Aquí estamos, en un paisaje de toallas sobre el césped y cuerpos churruscados al sol, a pocos metros del agua azul turquesa donde chapotea la chiquillería, deleitándonos con las tribulaciones del compositor Dimitri Shostakóvich, que obtuvo todos los honores y condecoraciones que otorgaba el régimen soviético y pasaba las noches en vela sentado en las escaleras que llevaban a su apartamento, con un maletín a mano y un cigarrillo perenne en los labios, mientras esperaba a que la policía secreta viniera a por él para deportarlo a Siberia o para pegarle un tiro en la nuca en un sótano de la Lubianka. Una historia que comenzó hace casi un siglo en la estremecida Rusia de Stalin y termina por ahora en la atención de este bañista que levanta de vez en cuando la mirada de las páginas del libro para otear la colonia de cuerpos indolentes que le rodea. Siete u ocho décadas en las que la historia ha perdido gravedad hasta el punto de convertir una desasosegante tragedia real en una volandera novelita de verano. El autor, Julian Barnes, es, o fue, uno de los preferidos del bañista lector, pero, sea por falta de inspiración o por fatiga hacia la ficción pura, en esta su última novela traducida al castellano, ha optado por acicalar con su acreditada prosa un hecho histórico, o mejor, un personaje real en su circunstancia para ilustrarnos sobre los pliegues de la conciencia y la ambigüedad del comportamiento humano cuando el individuo es expulsado de su zona de confort. La novela no es la mejor de Barnes pero resulta consoladora, un propósito que acaso no sea ajeno a la voluntad del escritor. A través de las páginas del libro se aprecia mejor el valor de las toallas sobre la hierba, la crema protectora del sol y el griterío feliz de los niños. Hay una paradoja en esta complacencia. No son pocos los novelistas occidentales contemporáneos que incursionan en la época de los totalitarismos europeos donde la documentación es tan copiosa que apenas necesitan esforzarse para construir un relato. Estas incursiones les garantizan el reconocimiento del público, que se encuentra con un material conocido y moralmente consensuado, y les dispensa de escarbar en las fracturas de la realidad actual ante cuyas aristas no siempre tenemos respuesta. Un buen relato novelístico requiere una situación límite, un paisaje histórico reconocible, personajes que despierten la identificación del lector y un estilo literario diáfano e imperceptible al servicio de la eficacia del relato. Todos estos elementos se encuentran pródigamente en casi cualquier crónica de la Rusia de Stalin o en la Alemania de Hitler, que son un pasado definitivamente clausurado y a un paso de convertirse en legendario, de...
Hábito de viejos
A cierta edad, cada mañana te revela algo nuevo, y casi nunca es una buena noticia. He venido leyendo con fruición las crónicas literarias y las columnas periodísticas de mi admirado Manuel Vicent desde hace cuarenta años. Si tuviera que hacer una relación de las circunstancias que más placer han deparado en mi experiencia intelectual, los trabajos de Vicent no estarían en los últimos lugares de la lista. Pues bien, esta mañana no he podido terminar su habitual crónica estival de los domingos. A pesar de su acreditada elegancia, ligereza y empatía, la prosa me ha expulsado de la página del periódico sin haber llegado a la mitad del contenido, como un gourmet que desdeña sin apenas probarlo el plato preferido de su restaurante favorito. Me ha parecido que el autor había agotado la inspiración del mismo modo que el lector ha agotado la paciencia. La generación de la Transición estamos descubriendo que somos transitivos y transitorios y, si bien no queremos morir, sobre todo no queremos vivir al lado de quienes nos recuerdan nuestro declive. El (mi) periódico de referencia se ha convertido en un yermo en el que apenas se siente la atracción de dos o tres firmas. Todo lo demás es impotencia y altanería de anciano que vive en la niebla del pasado. No sé quién inventó aquello de la felicidad de envejecer juntos. Los viejos son el espejo de los viejos, y ¡a qué viejo le gusta mirarse en el rostro que le devuelve su imagen! En la misma edición de hoy del periódico de referencia, puede leerse en primera página : Podemos se queda fuera de juego tras perder la iniciativa. El autor de la crónica consiguiente, en la página trece, es un joven (supongo) periodista al que, por lo que le llevo visto desde hace meses, la empresa ha dado el encargo especializado de dar estopa sin tregua a este partido de la izquierda emergente, y que viene cumpliendo la encomienda con tenacidad y, sin duda, competencia profesional. No puedo reprochárselo porque sé lo que es trabajar en este gremio al inaudible dictado de quien te paga y, además, fungir de independiente. Lo curioso de este asunto es que la crónica no aparece en la edición digital del periódico. Va a resultar que esta vieja dama indigna lleva una doble vida: de día en papel, para consumo de los héroes de la Transición, la tropa de abajo firmantes, fósiles socialistas y adheridos que no paran de cacarear sobre lo que hay que hacer, a favor de la derecha, y de noche en línea para la generación más joven y enredadora a la que quizás no guste que ataquen a sus esperanzas. Fingimiento, un...
El arte de la política
Recuerdo un detalle ínfimo que me llamó la atención en la desasosegante película de Pier Paolo Pasolini, Saló o los 120 días de Sodoma. Los muros de aquella mansión horrenda donde un grupito de viejos prebostes sometía a toda clase de sevicias a un puñado de jóvenes estaban adornados, no con vetustos retratos góticos, que quizás hubiera sido lo previsible si la película fuera del género gore, sino con lienzos reconocibles de pintores futuristas y de otras vanguardias. Este toque escenográfico era, como todo en aquella película, una provocación al espectador progre que formaba el público del cineasta italiano. Pasolini quiso situar con precisión aquel infierno en la república fascista de Saló y a la vez lanzar el mensaje (subliminal, diríamos, si el término significase algo) de que ni el progreso técnico ni la evolución de las artes, es decir, los rasgos más preciosos de la humanidad, tienen que ver con la moral y la política. He vuelto a recordar esta impresión que recibí de Saló al ver las imágenes de los tediosos encuentros de Rajoy con sus adversarios/socios Rivera y Sánchez, donde las víctimas de las sevicias somos los votantes, que se celebran bajo notorios lienzos de Antoni Tàpies y Martín Chirino. He aquí un ritual de política decimonónica, un tejemaneje de cánovas y sagasta, trufado de cálculos ratoneros, marrullerías, ardides, medias verdades y mentiras completas, presidido por pinturas que hace cincuenta años creímos iconos de la libertad y el progreso. En el tedio del estío, era inevitable que un periodista dedicara una crónica al ornamento artístico de las conversaciones por antonomasia. Pero somos un país anecdótico, desde el rey hasta el último mono de la jaula, y también era inevitable que el tratamiento del tema fuera anecdótico. El periodista se pierde en la presunta simbología de las pinturas y en particular en la no menos inevitable cruz característica en los lienzos de Tàpies, que puede ser interpretada en ese contexto como el símbolo de la suma, etcétera. Propongo una explicación con perspectiva histórica. Del mismo modo que los futuristas italianos declinaron hacia el fascismo, lo que hacía pertinente la presencia de sus obras en una sede de la república de Saló, los expresionistas abstractos surgieron en los años cincuenta de la imposibilidad de explicar el mundo que habían heredado. Los norteamericanos, De Kooning, Pollock y los demás, fueron incluso promocionados por las fundaciones culturales de su gobierno a fin de mantener la atención del público alejada de la realidad de la guerra fría. En cuanto a los españoles, Tàpies, Chirino y demás, tuvieron que hacer su obra en un país donde la realidad simplemente estaba censurada por decreto. Así que no es una ironía que presidan despachos...
Dimisionarios
Una crónica de prensa especula sobre la renuncia en último extremo de Donald Trump a competir por la presidencia del imperio. Al parecer, según este cronista, las baladronadas de este falstaff chungo, que tanto gustan al pueblo llano, tienen inquietos y malhumorados a los barones o como se llamen por aquellas coordenadas los principales del partido. La crónica es, como queda dicho, una especulación, caldo de sesos, que es a lo que inevitablemente se dedican en estas fechas los periodistas que no disfrutan de vacaciones. Pero, si fuera como especula el cronista, tampoco sería raro. Vivimos un tiempo en el que los líderes juegan a gobernar el mundo, y cuando se hartan del juego, se retiran. Lo hizo Benedicto Ratzinger, el primer papa dimisionario desde hace siglos, que descubrió que no tenía al espíritu santo de su lado y se retiró al cuidado de monjitas. Lo hizo nuestro Rodrigo Rato, dizque el mejor ministro de economía de la democracia, que huyó de la presidencia del fondo monetario cuando advirtió la crisis se que se venía encima y ahora anda ajetreado por orden del juez. Lo hicieron unas semanas atrás los rutilantes Nigel Farage y David Cameron, después de partir la tibia a los ingleses y a los demás europeos. Todos estos tipos, y Trump, tienen en común haber enredado en el infierno que habita en el alma de su público -mitos, fobias, supersticiones, fetiches- y haber descubierto que no pueden dominarlo, ni siquiera que se pueda hacer algo al respecto. El nihilismo se ha apoderado del poder. Si padecemos un capitalismo de casino, por qué no una política de alquimistas. El desmesurado y grotesco Trump, ya embalado, ha anunciado que mandará al exilio a millones de compatriotas que no tienen su pelo de panocha, ha insultado a un soldado caído por la patria, ha arrojado a un niño a las tinieblas exteriores y se ha referido a su oponente con un insulto medieval, y en cada caso ha recibido el rugido complacido de la plebe embelesada que ocupa las gradas del circo, y que, con suerte, no le impedirá ser el general al mando de la próxima guerra atómica. Una visión optimista del asunto llevaría a pensar que estas dimisiones indican que la cosa tiene remedio, pero basta posar un momento la mirada en los que no dimiten para advertir que esta expectativa es un error. Ahí está nuestro Rajoy, que nunca ha roto un plato ni dimitido de un cargo, jugando al...
La quedada
Bien, los autores de la representación o gamberrada de Platja d’Aro ya han debido comprender el grado de sensibilidad del lienzo en el que trazaron su repentina creación. Arte callejero, juego de desocupados, aburrimiento, simulación, la acción desencadenada en el paseo marítimo de esta plaza turística resulta inaprensible. De hecho, cuesta entender en qué consiste, incluso después de leer atentamente la crónica del suceso. Quizás por eso los medios han puesto en circulación para nombrarla un neologismo en inglés paticojo, flashmob, que en castellano de jerga podría traducirse por quedada. Unos tipos convocados en un punto de la ciudad persiguen o fingen perseguir a otro con gran alboroto por calles muy frecuentadas. ¿Para qué?, ¿para provocar alguna reacción entre el público que pasea por la acera y ocupa las terrazas? Si es así, caben dos resultados. Que el público reciba con indiferencia este despliegue de gritos, aspavientos y carreras, o que, como de hecho ha ocurrido, sea presa del pánico. En el primer supuesto, el resultado es una bobada de menguados; en el segundo, un delito de orden público con daños físicos y materiales susceptibles de reclamación judicial. Los surrealistas predicaron que la más alta obra de arte era salir a la calle armado de un revólver y disparar indiscriminadamente contra la multitud. Desde entonces, la calle ha registrado innumerables obras de arte de este tipo, incluso mucho más sofisticadas e impactantes de lo que imaginaron nunca los surrealistas, las cuales han dejado en el público una sensibilidad lindante con la histeria. Los surrealistas no cambiaron el mundo, pero quienes siguieron literalmente su conseja, sí. En este contexto, qué sentido tiene una quedada, vale decir, un encuentro de vagos. Los autores de la gansada parecen creer todavía que divertimento es echarse a la calle para perturbar a la audiencia, como si la sociedad no estuviera lo bastante alterada por los datos de la realidad y necesitase un teatrillo para darse por aludida y reaccionar en consecuencia. Una mezcla de petulancia e infantilismo ha inspirado the flashmob; es la vieja Europa que se siente juvenil en una cálida noche estival a la orilla del...
Palabras fugitivas
Santería, una palabra cualquiera, que aparece aquí, no por lo que designa o significa, sino porque, después de seis o siete horas la he recuperado, con ayuda de la parafernalia googlelesca, del agujero de olvido en el que la estaba confinada. La historia que ha dado lugar a este rescate es trivial, como el rescate mismo. Café de media mañana con mi amiga inglesa: el hilván de la charla discurre por los atuendos veraniegos y nos lleva al color blanco, y de ahí, no sé cómo, al cándido avío de las oficiantes de esa religión cubana de origen africano, que fuman habanos y agitan ramos vegetales en su rituales, ¿cómo se llama?, sí, hombre, lo tengo en la punta de la lengua. Para que mi interlocutora sepa que sé de qué está hablando, me apresuro a confirmar, sí, lo sé, esas que expelen el humo del cigarro sobre la víctima del maleficio para librarla de él. Pero la palabra precisa que designa el ritual sigue oculta cuando la conversación ha terminado por los cerros de Úbeda y los contertulios se han despedido, presas de malestar porque dejan atrás un vacío, no solo comunicacional sino, cómo decirlo, existencial. El agujero de la memoria borra el pasado de los viejos, que tampoco tienen futuro, y convierte el presente en su único patrimonio. Dejemos de lado el tópico de que estos lapsos de memoria, que generalmente se refieren a nombres concretos, puedan ser síntoma precoz del mal de Alzheimer o, como sugiere Freud en su Psicopatología de la vida cotidiana, una muestra de la represión que arrastramos. Lo primero tiene que ser diagnosticado y lo segundo es opcional creerlo, pero ni una ni otra causa explica cabalmente la frecuencia de estos agujeros repentinos entre los mayores de sesenta. Tengo para mí que estos olvidos -por fastidiosos que sean, y más si, como es habitual, otro contertulio es testigo de tu flaqueza- se producen porque de alguna oscura manera lo quiere el que los padece. Es un mecanismo reflejo para preservar lo que nos queda de libertad. Simplemente, ser viejo quiere decir, entre otras cosas, dejar atrás la indeseable carga del pasado, lo que implica olvidar las palabras que lo nombran. Es cierto que este olvido delata nuestra madeja neuronal como un tejido ajado y lleno de sietes, pero más grave sería perder la vista u otro sentido o la cohesión del esqueleto que nos mantiene en pie, riesgos que también nos merodean, y, si vamos a eso, ¿en qué mejora la calidad de nuestra existencia saber a bote pronto cómo se llama la religión yoruba que se practica en Cuba?, ¿cuántos rozagantes bachilleres de la era Wert podrían responder a esta pregunta...