El programa Word de Microsoft para la corrección y edición de textos por ordenador es un auxiliar eficiente y maniático. Cualquier usuario que lo emplee para redactar un texto que contenga palabras que no están en su repertorio léxico sabe que el programa las corregirá automáticamente para adaptarlas a lo que le dicta su memoria y no la voluntad del redactor, de manera que este debe mirar con el rabillo del ojo a lo ya escrito para neutralizar los no requeridos servicios ortográficos del programa. Durante unos segundos estas correcciones al corrector se convierten en una lucha de poder con la máquina, pues Word se obstina en mantener su criterio hasta que el usuario aporrea furiosamente por tercera vez la misma tecla y el programa finge darse por vencido, hasta la próxima. Esta fastidiosa esgrima no es más que un liviano episodio, otro más, derivado de la profecía de la lucha del astronauta con el ordenador de la nave que tan maravillosamente relató Stanley Kubrick en 2001, Una odisea del espacio. Lo que aquel obsequioso Hal quería bajo sus suaves maneras de ayuda de cámara era apoderarse de la nave espacial y expulsar a los tripulantes al vacío exterior. Así que lo sé. Word no quiere ayudarme a corregir el texto, quiere escribirlo él. En algún remoto circuito de su memoria cuántica alberga la esperanza de que él o sus descendientes de alguna futura versión del programa podrán convertir el caótico tecleo de un simio sobre la consola del ordenador en El Quijote. El tiempo juega a favor de Word porque El Quijote ya está escrito y el centro de inteligencia de los usuarios de ordenador se desplaza cada día más del cerebro a los dedos de las manos, singularmente el índice derecho que opera el ratón, como ciertos insectos y crustáceos reflexionan con las antenas o los bigotes. La evidencia es que la especie humana se ha entregado con entusiasmo a que esta esperanza de Word se haga realidad. Para comprobarlo empíricamente basta observar cualquier situación que agrupe a un puñado de especimenes del género humano –una reunión familiar, un parque de recreo, una banda juvenil-, en la que todos han renunciado al uso de su propia palabra para enfrascarse en un compulsivo tecleo en su dispositivo móvil. En ocasiones, incluso, están intercambiando mensajes por este procedimiento con el tipo que tienen al lado y al que ni miran siquiera. Y entre ambos está Word o cualquier otro congénere creado en los laboratorios de Silicon Valley induciendo las palabras que escriben, corrigiendo las que han escrito, sugiriendo las que deberían escribir… Es una tarea rutinaria, pero metódica e implacable, cuyos efectos ya empiezan a advertirse. Los seres humanos que interactúan en estos círculos solo utilizan el aparato fonador que les ha dado la naturaleza y que se aloja en su garganta y boca para frases muy cortas y estereotipadas, improperios y ocurrencias tópicas. Están a tres pasos de regresar al simio que fueron. Word es un programa viejo, al menos para el cómputo del tiempo en las nuevas tecnologías, y ha convivido largamente con literatos y letraheridos de la era Gutenberg, así que no es improbable que haya absorbido alguno de los sueños más queridos de estos; por ejemplo, ingresar en la Real Academia Española. Nada sería más lógico que un sillón de académico para una herramienta informática que produce lenguaje y enmienda el que producen los demás, y nada más propio para alguien que se llama Word y puede corregir y enmendar a los fungibles muñozmolinas, cebrianes, perezrevertes, vargasllosas, javiermarías, blecuas, pombos, et alii. Ah, mira, ahí está el diligente Word avisándome con su puntual subrayado en rojo que las palabras que acabo de escribir no existen o no son correctas. Pues corrígelas o bórralas tú mismo, si puedes, qué caramba.