El obispo de Córdoba ha debido encontrar un auténtico placer desafiando a la opinión pública con el traslado de un cura acusado por abusos a una menor a una parroquia cercana a la que el cura tenía prohibido el acceso por una orden de alejamiento del juez. Los poderosos no son sensibles al escándalo de sus delitos. La razón es que a menudo ni siquiera comprenden que su acción sea un delito. Es lo que distingue la crianza bajo el peso de la ley o por encima de ella. La plebe vive para cumplir la ley; los poderosos, para dictarla. Un ratero escapa corriendo tras dar un tirón a una cartera con cincuenta euros; el banquero acusado de lavado de dinero y fraude fiscal por millones de euros va a encontrarse con el ministro de la policía para negociar el trato que espera recibir de la justicia. Los portavoces del partido del gobierno, enfangados en estos tiempos en la tarea de lidiar con los delitos de sus capitostes, se desgañitan pregonando en cada ocasión que la justicia es igual para todos, conscientes de la extrañeza que este tópico provoca, también en ellos. No lo repetirían tanto si lo creyeran. Los obispos, desde luego, ni lo creen ni lo pregonan. Dos mil años disfrutando de un fuero privativo les da una perspectiva propia sobre qué cosa sea la justicia. Los delitos no son los que fija el código penal sino los pecados que ellos dictaminan como tales, y los pecados, por definición, los cometen los otros. La grey, no los pastores. Esta arrogancia moral -que tan bien hemos conocido los educandos en la religión católica-, históricamente apoyada por el guardia de la porra del poder civil, explica el comportamiento de los obispos ante los proliferantes casos de pederastia en sus filas. Un capo mafioso defiende a los suyos porque todos están fuera de la ley; un obispo defiende a sus curas porque ellos hacen la ley. A aquel papa polaco, santo súbito, gritaban sus fanáticos, no le pareció inoportuno tener como confesor a un pederasta manifiesto. Tampoco fue obstáculo para que su sucesor lo elevara a los altares (al papa, no al pederasta). Lo que ha cambiado es que la justicia civil ya no está incondicionalmente del lado de los obispos y sus curas. Puede considerarse un avance democrático, lo que provoca en los obispos un inevitable rictus. Y, en los más belicosos, el deseo de...
Némesis
Uno de los anhelos más vehementes de los viejos es ser dueños de nuestro pasado y que los recuerdos nos dejen en paz. Pero el pasado no es una propiedad tan privada como nos gustaría. La ciudad de provincias es forzosamente promiscua y en sus calles resultan inevitables los encuentros con personas que tiempo atrás se han cruzado en tu camino y, de alguna manera, despiertan estados de ánimo en los que se mezcla la sorpresa, la antipatía y, extrañamente, el temor. Uno de esos espectros del indomable pasado es Eransus. No sé su nombre de pila porque fuimos compañeros durante un curso o dos hace medio siglo y en aquella circunstancia nos conocíamos por el apellido. Es un tipo alto, espigado, al que la edad y la cerveza han otorgado una barriguita prominente, de aire absorto y diría que meditabundo si no fuera porque la expresión miope de su cara parece indicar que no encuentra la idea que está buscando. Lo que hace relevante a Eransus es que lo encuentro en cualquier lugar, cualquier día y a cualquier hora con una insólita frecuencia desde hace ya un montón de años. Generalmente, los encuentros callejeros con el pasado están regidos por dos principios que los hacen soportables: la rutina, que los vuelve previsibles, y su contrario, el azar, que los hace inciertos. Pues bien, los encuentros con Eransus ignoran estas cautelas. Ni sé dónde voy a encontrarlo, ni puedo esperar que no lo encontraré. Lo único seguro es que está ahí, como una parte ambulante del mobiliario urbano. Esta proliferante ubicuidad se vuelve contra mí porque quiere decir que yo también estoy ahí. Su mirada me cosifica, que díría Sartre, igual que la mía le cosifica a él. Es verdad que el instinto de supervivencia hace que esas miradas sean tan livianas, tan volátiles, que no dejarían huella en la memoria sino fueran tan forzosamente reiterativas. A estas alturas del cuento, el improbable lector de esta bitácora se estará preguntando que mórbido acontecimiento me unió en el pasado con Eransus para que estos cruces de dos destinos circulares provoquen tal suplicio, no por momentáneo menos intenso. Pues bien, todo se remonta a un caluroso día de primavera en el que Eransus acudió a clase sin libros y, para fingir lo contrario, me pidió uno de los míos. Le presté el de literatura para que lo tuviera abierto sobre el pupitre durante la clase, pero la tendencia al ensimismamiento de Eransus hizo que garabateara distraídamente algunas frases idiotas en una página de libro; cuando se dio cuenta, quiso remediarlo borrándolas pero como las había escrito con bolígrafo no se le ocurrió mejor procedimiento que rasparlas con una hoja de afeitar...
Comparaciones odiosas
Que yo recuerde a bote pronto, solo dos personas, aunque hubo sin duda muchas más, pusieron en evidencia el carácter amenazador de Hitler cuando éste era solo el recién llegado canciller de Alemania y no el criminal de guerra y genocida que luego llegó a ser. Una de estas personas fue el periodista Sebastian Haffner; el otro, el cineasta Charles Chaplin. El primero no llegó a publicar sus memorias en 1939, cuando las escribió (Historia de un alemán, Ed. Destino, 1997), y el segundo encontró toda clase de reticencias para producir El gran dictador, que pudo ser estrenada en 1940, cuando ya Hitler había empezado su belicosa campaña en Europa y entonces, sí, fue un gran éxito. En España no pudimos verla hasta 1976 porque, en la burbuja fascista en que vivió el país hasta ese año, Hitler era un personaje respetable que quiso el bien de Alemania y tuvo mala suerte porque sus enemigos -el contubernio judeomasónico- eran más fuertes. Donald Trump, el candidato republicano a la presidencia de Estados Unidos que ha amenazado con la deportación de 11 millones de inmigrantes, con la erección de un muro en la frontera con México y con la condena a la condición de infraciudadanos a los hijos e inmigrantes sin papeles “no es Hitler culpando a los judíos de todos los males”, escribe hoy en la prensa en periodista mexicano Jorge Zepeda Patterson, en una recensión ponderada y cauta del personaje. Pero ¿es que acaso Hitler era Hitler antes de 1939? Lo que se juega en este envite es que el tipo que propone las brutales medidas antimigratorias (los judíos de los años treinta son hoy los emigrantes en el mundo desarrollado) estará al frente de la primera potencia del planeta si los votantes lo hacen posible, como de hecho hicieron posible el ascenso del dictador nazi. De momento va en cabeza de las encuestas y ya ha conseguido poner a su estela a los demás candidatos de su partido, que pujan desesperadamente por acercarse al éxito de sus delirantes propuestas. Hitler era un alemán típico, como Trump es un norteamericano típico. Ninguno de los dos oculta ni sus orígenes ni sus metas. El primero, ex combatiente de la guerra, como millones de sus compatriotas, postulaba que su país emergiera de la humillación y la derrota. El segundo, un ricacho como aspiran a serlo millones de sus compatriotas, quiere elevar a una categoría sublime el modo de vida americano. En ambos casos, el proyecto es ampliamente compartido por los suyos y excluyente para los definidos como otros. En ambos casos, exhiben una apariencia extravagante y sin embargo común en la moda de la época: Hitler con su bigotito y su...
Tigres de papel
Ha regresado del olvido esta poética expresión del Presidente Mao, en gloria esté, gran timonel de la revolución, adorado por un sinnúmero de izquierdistas del mundo, incluidos los seminaristas de mi pueblo, al ver la lluvia de órdenes de compraventa, pagarés, bonos y demás títulos financieros hechos trizas sobre el parqué de la bolsa del Shangai, y que amenaza con formar un tsunami que anegará los palacios bursátiles de Frankfurt, Nueva York, etcétera. Tigre de papel. La expresión originaria aludía al imperialismo capitalista que gobernaba Estados Unidos y amenazaba a los pobres de la tierra. Jesús, jesús, la de cosas que hemos visto, maese Shallow. Ya lo puede decir, maese Falstaff, cuando éramos jóvenes la realidad estaba protagonizada por las masas y era rotunda y opaca como una bola de billar, así que el único modo de conocerla era a través de la poesía y en este terreno Mao Tse Tung, como se decía entonces, era un virtuoso. Su reinado estuvo jalonado por la Larga Marcha, las Cien Flores, el Gran Salto Adelante, la Revolución Cultural y otros poemas menores cuya memoria dejo al cuidado de Google y que parecían la colección de cartas de un inspirado recluta del ejército rojo a su novia. Llegamos a creer que aquellos jovenzuelos enardecidos y fanáticos, ataviados de obreros ferroviarios, que torturaban en la calle a los llamados revisionistas eran la reencarnación de Baudelaire y Rimbaud. ¡Qué carajo, los chinos, cuidado que se dan maña para tenernos en vilo! ¿Se acuerda de cuando se decía que si todos los habitantes de China dieran un saltito al unísono se alteraría el eje de rotación de la Tierra? Pues ya están otra vez aquí dando saltitos, maese Shallow. Antes todos queríamos ser proletarios para imitar a los chinos y ahora todos somos capitalistas para imitarlos también, sus tasas de crecimiento, su expansión inversora, su capacidad de trabajo sin horarios ni seguridad social… Ya lo puede decir, maese Falstaff, siempre queremos ser chinos, proletarios o capitalistas, pero chinos, y siempre jodidos, como los chinos. (Largo silencio). ¿Se da cuenta de lo mucho que hemos vivido, maese Shallow, lo vertiginosa que ha sido la vida que ha pasado a través de nuestros huesos? Yo desfilé una vez con el Libro Rojo de Mao en la mano y ahora mi fondo de pensiones se ha ido por el desagüe de la bolsa de Shangai. El tiempo lineal y el progreso, maese Falstaff, son supersticiones occidentales; los chinos no creen en...
El desierto
No es casualidad que las religiones del Libro hayan brotado en el desierto. Un dios abstracto, omnívoro y amenazadoramente eterno necesita el vacío para medrar: un lugar donde habitan los espejismos visuales y las alucinaciones auditivas y las zarzas arden sin consumirse a la puesta del sol. Al contrario que sus congéneres de otras partes del planeta, el dios de los beduinos no nació de una leyenda ofrecida por la naturaleza en la que participan la lluvia, las flores, los ríos, las nubes y los pájaros, sino que fue revelado por el silbido del viento entre las rocas peladas y el cielo incendiado sobre la cabeza. Su historia no es un cuentecillo que dé solaz en el fuego de campamento sino una fatigosa construcción teológica, una interminable pirámide de disquisiciones y mandatos que no tiene fin porque su propósito es llegar al cielo. El vengativo dios del desierto empuja a las caravanas a emprender la marcha, las hostiga por el camino y las espera en el punto de destino para pedirles cuentas. Los adeptos al Libro están, en consecuencia, aquejados de ansiedad, de intransigencia y, en último extremo, de nihilismo. Si su dios está en todas partes, ¿dónde están ellos?, ¿y qué deben hacer? Las tres religiones del desierto han seguido rumbos diferentes. Los cristianos se instalaron pronto en Roma y Bizancio -las babilonias de la época-, codificaron férreamente las enseñanzas del Libro para evitar disidencias y hacerlo manejable para la autoridad, y levantaron sendos imperios en oriente y occidente que les permitieron gozar sin medida de los frutos del paraíso terrenal reconstituido. Los judíos, a su turno, llevaron su desorientación y el susurro de sus plegarias por todo el mundo hasta que una señal (bien contundente, por cierto) les ordenó el retorno al desierto donde les esperaba una parcela de tierra prometida, no importa que hubieran nacido desde generaciones atrás en Cuenca, Vladivostok, Buenos Aires o Ciudad del Cabo. La tercera corriente de adeptos del Libro, los musulmanes, nunca abandonaron el desierto (no puede decirse que Al-Andalus fuera un vergel antes de que llegaran los huertanos árabes) y, por el contrario, se vieron invadidos en él, así que han iniciado su reconquista. La destrucción de los monumentos de Palmira por los fanáticos del estado islámico es un intento de restaurar el vacío primigenio. La dinamita abate la arquitectura y deroga la historia, hace tabla rasa del espacio y del tiempo, y devuelve los sillares tallados a la arena de la que proceden. Ahora, los fieles podrán oír sin interferencias la revelación que silba entre las dunas bajo el cielo...