“Madrid, 1937, / en la Plaza del Ángel las mujeres / cosían y cantaban con sus hijos, / después sonó la alarma y hubo gritos, / casas arrodilladas en el polvo, / torres hendidas, frentes escupidas / y el huracán de los motores… Atrapo estos versos de Octavio Paz durante una errática singladura por internet. Casas arrodilladas en el polvo, un verso tremendo, magistral, que aviva una imagen de ahora mismo que querríamos ignorar: Alepo. Las ruinas, los supervivientes, los niños ensangrentados y despavoridos. El huracán de los motores sobre sus cabezas, quizás más amortiguado, más eficiente, porque lo único que progresa es la tecnología. La guerra de España, otra vez -a la que he vuelto a acercarme estos días siguiendo los pasos de George Orwell-, ahora en Siria. El cuadro es inquietantemente similar: un estado fallido, una sublevación popular a varias bandas, un tirano sangriento, una conjunción de ideologías mesiánicas enfrentadas a muerte, una intervención internacional de intereses cruzados que aviva la eficiencia de la destrucción. Y también está Gernika, hoy Alepo, que el tirano Assad ha resuelto arrasar por completo para limpiarla de terroristas. También en España hubo una limpieza de esa clase y aún no hemos terminado de recuperar los despojos, nuestros hermanos. Y, por último, la pregunta que también se hizo en España: ¿es este conflicto preludio de una nueva guerra mundial? Entonces la respuesta fue positiva. Esta vez sería la tercera. Si fuera así, tendríamos otro síntoma que también encuentra reflejo histórico: el rechazo a los refugiados, mezcla de indiferencia y de odio, que practican las poblaciones europeas y sus débiles gobiernos democráticos, como lo practicaron con los republicanos españoles. Orwell se jugó la vida defendiendo la revolución y la república en España, pero su lucidez no le impidió comprender la imposibilidad de la empresa. En alguna parte de sus escritos declara que aquel conflicto no podía tener más final que alguna forma de régimen fascista, como así fue. Assad es un criminal pero acaso no más que lo fue Franco, y es posible que el miedo al yihadismo, análogo al temor a la revolución proletaria en los años treinta, le lleve en este caso a la victoria en compañía de sus aliados rusos. Entretanto, decenas si no centenares de miles de sirios, árabes, kurdos, hombres, mujeres y niños, atraviesan el infierno. No parece que la historia sea maestra de la vida, como dice el tópico.
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