Enciendo la tele, ese vicio del que no consigo librarme, y aparece una dama socialista, presidenta de algo o quizás senadora o diputada, cuyo nombre olvido de inmediato. Interviene como portavoz invitada en el programa matinal de tve1 para tranquilizar a los contertulios explicando y defendiendo la abstención en la investidura de Rajoy. Es la suya una parla didáctica, parsimoniosa, machacona, en la que los argumentos aparecen precedidos de la preposición desde. Así, los socialistas van a abstenerse desde el dolor, desde la responsabilidad, desde la humildad, desde la solidaridad, etcétera. Diríase que la preposición señala cada una de las estaciones del vía crucis en el que el psoe se ha metido con plena conciencia y perfecto cálculo. La preposición desde tiene en la jerga de los políticos un uso mayestático y ha dejado de significar el punto de origen del que parte un relato, como reza la definición de la rae, para convertirse en una partícula topográfica, una especie de otero o plataforma lingüística estática que sitúa al hablante por encima de quienes le escuchan.  Lo que quería decir la dama socialista es que su partido está más dolorido y es más humilde, responsable y solidario con su abstención que el ancho pueblo que le pide otra cosa. El partido está arriba, sobre una cascajera de valores morales desde la que observa a la humanidad desconcertada, como un cristo en el gólgota. Ya se entiende que los tertulianos no iban a conformarse con este discurso franciscano y han aprovechado una alusión de la dama para salivar una pregunta a cargo de una periodista notoriamente ubicada en la extrema derecha: ¿Quiere decir que los diputados que voten no a la investidura deben abandonar el partido? Sí, eso es exactamente lo que la dama socialista había dicho, pero, claro, no podía repetirlo descarnadamente porque significaba nada menos que dividir a la propia militancia entre afectos al pepé y réprobos del pesoe, así que la dama se embarca en circunloquios desde el respeto, desde el afecto, desde la fraternidad con los posibles disidentes  a la espera de que la agonía de su tiempo televisivo de intervención acabara de una vez, como así ha sido. De repente la tertulia se había convertido en un documental de naturaleza en el que el dragón de Komodo se zampa a una presa no identificada (ahora mismo no se sabe qué es el pesoe) desde la cabeza a los pies, y aquí si está utilizada con propiedad la dichosa preposición. En este momento, el dragón impasible no sabe si alegrarse más por conservar el gobierno del ecosistema a precio gratis o por la consecuente destrucción de su principal competidor histórico.