La televisión es la casa de los muertos. Los programas de actualidad son espasmódicos y los otros –cine, documentales-, funerarios. No extraña, pues, que los autores de guiones de terror utilicen el televisor como ventana de apariciones y fantasmas. Ayer me sorprendió, y me atrapó, la emisión de El desencanto, la película de Jaime Chavarri que revolucionó al público a su estreno en 1976, tampoco hace tanto tiempo. Todos están muertos, pensé mientras veía a la viuda y a los tres hijos del poeta falangista Leopoldo Panero contar a la cámara sus cuitas familiares. Nada queda de aquel grupo humano congelado en el acto de arrancarse la piel a tiras con una mezcla apenas impostada de narcisismo y desesperación, como lo hicieron hace cuarenta años, cuando aún estaban vivos y sin duda tenían esperanza porque de lo contrario no se hubieran sometido a ese trance en el que el exhibicionismo moral debía tener una función catártica, lo que quiera que signifique eso. A la vista de los hechos, nada. Nos sobreviven, como si no tuvieran historia, nuestras imágenes y la ciudad que habitamos y la sociedad que nos envuelve; solo los individuos estamos enfermos del tiempo y morimos. El cine español es más valioso como documento histórico que como arte y, en ese sentido, El desencanto fue una película revolucionaria de un modo que no podíamos apreciar cuando se estrenó; creíamos que hablaba del pasado y pronosticaba el futuro, que ahora ya es pasado. El título dio nombre a un fugaz sentimiento colectivo de moda en los años ochenta cuando, al parecer, la sociedad se desencantó de los frutos de la democracia en una versión pop del “no es esto, no es esto” orteguiano, pero el mensaje de la película es más trágico. Lo que cuenta es que la generación de alumbró la democracia estaba exangüe, acaso porque había pasado mucho tiempo y gastado muchas energías luchando contra el padre tiránico y, cuando terminó la batalla por extinción natural del adversario progenitor, los vencedores biológicos se sentaron a lamerse las heridas y a apoderarse de la herencia. Los tres hermanos Panero representan a una generación literaria -vale decir, por extensión, cultural y política- ensimismada, banal y frustrada, lo que explicaría la larga, impalpable pero cierta, sombra de la dictadura sobre la andadura democrática en las últimas décadas. La madre viuda pertenece a una generación anterior: una mujer burguesa, engañada en el matrimonio, dominante en el hogar, que busca el reconocimiento tardío de sus hijos y muestra un difuso arrepentimiento por su existencia indeseada. Hoy, no solo los protagonistas de la película han fallecido sino que las generaciones a las que representan han abandonado la escena. Quizás se note el cambio. Ojalá.
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