía un crimen a través de los testimonios contradictorios y parciales de los interesados en el hecho. El efecto del juicio es muy parecido al de la película. Los testimonios ofrecen una multiplicidad de detalles muy vívidos algunos, otros claramente impostados, y muchos más irrelevantes, que envuelven un acontecimiento que solo es un mosaico de interpretaciones. ¿Qué queda después de una función teatral? Respuesta: el impacto que deja en los espectadores, inasible en este caso por dos razones, porque los espectadores directos se pueden contar con los dedos de la mano y porque ha pasado mucho tiempo para recrear un hecho que duró unos pocos minutos pero luego fue largamente contado por unos y otros. Y aún hay otra diferencia entre el juicio y la película: en esta se relataba el asesinato de un hombre, pero aquí se juzga una ofensa a la sensibilidad religiosa, que no es un hecho sino un concepto. El desfile de testimonios continúa y la atención me traiciona de nuevo. La memoria me entrega ahora un hecho que agitó brevísimamente la quietud social de unas pocas personas en mi pueblo en algún momento de hace, digamos, más de cincuenta años. Un chaval, compañero de colegio, un balarrasa, como se les llamaba entonces, se asomó a la puerta de la parroquia de su barrio, San Agustín, durante la misa y gritó, “Viva Rusia”, y salió pitando. No sé que si aquella performance tuvo algún efecto disciplinario para el autor y tampoco he sabido nada de su vida posterior. Era hijo de una conocida familia de fabricantes de dulces que tenía la fábrica en una bajera de la misma calle de la parroquia. Que estas líneas sirvan de homenaje a su gesto, del que se habló bastante en su momento, en voz baja y sin Internet, como se hablaba entonces, y que ha dejado en quien esto escribe una perenne sonrisa...
El documento
La propuesta de gobierno de Podemos ha obligado a leerla a mucha gente que no frecuenta estos tochos programáticos, ni ganas. Los peatones de la historia ya hemos aprendido que, en política, la teoría y la práctica discurren por carriles distintos y para manejarse entre el tráfico es más útil mirar a derecha e izquierda para evitar que te arrolle un camión de seis ejes que leerse el código de circulación. Así que la lectura del documento no es tanto para desentrañar sus contenidos como para comprobar su dureza como arma arrojadiza. El modo como lo presentó la dirigencia podemita ya presagia que era el servicio de un partido de tenis; ahora, esperamos el resto del pesoe. Ambos equipos no son complementarios sino competidores en ese objetivo gramsciano que es la hegemonía de la izquierda, una cuestión que no han resuelto las urnas, para frustración de unos y de otros. Así que, como dijo Artur Mas en ocasión análoga, hay que conseguir en la negociación lo que no nos han dado las urnas. Los podemitas intuyen que el pesoe quiere, ningunearlos, primero, y liquidarlos, después (ya ocurrió con el pecé en otras circunstancias), y los socialistas temen que lo que buscan sus malqueridos socios es partirles el espinazo. Ambos tienen buenas razones históricas para alimentar sus prejuicios pues somos hijos de la historia y esta pugna no parece sino la enésima edición de la que sostuvieron durante todo el siglo XX comunistas y socialdemócratas, con los resultados sabidos. En realidad no es así. Si se lee el apartado económico del documento podemita, que es el que afecta a la población, puede observarse que describe un programa típicamente socialdemócrata, basado en un aumento del gasto público y una política fiscal progresiva redistribuidora de las rentas. La mala noticia es que, si bien el comunismo se extinguió hace veinte años y no hay manera de resucitarlo, la socialdemocracia ha muerto en esta crisis, tan silenciosa y discretamente que sus militantes y simpatizantes no lo saben o fingen no saberlo. En España, el óbito se produjo cuando ZP aceptó modificar la Constitución con nocturnidad por presión de los mercados. ¿Es reversible este gesto? El pasado domingo, el periodista Jordi Évole reunió en su programa de televisión a un ramillete de ex ministros del pesoe y del pepé que representaban nítidamente lo que hemos venido a conocer como la casta, y en el coloquio salieron dos temas de rabiosa actualidad que caracterizan la gobernanza de estos años: a) la corrupción, que oficialmente está identificada por los poderes públicos desde 1991 (en mi pueblo, unos años antes, con las andanzas de Roldán y Urralburu) y b) el poder de los oligopolios y del capital...
Vermiglosia
El palabro que da título a este comentario es un neologismo que acabo de inventarme formado por el procedimiento de copia/pega de dos palabras, latina una y griega la otra –verme, lombriz, y glossa, lengua- para designar la enfermedad del habla que lleva combatiendo mi sabio paisano, el profesor Aurelio Arteta, desde hace más de veinte años: la propensión de los hablantes a formar por extensión polisílabos (que él llama, con contenido humor, archisílabos) a partir de los sustantivos originales, más concisos y precisos, verbigracia: variabilidad por variación; funcionalidad por función, literalidad por letra, etcétera, por citar solo algunos ejemplos de su último artículo sobre la materia. Me imagino al profesor Arteta inclinado bajo la lámpara de su estudio, como un Darwin de la lengua, coleccionando lombrices verbales, y enfrascado en identificar las mutaciones morfológicas provocadas por sufijos y derivaciones. Lo que distingue a Darwin de Arteta es que el primero encontraba una función a estas mutaciones y el segundo ve mera degeneración o libertinaje. En los alborotados pinzones en los que Darwin observaba una lógica de la conservación de la vida, Arteta asiste al despendole de El jardín de las delicias de El Bosco. Creo que eso se debe a que Arteta, al contrario que Darwin, no tiene en cuenta el ecosistema del habla, el cual no solo comprende la literalidad (o letra, que aquí ya refieren cosas distintas) de la palabra, sino también su referente, su contexto, su campo semántico, y por ende la circunstancia del hablante. Es cierto que la hinchazón de las palabras obedece a menudo a un gusto por la pompa y el vacío, es decir, por la insignificancia, pero no siempre es así. Soy un admirado lector del profesor pero en dos ocasiones en que intenté seguir sus enseñanzas de contención silábica cometí sendos errores: la gripe aviar es aviaria, es decir, producida en las aves pero extensible a otras especies, según me hizo ver un epidemiólogo especialista, y las ondas gravitacionales no son gravitatorias porque no es que graviten sino que hacer gravitar la materia del universo. Desde entonces, ante una expresión inusual, ofrezco cautelosamente varias alternativas a mi interlocutor. El profesor Arteta es un moralista confeso y, para él, la buena dicción es la base de la moral pública. «El ciudadano es antes que nada un hablante y, por alejados que parezcan, la calidad del uno dice mucho también de la calidad del otro», escribe. En consecuencia, emprende el saneamiento del habla como Rajoy sanea el gasto público y Robespierre saneó la república, por amputación. La austeridad es una virtud pero los recortes a troche y moche son una desgracia. Lo que nos lleva a interrogarnos si es posible juzgar la...