En cierta tertulia televisiva, la conductora del programa consideraba hace un par de días intolerable que se comparase a las “pobres víctimas de París” con los efectos colaterales -¿entenderán el eufemismo los historiadores de dentro de dos siglos, si es que aún hay historia que contar?- de los bombardeos sobre el “nido de los terroristas” y, en consecuencia, la misma presentadora expulsó de la tertulia a una de las participantes que se mostraba vehementemente contraria a los bombardeos como respuesta a los atentados. Resultado del partido: terroristas islámicos, es decir, fanatismo político-religioso, 1; Voltaire, es decir, Europa, 0. La palabra nido evoca un lugar pequeño, recoleto, cálido y afectivo donde viven sus primeras semanas numerosas especies de la fauna de la tierra y aplicarlo a la ciudad de Raqa, que es la que se está bombardeando, no tiene más sentido que calificar a sus habitantes de ratas, arañas, piojos, serpientes o cualquier otra especie merecedora del exterminio. Raqa, de la que nadie excepto los estrategas militares sabe su ubicación en el mapa, tuvo hasta que empezó la guerra un millón de habitantes del que quedan en la ciudad la mitad. Podemos imaginar que una parte de la otra mitad está merodeando por las fronteras de la Unión Europea, lo que da una idea del esfuerzo fumigatorio que aún nos espera y que gestionarán Marine Le Pen et alii. Sobre el cielo de Raqa pasean aviones de bombardeo rusos, franceses, norteamericanos y sirios, cada uno con sus propios objetivos políticos y en consecuencia también militares. Un misil aquí y otro allá, todos inteligentes, claro. Los raquenses (¿se llamarán así?) escapan y no saben de qué, del mismo modo que nosotros bombardeamos y no sabemos por qué. En todo caso, la autoridad competente en la ciudad – militar, por supuesto, como diría Tejero- ya ha declarado el estado de sitio, como Hollande en París, y ha cerrado Internet, lo que sumado al corte de electricidad y agua, ha devuelto a la ciudad a la Edad Media. Quizás ese era el objetivo último de los promotores del califato, de modo que, por ahora, el viento de la historia les da la razón. En los buenos tiempos de la guerra de Vietnam, los estrategas del Pentágono se proponían explícitamente devolver al país a la Edad de Piedra, así que aún queda un buen trecho para seguir bombardeando Raqa, y no hay duda de que ganaremos esta guerra de fumigación, aunque solo sea por goleada tecnológica. Hoy, Vietnam es un país turístico y ese parece nuestro objetivo cuando bombardeamos Raqa: poder tomar copas en las terrazas de la metrópoli por la noche e ir a los países periféricos en vacaciones para hacernos un selfie...
El coro
Una prueba fehaciente de la repentización que rige la acción política es la imprecisión del lenguaje. Rajoy es consciente de esta flaqueza e intenta enmascararla proclamando obviedades y tautologías del tipo, “las decisiones se toman en el momento de tomarse”, en un tono circunspecto y meditado. Es el colmo de la pertinencia de las palabras al servicio de un significado vacío, y el público tiene que fijarse en el parpadeo de su ojo izquierdo para evaluar la fiabilidad del mensaje. Hasta donde tengo observado, este parpadeo se intensifica cuando la parla presidencial alude a un suceso aciago e imprevisto en su parsimoniosa agenda. La última vez, al declarar sobre la participación de España en la lucha antiterrorista desatada por los atentados de París. Pero es que Rajoy no va a ninguna parte; solo espera que las circunstancias le lleven al mejor puerto posible. Los demás políticos en liza sí están obligados a hacer propuestas, formular críticas y proclamar consignas, es decir, a batear el lenguaje para movilizar el voto y la opinión, y lo hacen con notoria despreocupación, a voleo, aquí te pillo, aquí te mato. De esta práctica resulta un surtido de sintagmas inanes –abrir el melón, líneas rojas, hoja de ruta, etcétera- que alguien suelta al aire y durante una temporada van dando tumbos por la plaza pública hasta que desaparecen sin que nadie los eche en falta. En el silencio retórico impuesto por los atentados de París y donde, como queda dicho, lo más claro ha sido el parpadeo involuntario de nuestro presidente, he vuelto a encontrar al fondo de la red, como un fragmento de morralla, no de metralla, uno de estos clichés, presidencia coral, de gran predicamento hasta hace cuatro días. La lanzaron a principios del mes pasado los portavoces de la CUP catalana para sugerir su fórmula de gobernación de la Generalitat. Viniendo de quien viene, lo lógico hubieran sido otros sinónimos: soviet, consell obrer y camperol, incluso asamblea constituyente perpetua. También podrían haber recurrido al más exacto y tecnocrático de presidencia colegiada. Pero, por alguna razón poética o sardanesca, prefirieron presidencia coral sin advertir del mal fario de su carga connotativa. La palabra coro tiene dos acepciones principales entre el divertimento y la tragedia, ya sea una agrupación de voces humanas para “cantar, regocijarse o celebrar algo”, como reza el diccionario RAE o un grupo de máscaras que advierten de la desgracia que le espera al héroe sin que este sea consciente del peligro. Por lo que llevamos visto hasta ahora, el coro ha cumplido en Cataluña ambas funciones: divertimento para unos y desgracia para...
El carnaval
Ya hace algunos años que tuve un indicio de que el espejo podía romperse, o para decirlo con más claridad, que hay otro universo en el que los hechos pueden ser observados como parodia. Fue cuando le comenté a mi amigo Xabi, mi asesor en materia de redes sociales y otros líos, que había leído cierta noticia en El País, mi diario habitual, y me replicó: yo también la he leído en Menéame. Nunca había oído que hubiera una fuente documental llamada Menéame donde se pudiera leer algo pero, en efecto, es un sitio de Internet donde son los lectores los que eligen la noticia que les llama la atención y la llevan a primera plana, como se decía en el periodismo de antaño, según el número de meneos que recibe, y en consecuencia crean aleatoria y asambleariamente la realidad que se les antoja. Hoy, este sitio es un clásico de internet, igual que El Mundo Today, que también me mostró Xabi, donde se informa de una realidad paralela completamente absurda pero inquietantemente idéntica a la que vivimos. Los viejos debemos comprender que este universo paralelo replica con extraordinaria celeridad los hechos y lo hace en clave paródica, tan intensa que disuelve la realidad misma. El radiofonista Carlos Herrera es un viejuno típico, en el que años de oficio han nutrido un narcisismo del que probablemente ni siquiera sea consciente y tuvo la tonta idea de emitir una autofoto junto a las flores y velas de condolencia dejadas por los parisinos en uno de los lugares del atentado. Pues bien, antes de que cualquier moralista o semiólogo pudiera decir una palabra sobre esta ocurrencia, en Internet ya habían brotado un sinfín de réplicas de este selfie en las que la misma imagen del radiofonista aparece junto a iconos, se llaman así, creo, del siglo XX, desde la bomba de Hiroshima a El rey león. La cosa no ha parado ahí y ya son todas las estrellas del periodismo televisivo español las que han sido burladas por su postureo informativo desde París. El término mismo, postureo, tiene un sentido derogatorio, letal, respecto a la actividad de estos periodistas, del mismo modo que el obispo que oficia una liturgia es negado por su máscara en la fiesta de carnaval, y el carnaval irrumpe cuando la desconfianza hacia la realidad que se nos ofrece se ha vuelto insoportable. Yo mismo, aquí estoy todos los días, probándome un disfraz tras otro para participar en la...
Hollande s’en va-t-en guerre
El estado y la democracia mantienen por definición una relación inestable, conflictiva, erizada de distingos, reivindicaciones, opiniones e intereses cruzados y a menudo enfrentados. Lo hemos visto estos días pasados en la carajicomedia de Cataluña. La democracia es un bosque barroco que asedia al edificio clásico del estado, que tiende a lo lineal, lo unánime, lo diáfano, lo macizo, y estas cualidades se manifiestan gloriosamente en una situación de guerra. El estado es el poder de decretar el estado de excepción, en palabras más o menos literales de Carl Schmitt. Francia ya ha decretado el estado de excepción y Hollande emprende la guerra. Atacado por una fuerza totalitaria, rabiosamente antidemocrática y profundamente ajena a nuestros valores, el estado francés (y cualquier otro) encuentra sus fundamentos en un enemigo obvio, aunque apenas resulte identificable. Los atentados terroristas causan víctimas en la población civil pero también ponen en ridículo al estado que no ha sabido o no ha podido protegerla, así que la única vía es la guerra para salir del miedo y de la vergüenza. Es un momento mágico de unanimidad del estado y la sociedad, y pobre del tibio o del escéptico que no se sume al consenso. Lo advertimos después del 11-S en todo el mundo y habríamos podido advertirlo después del 11-M en España si el gobierno no se hubiera empeñado en confundir la identidad del enemigo. Lo advertimos ahora en la repentina euforia que se manifiesta en las tertulias televisivas, que no sirven para entender razones pero sí para detectar estados de ánimo. Ya hemos llegado a donde querían los terroristas. Ellos también aspiran a un estado -paradisíaco, como todos, con mujeres veladas y dieta de dátiles- y a este fin ejercitan una violencia prístina. Ningún estado nace sin definir, y liquidar, si se puede, a sus enemigos. Así que, Viva la muerte, como proclamó el mutilado Millán Astray en el momento fundacional del estado del que aún somos herederos. Y hasta aquí, la retórica. Ahora, ¿qué va a hacer Hollande? Pues se puede adivinar: bombardeará algún lugar de Siria, que irrumpirá en nuestra imaginación como si fuera parte de un videojuego (el empleo de drones refuerza este trampantojo) y luego ya veremos; enviará quizás tropas sobre el terreno, como quieren los más belicistas, y luego ya veremos. En esas estamos en Afganistán, en Irak y ahora en Siria, y luego ya veremos. Lo cierto es que el campo de batalla cada día es más extenso y más numerosos son los combatientes de uno y otro lado, aunque no sepamos con claridad contra quién y por qué combatimos. Ya veremos. Recordamos con una sonrisa la propuesta de un llamado diálogo de civilizaciones. Ahora estamos en el...
La vida de los otros
Las redes sociales son una misa universal en la que los oficiantes entregan su cuerpo y su alma a los participantes en el ágape, a estas alturas convertido en festín. Estás ahí, en el muro de Facebook, en los trinos de Twitter, en los carraspeos de Whatsapp, y los demás te ven, te acarician, te manipulan, te recuerdan, te llaman, te detestan, chatean (no conversan, ni hablan) contigo, y se alegran o se entristecen con tu avatar. La cualidad viral o vírica de la nanotecnología de la red permite que un estornudo contagie a miles de usuarios. Cualquiera pueda activar un mensaje inane, que la red carga automáticamente de connotaciones emotivas que se expanden exponencialmente, si vale decirlo así, porque las redes se parecen más a una charca de líquido amniótico que a la maraña capilar que sugiere su nombre. El emisor y el receptor son legión, como el demonio bíblico; el código de la señal tiende a complejidad cero (el lenguaje amasado durante milenios para distinguir a un grupo humano de otro se resuelve en interjecciones y emoticonos) y, por último, el acto mismo de la comunicación se convierte en contaminación. Así que los más neuróticos –un segmento decreciente de gente mayor- ni siquiera se acercan a la red, como si pudieran escapar, y los más cautos pululan como los urbanitas japoneses y chinos, con un tapabocas profiláctico que les enmascara la voz y el rostro. En vano, porque las redes viven por ti, ni siquiera necesitas respirar con tus propios pulmones ni palpitar con tu corazón. Incluso te dan el pésame por tu propia muerte. Es lo que le ha ocurrido a un español dado por muerto en los atentados de París, al que, según confesión propia, le jodía entrar en Facebook. Es un momento atroz para el enredado porque si estás muerto de verdad no puedes dar las gracias por las condolencias y muestras de afecto que te escriben en tu muro (lápida, ahora), y si estás vivo, como en este caso, debes tomar una decisión crítica. Lo más ético, pero también lo más difícil, es rebelarte contra el mandato de la red y afirmar tu existencia, pero la salida más cómoda sería darle la razón a Facebook y empezar una nueva vida (¿?), dejémoslo en nuevo avatar. Escribo estas aprensivas líneas inducido por el reciente artilugio llegado a mi rincón de los cachivaches: un dispositivo móvil (o como se llame, porque no puede moverse si no me muevo yo) de pantalla táctil y colorines risueños que aspira a convertirse en el depositario de mis querencias, rutinas y secretos que hasta ahora llevaba en la cabeza y ese chisme quiere que ahora lleve en el bolsillo....