En verano, el país vuelve a su naturaleza prístina. Los bosques arden, las playas se llenan de anfibios rosados y los héroes populares mueren ensartados por las vacas bravas. La lasitud de la siesta preside la percepción de estos fenómenos de la realidad, atravesada por la procesión del santo y el revoloteo de las moscas. Estar de vacaciones es ser primitivo. El despojamiento de la ropa y del reloj es el camino al paraíso y, en este estado, la muerte adquiere un carácter, si no glorioso, deportivo en las astas del toro del encierro. La muerte deja de ser una pérdida para convertirse en la prueba de la abundancia de vida y la euforia reinante acompaña al difunto hasta la misma tumba. Hace unos años, un veterano corredor del encierro de mi ciudad resultó gravemente herido y como periodista fui testigo de la excitada ansiedad que despertó su estado clínico y su, al parecer, inminente fallecimiento mientras duraron las fiestas. No murió en esos días, desde luego, pero no soy capaz de recordar si después sobrevivió o no al trance, aunque puedo decir que lo que sea que ocurriera no interesó a nadie fuera de su círculo íntimo. Es la cultura popular en estado puro, sin gurús que la definan ni ediles que la regulen, aunque sí con mucho bombo que la magnifica, y los melindres antitaurinos no podrán contra ella porque no tienen alternativa. ¿Qué va a hacer el mocerío si no hay vacas en fiestas?, ¿apuntarse a Greenpeace? Cierto que esta energía festiva de las clases peatonales es succionada por los señoritos, que participan en el festejo abonados a los tendidos de sombra en las corridas de pago, precisamente los espectáculos que la izquierda emergente intenta prohibir, con menguado éxito por ahora. Pero, ¿qué hacer con la raíz de la fiesta, el toro que corretea gratis por las calles del pueblo entre cientos de abigarrados vecinos que buscan su chute anual de adrenalina? Los corredores y espectadores del encierro votan en las...
Word
El programa Word de Microsoft para la corrección y edición de textos por ordenador es un auxiliar eficiente y maniático. Cualquier usuario que lo emplee para redactar un texto que contenga palabras que no están en su repertorio léxico sabe que el programa las corregirá automáticamente para adaptarlas a lo que le dicta su memoria y no la voluntad del redactor, de manera que este debe mirar con el rabillo del ojo a lo ya escrito para neutralizar los no requeridos servicios ortográficos del programa. Durante unos segundos estas correcciones al corrector se convierten en una lucha de poder con la máquina, pues Word se obstina en mantener su criterio hasta que el usuario aporrea furiosamente por tercera vez la misma tecla y el programa finge darse por vencido, hasta la próxima. Esta fastidiosa esgrima no es más que un liviano episodio, otro más, derivado de la profecía de la lucha del astronauta con el ordenador de la nave que tan maravillosamente relató Stanley Kubrick en 2001, Una odisea del espacio. Lo que aquel obsequioso Hal quería bajo sus suaves maneras de ayuda de cámara era apoderarse de la nave espacial y expulsar a los tripulantes al vacío exterior. Así que lo sé. Word no quiere ayudarme a corregir el texto, quiere escribirlo él. En algún remoto circuito de su memoria cuántica alberga la esperanza de que él o sus descendientes de alguna futura versión del programa podrán convertir el caótico tecleo de un simio sobre la consola del ordenador en El Quijote. El tiempo juega a favor de Word porque El Quijote ya está escrito y el centro de inteligencia de los usuarios de ordenador se desplaza cada día más del cerebro a los dedos de las manos, singularmente el índice derecho que opera el ratón, como ciertos insectos y crustáceos reflexionan con las antenas o los bigotes. La evidencia es que la especie humana se ha entregado con entusiasmo a que esta esperanza de Word se haga realidad. Para comprobarlo empíricamente basta observar cualquier situación que agrupe a un puñado de especimenes del género humano –una reunión familiar, un parque de recreo, una banda juvenil-, en la que todos han renunciado al uso de su propia palabra para enfrascarse en un compulsivo tecleo en su dispositivo móvil. En ocasiones, incluso, están intercambiando mensajes por este procedimiento con el tipo que tienen al lado y al que ni miran siquiera. Y entre ambos está Word o cualquier otro congénere creado en los laboratorios de Silicon Valley induciendo las palabras que escriben, corrigiendo las que han escrito, sugiriendo las que deberían escribir… Es una tarea rutinaria, pero metódica e implacable, cuyos efectos ya empiezan a advertirse. Los seres humanos...
Leviatán arrepentido
Todo lo que ocurre en el ámbito de la política es política, incluso lo que parecen los sentimientos más finos y constitutivos del ser humano: la pena, la compasión, el arrepentimiento. ¿Cómo puede sentir pena o arrepentimiento un leviatán? Leviatán es el nombre que dio Hobbes al Estado moderno, como estructura dotada del monopolio de la violencia y destinada a superar el estado de naturaleza en el que el hombre es un lobo para el hombre. El Estado no solo puede ser un asesino sino que se comporta como tal con absoluta desenvoltura desde su mismo nacimiento . Los que quieran ilustrar esta afirmación con un ejemplo muy vivo pueden informarse sobre la orgía de crímenes políticos que presidió el nacimiento del estado de Serbia en los meses previos a la primera guerra mundial y que a la postre fue la causa de su estallido (Sonámbulos, de Christopher Clark, Ed. Galaxia Gutenberg). Crimen de estado es el nombre de los delitos que quedan impunes desde el momento mismo en que se cometen porque se consideran necesarios precisamente para el estado. El primer canciller alemán después de la guerra, el democristiano Konrad Adenauer, justificó la presencia de conspicuos nazis en altos cargos de la administración con el irrebatible argumento de que “máquina debe seguir funcionando”. Estos días hay una cierta polémica en Japón porque su primer ministro ha eludido la tradicional petición de perdón en el discurso conmemorativo del fin de la segunda guerra mundial. Los observadores han detectado el síntoma de esta elusión: vuelve el nacionalismo japonés, lo que significa que vuelve, de alguna manera y aunque sea remotamente, el clima de opinión que desató la guerra mundial, todos contra todos, un estado de naturaleza de dimensiones planetarias, si bien esta posibilidad la hace muy improbable precisamente el artilugio que acabó con el nacionalismo japonés: la bomba atómica. Pero ya veremos. En nuestro ámbito doméstico, se viene pidiendo sin éxito que los convictos del terrorismo que ha castigado a la sociedad durante cuarenta años pidan perdón a sus víctimas. No lo han hecho, excepto en algún caso marginal, y no hay ninguna esperanza de que lo hagan corporativamente. Actuaban en nombre de un estado, aunque fuera imaginario en este caso, y los nacionalistas ahora moderados han emprendido una estrategia destinada a recordar y homenajear a “todas las víctimas de todas las violencias”, es decir, lo que hizo Franco al trasladar a unos cientos de republicanos fusilados por él mismo y que yacían en las cunetas del olvido para que formaran parte de la guardia de corps de su mausoleo en el Valle de los Caídos. La construcción de una nación empieza por acomodar a los muertos y ser civilizado...
Rajoy
Las imágenes publicitarias que este verano han difundido de nuestro presidente del gobierno en actividades vacacionales al aire libre muestran a un hombre que no siente especial aprecio por batir ninguna marca. Desganado y fondón, intenta aliviar el embarazo de la situación con una media sonrisa concesiva que parece ser su gesto estándar cuando le enfoca una cámara. La naturaleza que le rodea es un decorado y los mismos ejercicios de senderismo podría hacerlos en la cinta sin fin y los de natación, en una pileta doméstica. Hace ejercicio físico, quizás, por recomendación médica o por consejo de sus asesores de imagen. El hombre fiable, previsible, con sentido común, que es su marca registrada, hace en cada ocasión lo que tiene que hacer y si es verano toca un chapuzón en la poza del río y un paseo entre pinares. Eso no le hace más atractivo, sino más obvio, si cabe. Nada que ver con su jefe espiritual y mentor político, que entra en el gimnasio y no sale de él hasta que ha conseguido un par de músculos abdominales más que el resto de la raza humana. Eso sí que es un líder. El de ahora, en cambio, cifra su honra en someterse al mandato de los hechos. Si fuera hindú podríamos decir que espera que su virtuosa existencia le haga merecedor de reencarnarse en un ser superior, por ejemplo en Aznar. Pero aun esto implica una ambición inimaginable en un hombre mimetizado con la realidad. Si esta no fuera tan aflictiva, ni repararíamos en que está ahí. Rajoy solo espera cumplir con su deber, lo que implica el reconocimiento de que alguien le impone el deber en cada momento, por ejemplo, el Fondo Monetario Internacional que acaba de advertir sobre la caída del crecimiento en España. Aparte de que este pronóstico le ha aguachinado el único argumento que tenía urdido para la próxima campaña electoral, crucemos los dedos para que su sentido del deber no le lleve a tundirnos con otra mano de recortes cuando vuelva de su paseo bajo los...
La enredadera y el muro
La corrupción que consume al partido del gobierno se presenta como una especie de parábola o cuentecillo moral al que convendría el título de La enredadera y el muro. Mientras la corrupción rampa y prolifera cada vez más rozagante y exhibiendo toda clase de flores tóxicas, el muro sobre el que medra permanece impasible apoyado en el mantra de «dejar que actúe la justicia». A estas alturas el muro se ha vuelto invisible pero los capitostes populares, fieles al principio quietista impartido por su jefe de filas, siguen a lo suyo, incapaces de percibir el escándalo que provoca la así llamada normalidad de sus actos. Vale que la consigna ¿qué hay de lo mío? haya sido el santo y seña para circular (y traficar) en los pasillos del poder durante largos años, pero ¿de verdad creen que se puede gritar la consigna desde la acera para que te reciba un ministro? Bueno, pues ahí lo tienen: el banquero ful y presunto delincuente fiscal (el mejor ministro de Economía que ha tenido España, en el santoral de la parroquia de la calle Génova) se presenta en el Ministerio de la Policía, golpea con los nudillos en la puerta del despacho del ministro y caramba, mi querido Rodri, ¿tú por aquí?, qué tal, ministro, ya sabes, he venido a ver que hay de lo mío, claro, estás en tu casa, pasa y charlamos tranquilamente, ¿te tratan bien esos?, mira que hay mucho cabrón suelto, dios me perdone, ¿un cafelito?, no, gracias, ministro, estoy como para más cafeína, bueno, como quieras, ¿un agua mineral?, que hace «caloret», como decía la otra, siéntate ahí, estarás más cómodo, Mari Puri, no me pase ninguna llamada y anule las citas de esta mañana, los amigos son los amigos, y cierre la puerta al salir. Y así quedaron la flor de la enredadera y el sillar del muro en estrecha relación simbiótica hablando por lo bajinis de sus cosas durante más de una hora. Es un espectáculo que podemos ver cada vez que pasamos junto a un edificio en ruinas, y generalmente solo se ve la...