Si su compulsiva atención a los requerimientos del iphone les deja un rato libre, echen un vistazo a Internet no es la respuesta, un ensayo de Andrew Keen que tiene todas las virtudes del ensayismo anglosajón clásico: conocimiento acreditado del tema, investigación sobre el terreno, acopio de fuentes documentales, excelente estilo narrativo y sentido del relato, y un objetivo político, además de intelectual, que no empece el rigor, la claridad y la imparcialidad del argumento. Internet ha dejado de ser una tecnología para convertirse en un estado transnacional, con sus instituciones, su público cautivo, su ideología y sus muy selectivas elites oligárquicas. La tesis del ensayo es que la anunciada democratización de las comunicaciones que habría de propiciar la red ha generado una sociedad global marcada por desigualdades sociales y económicas abisales. El proceso pasa, está pasando, por la destrucción de las estructuras intermedias, y los correspondientes empleos cualificados pero innecesarios ahora, en todas las áreas de servicios en las que incursionan las grandes compañías tecnológicas, ya sea en las comunicaciones entre individuos (Facebook), el comercio al por menor (Amazon), el transporte urbano (Uber), la producción musical (Napster), etcétera. La irrupción tecnológica, y la piratería consiguiente, alcanza a áreas que son competencia del poder público, como la seguridad, en la que las tecnológicas se convierten en proveedoras de bancos de datos individuales, captados a sus usuarios, que transfieren bajo precio a las agencias del estado. La ideología que nutre esta revolución es una suerte de libertarismo, en primer término económico, en el que el adversario a batir son las instituciones comunes que regulan nuestras sociedades, empezando por la hacienda pública, pero que aspira a convertirse en una ideología universal y en un estilo de vida personal para quienes estén en la onda, desde el desenfadado clima de trabajo de las factorías tecnológicas hasta la imagen informal que proyectan de sí mismos los grandes y riquísimos triunfadores de la carrera. «Si el gobierno no funciona, no importa, todos seguimos adelante, porque no tiene importancia», es una cita de uno de estos exitosos emprendedores, los cuales celebran unas convenciones de fracasados (FailCons) en las que desde la peana de su éxito se complacen en contar a los neófitos asistentes las ocasiones en que sus creaciones, plataformas y aplicaciones informáticas fueron rechazadas por el mercado, que les obligó a empezar de nuevo. Las referencias de Keen pertenecen casi en exclusiva a Estados Unidos, y en especial a la Costa Oeste, Silicon Valley y la bahía de San Francisco, donde se ubica el motor de la industria y las faraónicas residencias de los amos de la red, pero, curiosamente, al describir las convenciones de fracasados (pag. 268) apunta que sus promotores aspiran a...
Rendíos
Hace semanas que las cabezas más afinadas de la opinión política del país presentan inquietantes síntomas de que se las ha ido la pinza, y ante la rocosa situación en que se ha instalado la cosa pública se limitan a expeler ocurrencias y gracietas que por último solo reflejan la confusión del opinante. Esta mañana, mi admirado Xavier Vidal-Folch, uno de los pocos vestigios del viejo y buen periodismo de opinión que puede encontrarse en el periódico de referencia, proponía en su columna una abstención masiva y a discreción de todos los partidos del parlamento para favorecer la investidura de Rajoy con el fin de dejarlo solo y en minoría en el gobierno frente a las demandas de regeneración y reformas que encarnan las demás fuerzas, en este caso abstencionistas. Trasladada a la estrategia militar, la propuesta equivale a la rendición de equis divisiones de infantería mal equipadas y descoordinadas, antes de disparar un solo tiro y sufrir otra derrota, a fin de que el enemigo se vea obligado a dar alojamiento y comida a los innumerables prisioneros y agote de este modo sus recursos y por último también la razón de su victoria. Menos mal que el articulista reconoce que esta abstención múltiple y mutualizada es muy difícil. La falla de esta brillante ocurrencia reside en que el presunto damnificado con tan astuta estratagema ni harto de grifa presentaría su candidatura a la presidencia del gobierno ante la expectativa de que iba a ser apoyado con los solos votos de su gente cuando a fuerza de nuevas elecciones podría recuperar la mayoría absoluta. Dos o tres convocatorias electorales más, es decir, otro año en funciones, y no habrá nadie que recuerde la corrupción, los recortes, el desempleo y el trabajo precario, el rescate de la banca que pagamos todos, la contrarreforma educativa, la emigración de los licenciados, etcétera, que han movilizado a lo mejor de la ciudadanía en estos años. En la misma edición del periódico en el que escribe Vidal-Folch, el candidato del pepé que va a ganar por mayoría absoluta las elecciones de Galicia condesciende en que la corrupción costó a su partido tres millones de votos por actuar tarde, y lo declara el tipo que se mostró encantado de pasar sus vacaciones veraniegas en el yate de un narcotraficante. Hegel sostuvo que todo lo que es real es racional y a la inversa. Pues bien, no siempre. El divorcio que advertimos entre la razón y la realidad se debe a lo que en psicología se llama disonancia cognitiva. En nuestro caso, se ilustra porque creemos vivir en una democracia avanzada y vivimos en realidad en un parque jurásico en el que el tiranosaurio rex, con...
¿Qué hacías ahí, abuelo?
¿Y cuál será la respuesta cuando tu nieto o nieta descubra en un viejo vídeo alojado en youtube tu cara en el tapiz de rostros de sonrisa alelada que compone el telón de fondo del discurso televisado de un ignoto político? Nadie sabe quién es el tipo que discursea ni nadie entiende lo que dice pero ahí está el abuelo detrás del orador, el cuarto por la izquierda, segunda fila, con la boca entreabierta como un pavisoso y aplaudiendo mecánicamente a una señal del corifeo invisible. La costumbre mitinera de situar detrás del orador un coro de jóvenes, como ángeles de retablo, para representar no se sabe si al ancho pueblo fiel o la majestad del oficiante, delata el artificio de función colegial de la política, la vaciedad del discurso y la tontucia de quienes secundan el tinglado. ¿Crees que dentro de unos años podrás decir a tus nietos sin avergonzarte que estabas ahí porque Rajoy o Sánchez o cualquiera otra prima donna de la ópera nacional te parecía un líder irresistible y convincente que te inflamaba el corazón de esperanza? ¿Conoces a alguna persona adulta que se complazca en verse en una foto desfilando en la parada militar del día de la hispanidad o dando saltitos en una agrupación de coros y danzas de la sección femenina? Vale que eres joven y por lo tanto gregario, y vale que te gusta la política, pero es como si tuvieras vocación de cantante y empezaras tu carrera con un casco de cuernos, una lanza de cartón y unas trenzas de lana amarilla en el coro de Parsifal. Si has de entrar en ese negocio, sigue los pasos de aquella prestigiosa escaladora, que fuera alcaldesa primero y presidenta después en esta provincia, la cual confesó en una entrevista publicada que el primer mitin político al que había acudido fue para darlo ella misma. Aquí estoy yo. Eso es empezar una carrera triunfadora que ha terminado, por ahora, dulcemente mecida en un carguete de las altas finanzas, de la mano de su relación sentimental, por cierto, corifeo de otro mitin famoso en el que el protagonista era el incomparable Rato. Cierto que la política necesita rituales y, como ocurriera cuando eras niño, hay quienes se mueren de ganas por portar un cirio en la procesión y, quién sabe, a veces se empieza de monaguillo y se termina de cardenal primado, como Susana...
El coleccionista
Hay coleccionistas de toda clase de chismes. Yo colecciono palabras raras. Raras para mí, quiero decir. En un archivo digital anoto las palabras halladas que no había oído ni leído nunca antes, y en consecuencia, ignoraba su significado, que me apresuro a consultar en el diccionario. Después de unos años de coleccionismo tengo anotadas unas cuatrocientas cincuenta. No parecen muchas pero es que no las busco, las encuentro, y no en fuentes documentales recónditas o de jerga especializada sino en novelas o ensayos, artículos de prensa y papeles en general que caen bajo mi atención lectora por razones que, desde luego, no son lexicográficas. El descubrimiento de una palabra hasta ese momento ignota me produce una repentina emoción a la que sigue de inmediato una suerte de melancolía porque el término descubierto no sirve para nada. Hace tiempo que fue desechado por el necesario utilitarismo de la lengua, como las caracolas que entrega el mar en la playa, lo que no impide que esas estructuras calcáreas de colores iridiscentes y geometrías barrocas sean objeto de la modesta codicia de los bañistas, y yo no soy sino un bañista en el lenguaje, como saben quienes siguen esta intrascendente bitácora. Esta tarde, el crítico Manuel Rodríguez Rivero ha tenido en su crónica semanal la amabilidad, involuntaria, sin duda, de proporcionarme el último hallazgo para mi modesta colección léxica: astrago, el suelo que pisamos. Se ve que el autor ha sentido la necesidad de deslumbrar a sus lectores, siquiera sea de pasada, como quien porta al desgaire una joya valiosa sin alardear de ella. Es un vicio barato e inocuo que yo también practico. Al archivar la palabra de Rodríguez Rivero en su renglón correspondiente del repertorio, he redescubierto otra contigua, anotada quién sabe cuándo: asurar, quemar o abrasar, y me ha venido a mientes que en los pasados días de sequía he perdido una excelente ocasión de utilizarla con toda pertinencia porque los campos estaban asurados. Claro que para eso tendría que haber perpetrado un texto de tema agropecuario o meteorológico, en el que mis conocimientos son nulos o están asurados. Ya se ve, pues, que la utilización de estas palabras que vagan huérfanas por los caminos de la proliferante literatura es equivalente a hacerse una lámpara de noche con una caracola de la playa, una tarea pesada, laboriosa y potencialmente hortera. Ah, tengo que decirlo. Todas las divagaciones por este baldío me llevan a almocafre, la princesa de las palabras perdidas y acogidas en mi orfanato léxico. Recuerdo incluso en qué recodo del camino la encontré: un texto de Dionisio Ridruejo con el característico regusto de los escritores falangistas por las palabras rimbombantes y arcaicas. Almocafre nombra una pequeña azuela...
Noticias de la tribu
Me preguntaba cuándo se prohibieron en Roma las luchas de gladiadores mientras veía el otro día en la tele el melancólico paseo del toro Pelado por las campas de Tordesillas en medio de una desconcertada turba de caballistas y mozos pedestres a la que se había prohibido alancear a la res. Despojado de la crueldad de la muerte, el espectáculo resultaba ridículo, como lo sería sin duda una corrida sin puyas, banderillas y estoques, o una lucha de gladiadores con espadas de madera. Pelado estaba agobiado y confundido, como cualquier ser vivo en una circunstancia similar de acoso masivo, mientras sus acosadores, ahora desarmados, cuidaban de mantenerse fuera del alcance de sus embestidas y aparecían medrosos y huidizos. No vale la pena defender los espectáculos taurinos como tradición, arte, etcétera, porque lo que les da sentido es la muerte y la consiguiente efusión de sangre: azarosa y posible para el torero o el corredor, y segura para la res. En este debate se han escuchado muchas sandeces entre los defensores de la cruenta fiesta. Uno de los argumentos más conspicuos es que los toros bravos prefieren ese destino, al que estarían llamados por su naturaleza, que permanecer en la dehesa y morir en el matadero. Como si tuvieran alternativa. También los gladiadores debían preferir la muerte en la arena del circo antes de sufrirla en la cárcel, en el trabajo esclavo o en el patíbulo de donde eran apartados por los empresarios del ramo. La cuestión no reside en lo que prefiere el que está inerme en la arena sino lo que quiere el que está sentado en la grada. Fue el emperador Honorio el que prohibió definitivamente la lucha de gladiadores, a principios del siglo V. El espectáculo venía de mil años atrás, así que se puede decir que era una tradición arraigada y la más depurada expresión del arte de la lucha entre guerreros de a pie. La prohibición, que ya la había intentado antes Constantino, sin éxito, vino dictada por un cambio de sensibilidad por acción del cristianismo, dominante en la sociedad de la época y que el padre de Honorio, Teodosio, había decretado religión oficial del imperio. Pero el contexto ofrece otras indicaciones interesantes. Bajo el mandato de Honorio se vino abajo el imperio de occidente y tuvo lugar la invasión de Roma por el visigodo Alarico. Así que descubrimos una correlación entre el fin de los ritos populistas, como se diría ahora, en el circo y el fin de la estructura política en cuyo seno tenían lugar esos rituales. Los romanos civilizaron Europa y levantaron construcciones materiales e intelectuales que han durado hasta nuestros días pero, para legitimar el poder de sus elites sobre...