Jornada de reflexión

Posted by on Dic 19, 2015 in Miradas |

He tardado en encontrar el busilis de la noticia titulada como el intrigante resumen de un relato de misterio: ”El juez ve delito en la filtración del falso desnudo de Teresa Rodríguez”. Un desnudo, una falsificación, una filtración y un juez buscando la verdad… la cosa promete. En el subtítulo de la noticia aparece “un alto cargo del PP”, lo que redobla la intriga y nos hace salivar a los aficionados al género. La vida pública española ha sido durante los últimos cuatro años una versión celtibérica de las novelas de Dashiell Hammet, una especie de Chicago años 20 sin ametralladoras Thompson y con incrustaciones de Rinconete y Cortadillo. Así que leo la historia con suma atención y es la siguiente: en inicio, las redes sociales -ese patio de comadres- difundieron una fotografía de una chica desnuda en la playa a la que atribuyeron la identidad de la líder andaluza de un partido emergente; esta negó que ella fuera la que aparecía de la imagen pero el comadreo digital continuó su labor y, por último, la chica que aparecía en la foto se sintió atacada en su intimidad y pidió amparo al defensor del pueblo de su comunidad; el funcionario que gestionó la queja filtró la identidad y la dirección de la muchacha a un periódico de la derecha del que es columnista. Finalmente, la redoblada protesta de la muchacha ante el nuevo asalto, esta vez por parte del periódico, que quiso entrevistarla, llevó el asunto al juez, que aprecia indicios de delito en la filtración por un funcionario público de un dato protegido. El caso es un excelente material para reflexionar sobre lo que nos jugamos mañana. Veamos: 1) Fuerzas ocultas en la jungla de las redes sociales intentan desacreditar a la líder de un partido emergente mediante el procedimiento de asaltar su intimidad, en la confianza de este intento servirá de algo en un país trivial y anecdótico como el que habitamos. 2) La verdadera víctima del asalto pide amparo a la institución pública encargada de protegerla y el primer impulso del funcionario al cargo, designado a dedo en el marco del incesante chalaneo de los partidos gobernantes, es entregar el material protegible (la identidad y la localización de la denunciante) al periódico de su cuerda, de acuerdo con el hipotético protocolo, “ya que no podemos joder a la líder política, que era el principal objetivo, jodamos a esta chica, que es una don nadie, y de paso aprenderán estos jóvenes a no tomar el sol en pelota”. Y 3), como colofón, resulta que el funcionario aludido, un remoto subalterno de una institución regional, no solo es columnista, imaginamos que retribuido, del periódico al que ha hecho...

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El desencanto

Posted by on Dic 18, 2015 in Miradas |

La televisión es la casa de los muertos. Los programas de actualidad son espasmódicos y los otros –cine, documentales-, funerarios. No extraña, pues, que los autores de guiones de terror utilicen el televisor como ventana de apariciones y fantasmas. Ayer me sorprendió, y me atrapó, la emisión de El desencanto, la película de Jaime Chavarri que revolucionó al público a su estreno en 1976, tampoco hace tanto tiempo. Todos están muertos, pensé mientras veía a la viuda y a los tres hijos del poeta falangista Leopoldo Panero contar a la cámara sus cuitas familiares. Nada queda de aquel grupo humano congelado en el acto de arrancarse la piel a tiras con una mezcla apenas impostada de narcisismo y desesperación, como lo hicieron hace cuarenta años, cuando aún estaban vivos y sin duda tenían esperanza porque de lo contrario no se hubieran sometido a ese trance en el que el exhibicionismo moral debía tener una función catártica, lo que quiera que signifique eso. A la vista de los hechos, nada. Nos sobreviven, como si no tuvieran historia, nuestras imágenes y la ciudad que habitamos y la sociedad que nos envuelve; solo los individuos estamos enfermos del tiempo y morimos. El cine español es más valioso como documento histórico que como arte y, en ese sentido, El desencanto fue una película revolucionaria de un modo que no podíamos apreciar cuando se estrenó; creíamos que hablaba del pasado y pronosticaba el futuro, que ahora ya es pasado. El título dio nombre a un fugaz sentimiento colectivo de moda en los años ochenta cuando, al parecer, la sociedad se desencantó de los frutos de la democracia en una versión pop del “no es esto, no es esto” orteguiano, pero el mensaje de la película es más trágico. Lo que cuenta es que la generación de alumbró la democracia estaba exangüe, acaso porque había pasado mucho tiempo y gastado muchas energías luchando contra el padre tiránico y, cuando terminó la batalla por extinción natural del adversario progenitor, los vencedores biológicos se sentaron a lamerse las heridas y a apoderarse de la herencia. Los tres hermanos Panero representan a una generación literaria -vale decir, por extensión, cultural y política- ensimismada, banal y frustrada, lo que explicaría la larga, impalpable pero cierta, sombra de la dictadura sobre la andadura democrática en las últimas décadas. La madre viuda pertenece a una generación anterior: una mujer burguesa, engañada en el matrimonio, dominante en el hogar, que busca el reconocimiento tardío de sus hijos y muestra un difuso arrepentimiento por su existencia indeseada. Hoy, no solo los protagonistas de la película han fallecido sino que las generaciones a las que representan han abandonado la escena. Quizás se note el...

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Mil latigazos

Posted by on Dic 17, 2015 in Miradas |

En la agónica defensa de los logros de su gobierno durante el debate del pasado lunes en la televisión, Rajoy citó como un éxito sobresaliente que empresas españolas estén construyendo el trazado del tren de alta velocidad entre Medina y La Meca. Rajoy no consideró oportuno mencionar que la contrata se obtuvo gracias, entre otros, a los buenos oficios de intermediario de nuestro rey emérito, quizás porque entendió que el oficio de comisionista entre las altas autoridades del Estado ha dejado de ser novedad. Al día siguiente del debate, Ensaf Haidar recogió en el Parlamento Europeo el Premio Sajarov en nombre de su marido, el bloguero saudí Raif Badawi, condenado, en el mismo país en que las empresas españolas construyen el vanguardista trazado ferroviario, a recibir mil latigazos por expresar opiniones heterodoxas en su bitácora. La noticia es estremecedora, y un aviso a blogueros y asimilados: ¡mil latigazos por hacer lo que yo mismo estoy haciendo en estos momentos! La distancia entre la inimaginable crueldad del castigo y la inanidad del delito atribuido es lo que llamamos barbarie y contra lo que, presuntamente, se proponen luchar nuestros enardecidos dirigentes cuando se refieren al terrorismo islámico. ¿Por qué ametrallar a un dibujante de caricaturas de Mahoma es un acto de terrorismo criminal y no lo es someter a un ciudadano a la tortura continuada de tundir su cuerpo a latigazos, tanto más cuanto que ambas puniciones se inspiran en la misma ley sagrada? Si nuestros capitostes no tienen tiempo para imaginar lo que significa “mil latigazos”, siempre pueden contratar a una dominatrix adviser para que les ofrezca un resumen de la experiencia en una o dos horas. Nuestros gobiernos han optado por una política dual ante ese magma en ebullición que hemos identificado como el Islam ya que les permite mantener a la sociedad en alerta respecto a un riesgo que, siendo cierto, ni de lejos es el más importante de los que nos aquejan mientras conservan las buenas relaciones con la fuente ideológica de ese peligro porque provee de la base material para la estabilidad del sistema en forma de petróleo y oportunidades para las empresas. En medio de esta cínica encrucijada, unos dibujantes son ametrallados, unos reporteros son degollados y un bloguero es flagelado, todos por la misma...

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Un tal Pérez

Posted by on Dic 16, 2015 in Miradas |

Hagan la prueba: pongan ante sus ojos, una junto a otra, dos imágenes del hemiciclo del Congreso de los Diputados o del Senado; una, de las frecuentes sesiones en que está vacío casi por completo y otra de alguna ocasión solemne en que todos los escaños están ocupados. Salten con la mirada de una a otra y, al cabo de un minuto como máximo, ambas imágenes les parecerán indistinguibles. Eso se debe a la cualidad gaseosa, traslúcida, de nuestros representantes democráticos. Una cualidad ectoplasmática, para decirlo con un término que despertará la curiosidad de los aficionados al programa de Iker Jiménez. Los ectoplasmas, como es sabido, tienden a afincarse en algún espacio del que se consideran inquilinos por derecho natural (una casa, un cementerio, una cámara parlamentaria) haciendo que su presencia sea constante y notoria, si bien intangible. Diputados y senadores entran y salen, aparecen y desaparecen, de los escaños o de las listas electorales por razones perfectamente ignotas para los electores, que, papeleta en mano, se limitan a cumplir con su deber por aproximación cada cuatro años. Una taxonomía rudimentaria de este comportamiento de nuestros representantes nos diría que unos son fugaces y migratorios mientras que otros parecen haber anidado definitivamente en el escaño. El conocimiento de por qué pertenecen a una especie o a otra nos está vedado a los ciudadanos. Hoy nos referiremos a un tal Pérez, que, según leo, vuelve a aparecer en la lista de la derecha para el senado para las elecciones del próximo día 20. Cualquiera puede ver a Pérez pasear por la calle de nuestra ciudad o de compras en el mercado, yo lo he visto, sin que nadie repare en él ni le dirija una mirada, lo cual resulta prodigioso si se tiene en cuenta que viene representando a mi pueblo en alguna de las cámaras del parlamento nacional desde hace por menos un cuarto de siglo. ¿Se puede ser senador o diputado durante el tiempo equivalente a la edad que tienen hoy muchos candidatos de los partidos emergentes sin que nadie te reconozca en tu propia circunscripción? Pues ya ven que sí. Es el sueño de Rajoy que algunos de sus secuaces han hecho realidad: representar al pueblo y ser invisible. Pérez y los emergentes tuvieron un encuentro casi amistoso en la época de los escraches impulsados las plataformas anti desahucios. En aquella ocasión, los activistas interpelaron al brumoso senador en una cervecería. De la noticia me asombró que los indignados hubieran llegado a saber que Pérez era senador, y me convenció de que esos jóvenes se curraban lo suyo a conciencia y de que iban en serio. Ahora me gustaría que acabaran el trabajo y jubilasen a Pérez...

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Japonerías

Posted by on Dic 15, 2015 in Miradas | 2 comments

Debo a mi admirado crítico literario Manuel Rodríguez Rivero el reciente conocimiento de la palabra japonesa tsundoku, que designa el hábito de comprar libros que se apilan a la espera de una ocasión para leerlos que nunca llega. No puede imaginarse Rodríguez Rivero la alegría que me ha dado saber que, por fin, tengo un rasgo de afinidad con la cultura japonesa. Hasta ahora, su impenetrabilidad era para mí no solo lingüística sino también conductual y todas las palabras que llegaba a aprender, seducido por el aroma evocativo de su fonética –seppuku, ikebana, sado, banzai, yakimono, origami, tamagochi-, me rechazaban apenas me era revelada su traslación a mi lengua porque todas, bajo su aspecto sosegado y ceremonial, denotan, bien destreza manual o bien coraje físico, cualidades ambas que me han sido rigurosamente negadas por la naturaleza. Entre elaborar un centro floral de mesa o una pajarita de papel y arrojarse a pecho descubierto contra el enemigo o abrirse las tripas en caso de derrota con una katana, eso sí, firmemente templada y primorosamente afilada, lo que nos devuelve otra vez a la destreza manual, se despliega un universo cultural que me resulta inalcanzable. ¿Estábamos condenados, los japoneses y yo, a no entendernos nunca? No, gracias al tsundoku. Rodeado de libros que esperan en los estantes, algunos desde bastantes años atrás, el momento de ofrecerme su sabiduría, ya puedo ponerme el kimono que compré también hace años en un comercio de Canarias como bata de casa sin sentirme un impostor. La biblioteca es el mapamundi de los sedentarios, guía de viaje, manual de supervivencia, almacén de vituallas, caja de herramientas y botiquín de urgencias, en los que como sabe cualquiera, sea o no japonés, siempre falta algo, un tornillo de determinado calibre, pastillas de ibuprofeno, pimentón dulce o el mapa de Chile, que hay que comprar en el establecimiento correspondiente. Venturosamente descubro que los japoneses no siempre están dedicados a ejercitar su habilidad fabril o su ardor guerrero sino que, en ocasiones, dejan que los ejerzan otros y gustan de sumergirse en la acariciante espuma de la letra impresa, que ni siquiera es necesario leer para que nos estimule. Un libro no leído es una promesa personal de felicidad y una biblioteca de libros intonsos es un planisferio del universo, además de una lección irrebatible sobre nuestra insignificancia en él, y sin embargo es acogedora como una tarde de verano, propensa a la...

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