Una crónica de prensa especula sobre la renuncia en último extremo de Donald Trump a competir por la presidencia del imperio. Al parecer, según este cronista, las baladronadas de este falstaff chungo, que tanto gustan al pueblo llano, tienen inquietos y malhumorados a los barones o como se llamen por aquellas coordenadas los principales del partido. La crónica es, como queda dicho, una especulación, caldo de sesos, que es a lo que inevitablemente se dedican en estas fechas los periodistas que no disfrutan de vacaciones. Pero, si fuera como especula el cronista, tampoco sería raro. Vivimos un tiempo en el que los líderes juegan a gobernar el mundo, y cuando se hartan del juego, se retiran. Lo hizo Benedicto Ratzinger, el primer papa dimisionario desde hace siglos, que descubrió que no tenía al espíritu santo de su lado y se retiró al cuidado de monjitas. Lo hizo nuestro Rodrigo Rato, dizque el mejor ministro de economía de la democracia, que huyó de la presidencia del fondo monetario cuando advirtió la crisis se que se venía encima y ahora anda ajetreado por orden del juez. Lo hicieron unas semanas atrás los rutilantes Nigel Farage y David Cameron, después de partir la tibia a los ingleses y a los demás europeos. Todos estos tipos, y Trump, tienen en común haber enredado en el infierno que habita en el alma de su público -mitos, fobias, supersticiones, fetiches- y haber descubierto que no pueden dominarlo, ni siquiera que se pueda hacer algo al respecto. El nihilismo se ha apoderado del poder. Si padecemos un capitalismo de casino, por qué no una política de alquimistas. El desmesurado y grotesco Trump, ya embalado, ha anunciado que mandará al exilio a millones de compatriotas que no tienen su pelo de panocha, ha insultado a un soldado caído por la patria, ha arrojado a un niño a las tinieblas exteriores y se ha referido a su oponente con un insulto medieval, y en cada caso ha recibido el rugido complacido de la plebe embelesada que ocupa las gradas del circo, y que, con suerte, no le impedirá ser el general al mando de la próxima guerra atómica. Una visión optimista del asunto llevaría a pensar que estas dimisiones indican que la cosa tiene remedio, pero basta posar un momento la mirada en los que no dimiten para advertir que esta expectativa es un error. Ahí está nuestro Rajoy, que nunca ha roto un plato ni dimitido de un cargo, jugando al dominó.