Todo lo que ocurre en el ámbito de la política es política, incluso lo que parecen los sentimientos más finos y constitutivos del ser humano: la pena, la compasión, el arrepentimiento. ¿Cómo puede sentir pena o arrepentimiento un leviatán? Leviatán es el nombre que dio Hobbes al Estado moderno, como estructura dotada del monopolio de la violencia y destinada a superar el estado de naturaleza en el que el hombre es un lobo para el hombre. El Estado no solo puede ser un asesino sino que se comporta como tal con absoluta desenvoltura desde su mismo nacimiento . Los que quieran ilustrar esta afirmación con un ejemplo muy vivo pueden informarse sobre la orgía de crímenes políticos que presidió el nacimiento del estado de Serbia en los meses previos a la primera guerra mundial y que a la postre fue la causa de su estallido (Sonámbulos, de Christopher Clark, Ed. Galaxia Gutenberg). Crimen de estado es el nombre de los delitos que quedan impunes desde el momento mismo en que se cometen porque se consideran necesarios precisamente para el estado. El primer canciller alemán después de la guerra, el democristiano Konrad Adenauer, justificó la presencia de conspicuos nazis en altos cargos de la administración con el irrebatible argumento de que “máquina debe seguir funcionando”. Estos días hay una cierta polémica en Japón porque su primer ministro ha eludido la tradicional petición de perdón en el discurso conmemorativo del fin de la segunda guerra mundial. Los observadores han detectado el síntoma de esta elusión: vuelve el nacionalismo japonés, lo que significa que vuelve, de alguna manera y aunque sea remotamente, el clima de opinión que desató la guerra mundial, todos contra todos, un estado de naturaleza de dimensiones planetarias, si bien esta posibilidad la hace muy improbable precisamente el artilugio que acabó con el nacionalismo japonés: la bomba atómica. Pero ya veremos. En nuestro ámbito doméstico, se viene pidiendo sin éxito que los convictos del terrorismo que ha castigado a la sociedad durante cuarenta años pidan perdón a sus víctimas. No lo han hecho, excepto en algún caso marginal, y no hay ninguna esperanza de que lo hagan corporativamente. Actuaban en nombre de un estado, aunque fuera imaginario en este caso, y los nacionalistas ahora moderados han emprendido una estrategia destinada a recordar y homenajear a “todas las víctimas de todas las violencias”, es decir, lo que hizo Franco al trasladar a unos cientos de republicanos fusilados por él mismo y que yacían en las cunetas del olvido para que formaran parte de la guardia de corps de su mausoleo en el Valle de los Caídos. La construcción de una nación empieza por acomodar a los muertos y ser civilizado en un Estado moderno significa cenar en un restaurante con un asesino en la mesa de al lado sin perder la sonrisa.
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