Que yo recuerde a bote pronto, solo dos personas, aunque hubo sin duda muchas más, pusieron en evidencia el carácter amenazador de Hitler cuando éste era solo el recién llegado canciller de Alemania y no el criminal de guerra y genocida que luego llegó a ser. Una de estas personas fue el periodista Sebastian Haffner; el otro, el cineasta Charles Chaplin. El primero no llegó a publicar sus memorias en 1939, cuando las escribió (Historia de un alemán, Ed. Destino, 1997), y el segundo encontró toda clase de reticencias para producir El gran dictador, que pudo ser estrenada en 1940, cuando ya Hitler había empezado su belicosa campaña en Europa y entonces, sí, fue un gran éxito. En España no pudimos verla hasta 1976 porque, en la burbuja fascista en que vivió el país hasta ese año, Hitler era un personaje respetable que quiso el bien de Alemania y tuvo mala suerte porque sus enemigos -el contubernio judeomasónico- eran más fuertes. Donald Trump, el candidato republicano a la presidencia de Estados Unidos que ha amenazado con la deportación de 11 millones de inmigrantes, con la erección de un muro en la frontera con México y con la condena a la condición de infraciudadanos a los hijos e inmigrantes sin papeles “no es Hitler culpando a los judíos de todos los males”, escribe hoy en la prensa en periodista mexicano Jorge Zepeda Patterson, en una recensión ponderada y cauta del personaje. Pero ¿es que acaso Hitler era Hitler antes de 1939? Lo que se juega en este envite es que el tipo que propone las brutales medidas antimigratorias (los judíos de los años treinta son hoy los emigrantes en el mundo desarrollado) estará al frente de la primera potencia del planeta si los votantes lo hacen posible, como de hecho hicieron posible el ascenso del dictador nazi. De momento va en cabeza de las encuestas y ya ha conseguido poner a su estela a los demás candidatos de su partido, que pujan desesperadamente por acercarse al éxito de sus delirantes propuestas. Hitler era un alemán típico, como Trump es un norteamericano típico. Ninguno de los dos oculta ni sus orígenes ni sus metas. El primero, ex combatiente de la guerra, como millones de sus compatriotas, postulaba que su país emergiera de la humillación y la derrota. El segundo, un ricacho como aspiran a serlo millones de sus compatriotas, quiere elevar a una categoría sublime el modo de vida americano. En ambos casos, el proyecto es ampliamente compartido por los suyos y excluyente para los definidos como otros. En ambos casos, exhiben una apariencia extravagante y sin embargo común en la moda de la época: Hitler con su bigotito y su flequillo y Trump con su agresivo pelucón como una racial mazorca de maíz sobre la cabeza. En ambos casos, sus discursos rompen aposta el marco de la decencia política universalmente convenido. Hitler lo consiguió, ¿por qué no habría de conseguirlo Donald Trump?
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